(Relato) ‘Terroncito de azúcar’ de Zeth Arellano

Erizo Media
Posted on julio 21, 2020, 11:15 am
8 mins

Le quité el vestido de olanes y la acerqué al agua. Soltó una carcajada sorprendida antes de ponerse en el chorro directo. El terroncito de azúcar de Lena se disolvió y no pude hacer nada para evitarlo. Yo tenía razón, nunca la había bañado.

Por Zeth Arellano

 

La primera vez que entré a esa casa me mareó el olor dulce y cálido del ambiente, no supe distinguir el origen, pero recuerdo que el aroma resultaba un poco nauseabundo. Me recordó a esa vez en que, decidida, me comí una caja de chocolates a pesar de estar empalagada y vomité todo, terminé con un sabor extraño en la boca que no se quitaba con nada, a eso olía la casa.

Lena me condujo hasta la cocina para presentarme con la muchacha que le ayudaba con la comida. Cualquier cosa que la niña quisiera ella lo prepararía. Yo era la nueva niñera.

La pequeña tenía tres años y tenía sobrepeso. Me ignoró mientras pedía a gritos más de eso que tenía embarrado en la cara. La muchacha corrió por el plato y le sirvió algo que parecía estar hecho de puro merengue. Intenté disimular mi sorpresa, les urgía una plática sobre alimentación sana, pensé, y cómo si hubiera leído mi mente, Lena me aclaró que la niña sólo comía lo que la muchacha le preparaba y yo no podía, ni debía meterme con su alimentación.

También me dijo que, en caso de terminar muy sucia, estaba prohibido meterla al agua porque padecía de hidrofobia, yo debía usar toallitas húmedas y ropa limpia. Asentí a todo y tomé notas mentales de las cosas importantes, empezaría al día siguiente.

Al llegar, Lena me explicó que su terroncito de azúcar era una niña muy tranquila. Me dijo que estaba desayunando y me contó que le gustaba colorear, escuchar cuentos y ver la televisión. Se divertirán mucho, juntas, dijo.

La seguí hasta el comedor, la mesa estaba servida con cosas dulces: pasteles de chocolate, galletas confitadas, pan con mermelada, gelatinas, pay de queso, arroz con leche y natillas. Pregunté si esperaban  visitas,  Lena y la muchacha se rieron de mi. El terroncito de azúcar me ignoró de nuevo mientras devoraba un pay de manzana con tal avidez que me preocupó que se atragantara. Lena se despidió de ella con un beso en la frente.


Otros relatos: ‘Video Disco Club: “El mejor lugar para bailar”‘ de Jossué Glezmed


Era mi primer día con el monstruo come galletas. La verdad es que cuidar de ella era relativamente fácil, la sentaba en la mesa y dibujábamos juntas flores y animalitos. Le leía cuentos y a veces sólo quería ver la televisión. Cuando tenía hambre hacía unas rabietas que parecían exorcismos sacados de una película de terror, la muchacha corría a la cocina y aparecía con postres, todo lo que le daban de comer tenía azúcar.

Me aterraba un poco pensar que, al no negarme a darle esas cosas de comer, yo contribuía a la aparcición de su diabetes temprana o alguna enfermedad ligada a la obesidad.  Pensé que podía sacarla a ejercitarse al jardín, hacerla bailar o saltar buscando burbujas, las actividades al aire libre no le llamaban la atención a menos que fuera un picnic o una fiesta de té y aquello incluyera pastelitos dulces, chocolates y bombones, como si no fuera suficiente azúcar la que le daban de comer cuando lo exigía.

La cara embarrada era parte del proceso, nadie le había enseñado a usar los cubiertos y comía con tanta prisa que daba un poco de miedo meter las manos o interrumpirla. Alguna vez quise detener a un perro de comerse algo y tengo una cicatriz como recuerdo de la mordida, juré nunca interponerme entre un animalito salvaje y sus alimentos.

Lena regresaba tarde del trabajo, casi todos los días, y yo no podía irme hasta que llegara, pero me pagaba el tiempo extra así que no dije nada los primeros meses. En algún momento me empezó a molestar que no apareciera a la hora acordada.

La niña olía a una combinación de leche rancia y perfume con alcohol. Las toalllitas húmedas  no eran capaces de remover el betún del cabello chino de la pequeña. Sabía que tenía prohibido bañarla, pero tenía mugre pegada detrás de las orejas y algo pegajoso en la nuca.


Otros relatos: ‘Salvaje Oeste’ de Saúl Martínez


El hedor que la niña despedía cada vez abarcaba más espacio en la habitación, dudaba un poco que Lena la hubiera bañado alguna vez. La acerqué conmigo a la regadera, jugué con el agua y la salpiqué un poco. Para ser hidrofóbica se había comportado muy bien, no tenía miedo, al contrario, mostraba bastante curiosidad.

Le quité el vestido de olanes y la acerqué al agua. Soltó una carcajada sorprendida antes de ponerse en el chorro directo. El terroncito de azúcar de Lena se disolvió y no pude hacer nada para evitarlo. Yo tenía razón, nunca la había bañado.

Pasé por la casa de Lena una semana después, la luz de la cocina estaba encendida y a través de la ventana pude ver al nuevo terroncito de azúcar devorando todo lo que su madre y la muchacha le acercaban. La pequeña me observaba desde el otro lado, me estremeció su mirada voraz, culpándome.

Comentarios

Leave a Reply

  • (not be published)