Soy migrante: michoacano de nacimiento y tijuanense por elección

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Posted on junio 10, 2020, 9:45 am
15 mins

Toda mi infancia, me la pasé escuchando historias de Tijuana, ciudad a donde llegaban todos los familiares y amigos que intentaban cruzar indocumentadamente hacia Estados Unidos. Algunos porque tomaban a la ciudad como paso para su objetivo, otros porque al intentar cruzar eran detenidos y retornados a la ciudad de la fiesta eterna.

Algunos aprovechaban y pasaban varios días en esta ciudad fronteriza para disfrutar de las bondades festivas que ofrece la ciudad. Otros más, solamente para aguardar el momento de intentar cruzar nuevamente, ya fuera cruzando el muro o con papeles falsos porque para el coyote no tenían feria.

La avenida Revolución siempre era una constante entre mis amigos y familiares que intentaban cruzar y regresaban a su hogar o entre los que lo habían logrado y al pasar de los años regresaban con dólares para gastarlo en la fiesta del pueblo.

Tijuana era siempre la constante entre unos y otros. Eso lo traía siempre en mi mente, a pesar de que no conocía la ciudad. ¿Pensar en un día irme de mojado al otro lado? No, nunca lo pensé, pero siempre me llamó la atención el por qué lo hacían mis amigos y familiares.

“Con nombres falsos”, “Con llagas en los pies”, “Todos sedientos”, “Por tubos y escalinatas”, “Caminando en el desierto”, “Cruzando ríos”, “Con pinches coyotes que aquí nos decían córrele cabrón”, “Bajando de un camión donde sentía que ya me ahogaba”, son solo algunos de los comentarios que recuerdo que comentaban mis familiares, sobre cómo les había ido para cruzar.

A mis escasos seis o siete años, esas palabras me revolvían la mente, tratando de imaginar siempre todos los contextos. Me era difícil separar una cosa de otra, siempre pensando que Tijuana estaba de por medio en todas esas anécdotas.

“P’a la línea”, mural en la Revu dedicado a los migrantes – Foto: Manuel Noctis

Cuando mis tíos paternos anunciaban que regresaban al pueblo, los primos solíamos juntarnos en casa de la abuela para esperarlos. Cuando llegaban, era como una tremenda fiesta y augurio de que algo bueno se veía venir. Mole, barbacoa o corundas se servían en la casa de la abuela para recibirlos y nosotros re felices y re contentos. Lo mismo sucedía con mis tíos maternos, con ellos eran tremendas fiestas y comilonas con toda la familia reunida también en la casa de mi abuela Carmen.

Una calculadora científica, un Nintendo, ropa, una gorra de los equipos de béisbol o de la NBA, chamarras, llaveros y afiches de los casinos, cartas, entre otras cosas, eran los objetos que nuestros tíos y familiares nos regalaban. Algunos nos daban uno, cinco o hasta diez dólares para ir a la única ferretería del pueblo a cambiarlos y gastar en los juegos que por las festividades de julio se ponían en el pueblo. Eran maravillosos esos días, porque los tíos nos traían cosas que en el pueblo no se veían.

En ocasiones, mientras mis hermanos y hermanas, y mis primos, se apartaban para ir a jugar con lo que nos traían los tíos del otro lado, a mí me gustaba quedarme entre los adultos para escuchar las anécdotas que contaban.

“Es que allá si tiras basura en la calle te multan”, “Allá hay letreros que dicen ALTO y te tienes que parar totalmente en seco”, “Si conduces borracho te tienes que cuidar de que no te paren porque te multan o te deportan”, “Allá es mejor hacer los partys en casa que salir porque siempre andan casando mexicanos”, son solo algunos de los comentarios que llegaba a escuchar y entender a mi corta edad.

Después, todos nos disponíamos a comer birria, mole, corundas o lo que las abuelas disponían para sus hijos recién retornados. Y todos éramos muy felices.

En una de esas ocasiones, un tío me platicó que donde él vivía, y en Tijuana, donde solía ir para esparcirse, había muchos “cholos”. Entonces me enseño a dibujar cholos en mis libretas. Yo no sabía ni qué eran los cholos, pero los dibujaba pelones, con un pañuelo en la frente, con camiseta blanca de tirantes y pantalones holgados; con tatuajes de pistolas y cuchillos en los brazos y lágrimas en los ojos.

Así me decía que se veían los cholos y así los dibujaba yo, una y otra vez, en distintas acciones y situaciones, lo recuerdo bien porque, por entonces, a mí me fascinaba dibujar y pensé en algún momento ser pintor.

La Revu de noche, antes de la pandemia – Foto: Manuel Noctis

El tiempo pasó, el tiempo cambió. Mis tíos fueron y regresaron de manera constante a Estados Unidos, hasta que encontraron una estabilidad, se casaron y tuvieron hijos. Yo seguí con la misma incertidumbre de saber qué era Tijuana y cómo se vivía la vida en Tijuana. Nunca se me olvidó esa parte. Crecí queriendo conocer esa ciudad de la que me hablaban todos los que habían intentado cruzar y los que lo habían logrado.

Un día, conocí al escritor Rafa Saavedra y cuando supe que era de Tijuana, nos pusimos a platicar. Le conté toda esta historia que ya menciono antes y me comenzó a explicar infinidad de motivos que él, desde su perspectiva como tijuanense, creía que pasaban en esta maravillosa ciudad.

Rafa fue uno de los que, luego de todos mis amigos y familiares, terminó por incidir en que Tijuana me terminara gustando más de lo que desde mi infancia me venía proyectando. Rafa fue uno de los culpables de que me terminara enamorando de esta ciudad.

Lo recuerdo bien, estábamos ambos en la Ciudad de México, por uno de los eventos de contracultura que organizaba el buen Carlos Martínez Rentería, director de la revista Generación, cuando le dije a Rafa que me llamaba tanto la atención Tijuana, que pronto me iría a esa ciudad para encontrarme entre sus bondades.

Me dijo, “Noctis, Tijuana es una hermosa ciudad, te va a recibir con los brazos abiertos”. Sus palabras las sentí como una forma de bienvenida a esta hermosa ciudad. Después de eso me dijo “mira lo que te traje”, era un ejemplar de la revista Diez4 que dirigía mi buen amigo Marco Tulio, edición en la que no siendo de Tijuana me habían publicado un cuento. Él, Rafa, me la había llevado hasta el lugar donde nos encontramos para que yo la tuviera.

Primer foto que tomé llegando a Tijuana, 7 de enero de 2015 – Foto: Manuel Noctis

Esa noche pensé en mis amigos, en mis familiares, en todos mis paisanos que día tras día salen de mi pueblo en búsqueda de una vida mejor, de encontrar algo que el pueblo y que México no les da. Ese día pensé en un día irme a Tijuana para tratar de conocer y entender por qué la gente emigra. Nunca pensé que yo lo haría también como inmigrante. Nunca me imaginé que un día llegaría, como le dije a Rafa, con mochila al hombro y maleta en mano, tratando de encontrar mi vida, tratando de encontrar algo mejor.

Desafortunadamente, Rafa se nos fue un poco antes de que yo llegara a Tijuana, pero sus pensamientos, los de mis amigos y familiares migrantes, se quedaron guardados en la memoria y en el corazón. Mucha gente no lo sabe, pero yo para llegar a Tijuana tuve que mentirle a mi familia diciéndoles que yo venía con un trabajo estable, pero nunca fue así, me vine a la brava porque quería saber lo que era migrar.

Muchas veces me tocó pasarla en la calle, con frío y sin dinero, con una comida al día, pero a más de cinco años de aquella aventura, hoy puedo decir que Tijuana me ha dado todo lo que había esperado en la vida y no me arrepiento de ello.

Tan agradable y curioso ha sido estar aquí, que una ocasión uno de mis mejores amigos desde la adolescencia, me llamó diciéndome que llegaría a Tijuana y que si podía pasar por él al Aeropuerto. Le dije que sí y ese día, por la mañana, nos encontramos. Ahí, en el Aeropuerto me dijo que había llegado porque tenía la intensión de cruzar al otro lado y que si podía llevarlo a una casa de seguridad de polleros.

Se me erizó la piel, sobre todo porque sabía lo que luego los polleros suelen hacerles al migrantes en el camino. Me dio miedo, me entraron los nervios. ¿Cómo pensar y asimilar que yo, sabiendo la situación y siendo periodista, llevaría a uno de mis mejores amigos a la boca del lobo? Pues lo llevé aun a pesar de las circunstancias.

Cuando vi por primera ocasión el muro, el día 18 de 2015 – Foto: Manuel Noctis

Al siguiente día, el compa pasó como si nada por la línea con una identidad falsa. Tres días después me enteré de ello y me puse a pensar en cómo la vida da un chingo de vueltas y un día estás en una situación y otro día en otra. Tratando de entender la migración, ayudé a un amigo a encontrarse con polleros para cruzar al otro lado.

En enero de 2020 cumplí cinco años de estar en Tijuana y ya la siento como si fuera mi casa. ¿En qué momento deja uno entonces de ser migrante? ¿En qué momento puedo dejar de decir que ya no soy de aquí ni de allá? Como suelo decirlo siempre, soy michoacano de nacimiento, pero ahora tijuanense por elección.

Nadie sabe lo que es migrar hasta que no agarras una mochila y dejas atrás a tu familia y tus amigos y nadie sabe lo que es migrar hasta que no llegas a un lugar donde no conoces nada ni nadie te conoce y empiezas a buscarle sentido a la vida y a valerte por ti mismo.

Por eso siempre digo, amiga o amigo, cuando no sabes lo que es migrar, pienso que es mucho mejor guardarse las palabras y dejar que los demás encuentren su camino, eternamente agradecidos estarán contigo.


*Texto publicado originalmente en la revista poblana Neotraba.

Foto de portada: “Migrantes valientes” de Pablo London.

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Quería ser pintor, futbolista, rockstar, boxeador, trailero, militar, cirquero, pero un día me encontré con el periodismo y se me hizo vicio. Soy coordinador de contenidos de Erizomedia.org, director de la revista Clarimonda y colaborador de la revista Playboy México. Me gusta contar historias porque también me complace escucharlas.

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