“Vivir entre balas”; Dos crónicas desde la violencia

Erizo Media
Posted on julio 22, 2020, 7:24 pm
16 mins

Decir que antes de la “Guerra contra el Narco”, que emprendió el ex presidente Felipe Calderón, todos vivíamos en paz, sería tan descabellado porque sería avalar que el PRI hizo totalmente bien su trabajo al frente de este país. Sin embargo, sí podemos asegurar que fue con Calderón con quien se arreció la violencia prácticamente en todo el país, lo cual ha dejado secuelas hasta estos día.

De esa violencia salen estas dos crónicas que a continuación te presentamos; la primera desde Cancún, Quintana Roo, y la segunda, desde Zumpango, Guerrero. Dos historias distanciadas entre sí solamente de un año y que quedaron marcadas por yugo de las balas.

 

¡Por favor, dígame que no hay muertos!

Por Josué Tello Torres

“Nunca en mi perra vida, había escuchado balazos, pero al oír la ráfaga en chinga me tiré al suelo; era un ataque y no quería morir en el lugar”, me dice el hombre que entrevisto y me señala con el dedo dónde se encontraba cuando sucedió el ataque a las instalaciones de la Fiscalía General de Quintana Roo y de la Secretaría Municipal de Seguridad Pública y Tránsito (enero 2017).

“Creo que es el inicio del caos, muchacho, Cancún ya…”, disparos interrumpen nuestro diálogo; el señor se tira de nuevo al piso y otras personas se resguardan en los puestos comerciales.

Sirenas de ambulancias y patrullas, son el ruido de fondo de los gritos de policías que ordenan a la gente que se aleje de la zona. Me uno al grupo de reporteros y camarógrafos que hacían entrevistas a testigos, tomaban fotos o grababan video. La mayoría seguimos el sonido de los disparos.

“¡Eeey! ¡Por ahí, por ahí! ¡Los balazos vienen de ese lado!”, grita un elemento de la Marina ante nuevas detonaciones. Corren. Sólo alcanzo a distinguir como se movilizan en fila india.

Distingo las diferentes formaciones de los Marinos, a las que se unen agentes ministeriales y policías. Todos apuntan con sus armas hacia una de las entradas al estacionamiento del estadio de fútbol Andrés Quintana Roo.

“¡Están adentro del C4!”, “¡No, acaban de salir!”, “¡Civiles, civiles, esos son civiles!”, “¡¿Grabaste eso?!”, “¡Cúbrete detrás del auto!”, “¡Agáchense, cabrones!”, “¡Aléjense de la camioneta!”, “¡Tiene tanques de gas!”, son los gritos que se perciben de los elementos.

El ambiente se torna confuso y me pongo detrás de Moisés, mi compañero, nos erguimos y lo agarro de la espalda mientras él continúa grabando la escena.

Más balazos. Más gritos.

Crujen los cristales que piso en el pavimento. Son del vehículo de una empresa de gas que dejaron abandonado a media calle. Tiene impactos de bala.

Calma.

No distingo de lejos los sucesos por problemas que tengo en la visión, pero dicen que hay dos sujetos en el piso y boca abajo. “¿Están muertos?”, le susurra un reportero a su fotógrafo. La pregunta rompe el silencio que trajo consigo la calma. “No, bueno, no sé, deja le tiro con el telefoto”, le responde y cambia de lente. La situación da pie para que varios periodistas traten de recrear los hechos:

–¿Qué se sabe? –alguien suelta la pregunta.

–Que unos locos que viajaban en carros entraron a tirar plomazos a la Fiscalía.

–¿Carros? ¿Qué no era en motos? –cuestiona otro colega mientras se acerca al grupo.

–Hay gente que dice que iban en dos carros, otros aseguran que en diez motocicletas… otros que eran como 30 atacantes…-le responden.

–Carros, motos, como sea, se tronaron a la policía.

–Ya me habló Cuartoscuro y AP, quieren las imágenes para ayer, como si estuviéramos en condiciones de enviar las fotos ahorita -interviene una fotógrafa.

–Tengo información de un contacto de primera línea que está adentro, dice que hay varios muertos y heridos. –afirma un colega que no quita la mirada de la pantalla del celular.

–¿Viste como me trato de intimidar un poli? Amagó con sacar su arma… –dice un periodista conocido como el Botargas.

–¡Carajo, apenas ayer fue lo del Blue Parrot!

–¡Ey, ¿Oyeron eso?!

Durante el ataque armado a la Fiscalía de Quintana Roo.

En la radio de la policía, escucho claves que no comprendo, piden refuerzos en la avenida la Luna con Nichupté. Una granada estalló cerca de un centro comercial. Siento escalofrío. Algunos de mis compañeros se cubren la boca con las manos, es una sensación entre asombro y miedo.

“¡¿Qué demonios está pasando en la ciudad?!”, se oye de una mujer. La pregunta se pierde en el ruido.

Policías caminan en la azotea del C4. Para saber qué pasa al interior del edificio, subo a las gradas de un campo amateur de futbol. Desde las alturas se ven vehículos mal estacionados con impactos.

Agentes de seguridad recorren erguidos los pasillos con sus armas empuñadas. También se ven civiles dentro, son aquellos que se encontraban haciendo tramites en la Secretaría cuando sucedió todo, algunos se asoman al exterior de los salones, otros se mantienen en el piso.

Ya han pasado más de cuarenta minutos desde que se reportaron los disparos en la Fiscalía. Las sirenas no dejan de sonar. Elementos del Ejército, Marina, Gendarmería, policía municipal, estatal y ministeriales mantienen acordonado el área y algunos se encuentran adentro de las instalaciones de la Fiscalía y el C4 para evacuar a las personas.

Paso cerca de camiones, combis y taxis, que circulan sobre la avenida Kabah y se estacionan para subir a la gente. “¡Tomen este carril!”, “¡Vayan lejos del primer cuadro de la ciudad!”, “¡¿Los dejamos y volvemos?!”, “¡Sí!”, “¡No!”, son las frases que intercambian oficiales de tránsito y conductores.

Camino junto a hombres y mujeres que hacen transmisiones en vivo para redes sociales. Graban hasta donde permiten los elementos de seguridad. En el camino también oigo llamadas telefónicas: “¡Estoy bien, mamá… tranquila, estoy bien!”, “¡¿Bueno, Melisa?, pásame rápido a tu papá!”, “¡Mira, aquí está mi tío, él sabe cómo está la cosa!”.

En contraste, paramédicos están asistiendo a personas con crisis nerviosas que se encuentran en las aceras, carretera, gasolinera y a las afueras del supermercado. Veo que varios reporteros abordan a alguien, me acerco para grabar también la declaración.

“Todas las ambulancias de la ciudad están aquí –es Amílcar Galaviz, director general de la Cruz Roja delegación Cancún­–… No, no sabemos si hay muertos… tenemos el dato de tres heridos… No, aún no son cifras oficiales… en 10 minutos les tengo información”, fueron las últimas palabras que dijo antes de dirigirse hacia las ambulancias.

“¡A ver cómo nos saca de esto el Gober!”, “¡Este ataque es por Doña Lety!”, “¡Esto por los del BPM!”, también escucho de ataques en la Zona Hotelera, también de ráfagas en el Ayuntamiento, lanzamiento de granadas en el crucero y centros comerciales… No encuentro a ninguna autoridad que pueda confirmar, o no, si es lo que en verdad está pasando. Le pregunto a algunas personas que de dónde las sacan la información y todos me dicen que de Facebook.

De todo ello, hay una escena que cada que la recuerdo me pone la piel chinita. Una mujer como de cuarenta y tantos años corre alterada y me dijo: “¡Ayuda, ayuda! ¡Mi hija estaba poniendo una denuncia cuando atacaron! ¡Por favor, dígame que no hay muertos!”.

 

***

 

Viviendo entre balas y caos

Por Jesús Terrero

En este lugar, siempre pasa algo; un asesinato, un cuerpo descubierto que fue desmembrado, un entambado… son pocos los días que absolutamente no hay nada. Los días pacíficos dan más miedo, porque hay pobladores que aseguran que se viene algo feo. Estas personas no están tan equivocadas.

Unos días antes de la balacera en Disco Latinos (agosto 2016), ubicada en el centro del pueblo (Zumpango, Guerrero), parecía todo en calma, se respiraba la tranquilidad en el pueblo.

Recuerdo que la noche que sucedió este trágico evento, uno de mis amigos tuvo la idea de ir a Latinos. Nos pareció bien la idea, no somos de salir de fiesta ni mucho menos y nos pareció algo agradable.

Eran alrededor de las 22:00 horas cuando pasamos al interior; bailamos un rato y claro, tomamos algunas cervezas porque el calor estaba a todo. El lugar se llenaba conforme pasaban los minutos.

No había pasado ni media hora, cuando Gloria recibió varias llamadas de su mamá para que se regresara a casa. Pensamos en ir a dejarla a su casa y entramos en un debate sobre quién sería el elegido. Para ello, decidimos salir del lugar y estar un rato en la alameda.

“No estuvimos ni una hora en el lugar”, reclamaban a mi amiga, aunque sí nos habíamos divertido un rato. En ese momento pasó un taxi y nos subimos para que nos repartiera en casa de cada uno, como si fuera pizza.

Lo insospechado vino después, cuando el taxi dio la vuelta a la esquina, se comenzaron a escuchar las detonaciones, una tras otra. El taxista solo aguardó un momento y siguió las indicaciones que le habíamos dado.

El bar L:atinos en Zumpango.

Intuíamos qué había pasado y pedimos al taxista que le diera mejor por otra calle, debido a que era la única forma por la cual, quienes habían disparado, podían conducir. Pero no pasó nadie conduciendo con prisa, todo con calma después de aquellas detonaciones.

Cuando cada uno estuvo ya en casa, comenzamos con los WhatsApp para confirmar que habíamos llegado con bien; unos disgustados por el poco el tiempo que estuvimos, pero nadie comentó lo de los disparos, ni en donde habían ocurrido. No nos preocupamos por ello, o eso creí yo y hasta ahí quedó esa noche.

Las malas noticias llegaron a primera hora; “Balacearon el Latinos”, decía aquel semanario matutino. Había cinco muertos; el cadenero y otras personas que estaban en el lugar. Se mencionó que los individuos que dispararon desde fuera y en camionetas buscaban al dueño, como relataron los testigos. La realidad es que hubo muertos, heridos y la calle se tiñó de rojo.

La preocupación llegó al pensar que alguno de los fallecidos o heridos no fuera algún familiar, y fue lo que mantuvo en alerta a los pobladores.

El gran problema es que ya no sorprende otro muerto más en este pueblo, la sensibilidad de lo humano se pierde todos días. Vivir entre balas es estar alerta de todo y de todos, porque no hay aviso en un momento que pueda ocurrir otra vez.

No todos suelen tener la suerte que tuvimos nosotros al salir unos minutos antes de aquel suceso, que quedo como hito de la violencia que se vive en Guerrero, lugar donde el tráfico lo define la magnitud de la marcha o del motivo por el cual se lucha.

Aquí se vive en caos en donde nadie hace nada y quien se revela lo destituyen de su puesto o lo obligan a renunciar. Eso sin contar las desapariciones de personas, hasta pareciera una película de suspenso solo superada por la realidad.

Aquí los culpables no aparecen, mucho menos las víctimas. Solo nos queda vivir entre balas, balaceras y una ola de violencia que ya es tan común como decir la hora a quien te pregunta.

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