(Relato) ‘Tráfico’ de Ángel Luna

Erizo Media
Posted on junio 30, 2020, 11:25 am
12 mins

Me encantaba estar con el papá del volante. Con el que a diario cruzaba la puerta a las seis de la tarde, no. Yo sé que era la misma persona, pero en esos trayectos se transformaba. Todo era diferente en la carretera.

Por Ángel Luna

 

Hoy no hay tráfico en el Bulevar 2000. Miro cómo pasan los tráilers, uno tras otro, fluyendo, con todas sus luces. Me parece extraño. Ya me acostumbré a ver la hilera de focos al amanecer. Lo distingo desde mi casa, por la ventana, cuando me alisto para salir a trabajar. Ahí está todos los días. Ese terrible tráfico. Todo atorado. A oscuras. Una serpiente roja y larga iluminando la carretera. Son más o menos cuatro kilómetros. Sólo lo miro a las cinco de la mañana. No le vuelvo a poner atención durante el día. Ni cuando salgo ni cuando regreso. Nunca he sabido la hora en que termina. Debe ser como a las diez, porque en ese horario la ciudad se calma. Más o menos. ¿De dónde vienen?, ¿a dónde van?, ¿a qué hora despiertan?, ¿por qué el esfuerzo?

Mi padre. Jamás pensé que me fuera a invitar a su trabajo. Él nunca necesitó de mí. No me pedía nada. Sólo ordenaba y yo obedecía. Siempre quise agradarle. Todo lo que estuviera fuera de sus gritos y su mala cara se lo hubiera dado sin pensar. Yo tenía 11 años la primera vez que fuimos. Él nunca tuvo tráiler. Tenía un camioncito de carga, mediano y blanco. Los asientos estaban rasgados. Entre la tapicería se asomaban unos fierros oxidados. Le fallaba el radiador. Siempre recurrimos a los botes de agua. El parabrisas estaba cuarteado y la calefacción descompuesta. Con un trapo amarillo desempañábamos los vidrios. Las chamarras gruesas eran vitales para soportar el frio. En ese tiempo, él trabajaba para una refaccionaria. Traía sus piezas de afuera. Desde Los Ángeles las cruzaba para Tijuana y de ahí se las llevaba a Mexicali. La primera vez que fuimos fue a las cuatro de la madrugada. El plan era irnos tranquilos, manejar despacio, llegar a las siete a Mexicali, descargar, desayunar y regresarnos. Se volvió una rutina. Fuimos, por lo menos, una vez al mes durante dos años.

En ese tiempo no existía el Bulevar 2000. Mucho menos el tráfico. Solo nos tocaba un poco en la caseta de El Hongo. Nunca supe por qué le molestaba tanto. La garantía de furia venía con las “viejas” manejando, los cafres o los lentos. Varias veces lo vi a punto de agarrarse a golpes. Era porque se le atravesaban o se estacionaban mal. Pero el tráfico siempre fue lo peor. Ese desgraciado tráfico. Sucedía en la ciudad, porque en la carretera era distinto. Rara vez pasaba en la autopista. Ahí fluía todo. Mi padre iba contento mientras nada nos detuviera. El tráfico era lo único que lo transformaba. Era cuando el sujeto agradable desaparecía y llegaba el malhumorado. Siempre buscó la manera de evadir las congestiones. Creaba carriles inexistentes, por ejemplo. En carretera, solía tomar la de cuota, pero si acaso se encontraba con tráfico o revisiones, se salía por la libre.

—Ya que construyan el Bulevar 2000 vamos a llegar más rápido, vas a verlo, de mí te acuerdas —solía decir cuando los embotellamientos nos detenían llegando a Tijuana.

Yo no sabía nada de esa carretera. Él lo había visto en las noticias. Era el megaproyecto de la región. Mi padre estaba feliz con eso. Cada vez que creaban una autopista o bulevar, halagaba al gobierno en turno. Para él, la política y el buen gasto de recursos se debían reflejar en las vialidades. Eso era suficiente para notar que lo hacían bien, que llevaban a la ciudad por el buen rumbo, hacía la modernidad.

—Cuéntame algo para no dormirme, para eso te traje —solía decirme en los trayectos.

Era cuando me pedía que abriera el botecito y le echara agua en la mano derecha. Con la izquierda sujetaba el volante. Se inclinaba hacia mi sin despegar la vista al frente, pasándose el agua por la nuca y por la cara, sacudiendo la cabeza después.

—No te duermas, apá, no te duermas.

En casa me quejaba de mi padre. De que no me escuchara, de que sólo me regañara, de que gritara tanto. “Ya cállate” —me alzaba la voz— “deja de estar chingando”, “ponte a hacer tus cosas”, “pinche huevón”, “ya apaga la chingada tele”, “baja las patas del sillón”, “ya deberías de trabajar”. Hartarlo. ¿Qué le habré contado en esos días que le acompañaba?, ¿cuál había sido mi estrategia para que no se durmiera? No lo recuerdo. De lo que sí estoy seguro, es que me encantaba estar con el papá del volante. Con el que a diario cruzaba la puerta a las seis de la tarde, no. Yo sé que era la misma persona, pero en esos trayectos se transformaba. Todo era diferente en la carretera. Disfrutaba su risa. Lo mejor eran los chistes. Ahí no había órdenes como en la casa. Manejaba otro hombre. Uno que sí me caía bien.

Era bueno mantenerlo despierto en esos viajes. Debieron ser cosas sin importancia lo que le contaba. Pero no lo dejaba dormir. Esa era mi misión. Y él estaba atento. Conducía y me escuchaba. Mirábamos lo mismo. Las estrellas intensas, brillantes en la carretera, lo que nunca se veía en la ciudad. La luna llena era preciosa, enorme, achicándose, poco a poco, descendiendo, apagándose. Nos fascinaban los espectáculos de luces que llegaban con los tráilers, tan llenos de focos. Yo miraba todo. Las casitas de los poblados, sus contados habitantes, todos durmiendo. Los cerros siguiéndonos. Las grandes montañas a lo lejos. Las rocas gigantes de la rumorosa y el misterio de su equilibrio. El frío al pagar las casetas. Dar y recibir los buenos días. El asombro del amanecer, minuto a minuto. La sensación del calor despertando junto con Mexicali. Todo.

Renegaba de mi padre. Su obsesión con el trabajo y su falta de tiempo. Cuánto deseaba que me pusiera atención en casa, en silencio, escuchando, y yo hable y hable. Quizá en el camino hacía eso. Cuántas cosas pude haberle contado en esos trayectos: los morros que me golpeaban, la niña que me gustaba, el profe al que le caía mal, mi amigo que se estaba poniendo flaco por tanto foco, los picahielos que traían los del barrio dieciocho, el Nintendo que fallaba, el dinero que le robaba al Samuel en las visitas, el batazo que le puse al Adolfo que no fue por accidente, los vellos que me estaban saliendo, la panza que se me hizo. Él y mi madre. ¿Qué era lo que le gustaba de ella?, ¿cómo fue que se enamoraron?, ¿todavía la quería? Le pude haber preguntado también ¿qué tenía el trabajo que pasaba todo el día en él?, ¿cómo era cuándo tenía mi edad?, ¿por qué se vino a Tijuana?, ¿qué es lo que le gustaba de manejar?

Vuelvo a ver el Bulevar 2000. Ya salió el sol. Sigue sin tráfico. Eso ya es cosa del ayer. Todo es lejano ahora. Qué pensaría mi padre de las preguntas. Que hubiera pasado si las escuchara. Si supiera mis cosas. Qué habría sucedido si aquel día no nos hubiésemos peleado. Qué camino nos aguardaba. Cuál sería la plática. Seguramente pasaría lo mismo. Yo le contaría cosas sin importancia. Él repetiría: —cuéntame algo para no dormirme, para eso te traje —yo respondería lo de siempre —no te duermas, apá, no te duermas—. Y no se hubiera dormido. Por más que le sacara la vuelta al tráfico por El Hongo. Yo lo hubiera cuidado. Y las cosas no habrían salido mal. El camión no se habría hecho pedazos. Él aun seguiría manejando. Iría a más lugares, no solo a Mexicali. Hubiéramos regresado juntos.

No te duermas, apá. Por favor. No te duermas. No te vayas. No me dejes.

Y nunca conoció el Bulevar 2000. Tampoco su tráfico. ¿Qué diría de la imagen de las cinco de la mañana? ¿Se enojaría? Yo no lo sé. Y ahí quedó todo con él. Y aquí me quedé yo. Y sigo esperando ese tráfico. Seguramente, mañana será igual que todos los días. Esas cosas siempre vuelven. Es que ese tráfico sí regresa.

Comentarios

Leave a Reply

  • (not be published)