(Relato) ‘Sonata a la orfandad’ de José Salvador Ruiz

Erizo Media
Posted on agosto 06, 2020, 10:05 am
35 mins

La imaginación era el límite: levantones con destino a fosas clandestinas, cuerpos jamás encontrados, cabezas en hieleras, huesos calcinados, restos humanos nadando en toneles con ácido, cuerpos colgando de puentes. Y entonces su lente, testigo forense, invadiendo la soledad de la muerte.

Por José Salvador Ruiz

Por fuera la espada sembrará orfandad,

y dentro reinará el espanto.

Deuteronomio 32:25

La voz lo aterraba, era un grito, varios, uno, todos. Súplicas, ruegos a un Dios indolente que rasgaban sus oídos, su piel, sus ojos. Ese grito, ese sollozo, vagido postrero que sólo escuchó en los ojos sin vida de su madre cuando entró a su habitación.

Lo despertó el teléfono. Órale, puñetas. Ya te cayó jale. Una exclusiva, cabrón. Pero apúrate papá o te carga la verga. Jálale pa’l kilómetro 22, rumbo a  Puebla. La voz colgó sin decir más, pero sabía a quién pertenecía. No era la del sueño, pero cada que la oía un millón de hormigas aterradas se agolpaban en su corazón buscando escapar.

Vio el reloj; las 4:49 am. ¿Qué encontraría? Seguro un cuerpo, enemigo mutuo del cártel y el gobernador, o peor aún, un colega. Se incorporó lo más pronto que pudo, no debía llegar tarde; no quería hacer enojar al Virus, el jefe de escoltas del gobernador y dueño de la voz en el teléfono.

La primera vez que la oyó fue para recibir felicitaciones también una madrugada. ¿Tú eres el mariquita Artigas? Preguntó esa misma voz. Por un momento pensó que serían los pesados del periódico, imbéciles que se divertían por la novedad de tener un colega homosexual.

Respondió con una voz grave, ensayada: Habla con Pablo Enrique Artigas, ¿con quién tengo el gusto? Felicitaciones, puñetas. Vienes recomendado de tu jefe en el periódico. Agarra tu camarita y apersónate en el kilómetro 26 de la 140, en el puente vas a encontrar un recado. Y apúrate si no quieres terminar como el Tamaulipas. Fue todo, así inició su reclutamiento involuntario.

También en esa ocasión sabía que encontraría cuerpos; los cárteles y el gobierno elegían las carreteras para dejar sus mensajes humanos. Eran dos cuerpos sin cabeza que pendían del puente atados de los pies. Por su mente nunca pasó la idea de no seguir las instrucciones. Bastó oír el nombre del Tamaulipas para obedecer.

El Tamaulipas no era el más reciente de los periodistas asesinados, pero sí el mensaje más memorable. Era un hombre maduro, experimentado, popular en el gremio y reconocido por la gente de poder. Crítico de la corrupción gubernamental y destacado por su pluma combativa ante los primeros indicios de colusión entre el gobierno y el narco. Pero ni él mismo supo leer los nuevos tiempos y publicó un artículo exhibiendo los vínculos entre la Marrana Uriarte, el gobernador entrante, y el cártel del Río. Lo aderezó con una fotografía de un abrazo fraternal entre el gobernador y el Mateo, el líder del cártel.

En una entrevista a un medio nacional, dijo que pasaría a la posteridad por el artículo y la fotografía; tuvo razón a medias. Todos los periodistas lo recordaban por la fotografía de su cabeza cercenada dejada sobre las escalinatas del periódico. Sus testículos habitaban las cuencas sin ojos y la lengua cortada compartía, junto al pene, una tumba en la boca abierta.

Pablo levantó el colchón y tomó el revólver que le obsequió Mauricio, días después de lo ocurrido al Tamaulipas. Esa noche pasaron un par de horas en su departamento y antes de salir sacó el arma de su mochila y la puso sobre la mesa. Con esto no mato ni a una mosca, le dijo con una sonrisa nerviosa. Es para que te mates tú si algún día los ves llegar por ti, respondió el Coordinador de Comunicación Social del Estado. Sabía lo que decía, no fueron pocas las veces en que de propia voz del Virus escuchaba el reporte detallado al gobernador quien parecía disfrutar de sus relatos.

Pablo colocó la pistola en la mochila de la cámara y salió del departamento ubicado a las afueras de la ciudad; no le quedaría lejos el kilómetro 22. Salió del fraccionamiento y las calles lucían semivacías. Había humaredas de agua en el cielo, sería un día húmedo. Había dormido poco, otra mala noche de pesadillas y recuerdos de su madre, quería parar por un café, pero si los forenses llegaban antes y cubrían el cadáver no tendría una buena fotografía y pagaría las consecuencias.

La idea es que el cuerpo, o lo que quedara de éste, fuera visto con claridad por todo el mundo. Vio el señalamiento de los 20 kilómetros, aguzó la vista. Amanecía, la luz natural se adueñaba del cielo. Vio algo en el acotamiento a su mano derecha. Bajó la velocidad y encendió las luces preventivas. Ahí estaba.

Tomó su cámara y bajó del carro. El cuerpo semidesnudo reposaba en el acotamiento de la carretera. La cabeza era una bolsa de plástico. Las manos en su espalda atadas con una soga que corría hasta sus pies. Los pantalones a medio cuerpo. Disparó varias veces capturando todos los ángulos.

Se tendió sobre el suelo para retratar el rostro embolsado a contraluz del amanecer. Entonces, un ligero viento empujó la bolsa hacia el rostro y pudo reconocer las facciones. Era ella, la conoció; era Soledad García Cordero. Cubría la nota roja en El Heraldo. Convivieron en la posada de los periodistas en diciembre. Llegó a conocer a sus hijos, siete y dos años. Sólo los vio esa noche, pero recordaba sus rostros, podía verlos como si estuvieran frente a él.

El timbre de su celular interrumpió el rostro envuelto en llanto de los niños. La voz. Apúrate con las fotos cabrón, ya tiene lista la nota el gordo Palomares. Esa ya no va a seguir chingando los huevos del gober. La hubieras oído. Chillaba como puerco la pendeja. ¡Ay mis hijos! Ni la puta llorona gritaba tanto.

La voz seguía ahí en la bocina, amenazante, maldiciente, socarrona, pero Pablo escuchaba otra voz hermanada por el odio y modulada por los años: a mí me respetas putita de mierda o te carga la verga a ti y al mariquita de tu hijo. Su madre también chillaba ante los golpes, las amenazas, la mirada aterrada de Pablito.

Vio de nuevo la bolsa que cubría la cabeza de Soledad, imaginó que sus ojos tendrían el mismo terror que los de su madre cuando la descubrió en el baño al regresar de la escuela. No era sólo el miedo a morir sino la angustia por la orfandad que le heredaría. Quiso ver esa mirada, quizá su madre se comunicaba con él después de tantos años, como en sus pesadillas, la voz seguía y el teléfono cayó porque sus dedos tomaron la bolsa e hicieron un agujero. Ahí estaba, la contemplación horrorizada, la desolación, la orfandad.

Imaginó que sus últimos gritos fueron de súplica. Seguro su madre habría suplicado también, rogado porque la dejara vivir, que dejara de apretujar su cuello, quizá lo hizo hasta que las manazas irascibles sacaron el último aliento.

Puso sus manos sobre sus rodillas e inclinó su torso hacia el frente. Su cámara pendía de su cuello. La hizo a un lado cuando sintió las arcadas que provenían del estómago. Oía una especie de zumbido. Era la voz del Virus que salía del teléfono olvidado en la grama.

Volvió en sí. Una patrulla de la Policía Federal se estacionaba. Escuchó una amenaza más, 20 minutos/fotos/página web… o se almorzaría sus propios huevos. Pablo subió a su coche. Los policías no lo molestaron, conocían bien sus pasos en esta coreografía del horror.


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¿Qué te pasa, pinche Pablo? ¿Quieres que nos den piso a los dos? ¿Por qué tardaste tanto con las fotos? El semblante de Vladimir Palomera, su jefe de redacción, parecía el de un condenado a muerte. Su mano temblaba con el celular en la mano. Pablo no respondió, sólo estiró el brazo ofreciendo su cámara. Veía el rostro pálido y obeso de su jefe. Su traje fino, su calva lustrada, solo maculada por mechones que habría que rescatar como ruinas prehispánicas.

Extrajo la tarjeta de la cámara y la insertó en la computadora. Hacía más de una hora que su texto estaba preparado, se puso a trabajar en él cuando recibió la primera llamada del Virus. Son buenas fotos, dijo y las colgó junto a su texto en la página web del diario.

Esta madrugada, el cuerpo de la reportera Soledad García Cordero es hallado sin vida en el kilómetro 22 de la carretera Federal número 140. La reportera de 30 años y madre de dos hijos, cubría la fuente policiaca para un periódico de la localidad.

Según familiares, fue sustraída de su domicilio ayer por la noche por hombres armados que se identificaron como miembros de la Fiscalía General del Estado, argumentando el cumplimiento de una orden de aprehensión contra Soledad García Cordero.

La Fiscalía negó cualquier participación de sus agentes y abrió la Investigación Ministerial 110/2016. Fuentes cercanas al gobierno del estado informaron que la periodista, originaria de Tuxpan, Veracruz, había tenido reuniones o entrevistas, con miembros del Cártel de los Colorados; se investiga un posible nexo que explique la cruenta muerte de la joven.

Como se aprecia en las fotografías, el cuerpo de la reportera fue abandonado en la cuneta de la carretera con visibles marcas de tortura y posible asfixia. Sus manos y pies maniatados como marca inequívoca de los levantamientos criminales.

Este periódico manifiesta su repudio a las agresiones contra periodistas y expresa su solidaridad con los deudos de la reportera. No obstante, consideramos importante la difusión de todos los elementos periodísticos que ayuden al esclarecimiento del crimen y sobre todo, respetamos el derecho de los lectores a estar bien informados. Es nuestra obligación para con la sociedad en general aportar elementos como las fotografías, por más dolorosos que sean.

Leía en voz alta su propio texto desde el portal de noticias. ¿Quedó chingón, no? Volteó a recibir la respuesta, Pablo había abandonado la oficina.


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Sabía que era una idea estúpida, aún así asistió al funeral de la periodista. Si los del gremio lo veían lo insultarían o por lo menos le reclamarían haber publicado las fotografías de la colega.

Antes de tomar la decisión pasó horas en la cocina, sentado viendo la fotografía de su madre. Según ella se la había tomado su padre antes de morir. Él no lo recordaba, a su padre, por más que su madre insistía en que era el hombre rubio que le mostraba en varias fotografías. El barrio tenía otra opinión. Su padre pudo haber sido cualquiera, oía frecuentemente.

Por eso saliste puto, le dijo otro blandiendo teorías de ausencias paternas. Pero él sólo recordaba la mirada fugitiva de su madre, los gritos aterrados de sus iris. ¿Por qué no cerró los ojos? Si tan sólo los hubiera cerrado, quizá no anduviera por la vida buscando la respuesta, ni acompañaría el insomnio bebiendo junto a esa mirada.

Procuraba el anonimato entre la gente que había ido a despedir a Soledad. Ahí los vio, apretujados por una señora mofletuda que los abrazaba sollozante, gimoteando palabras ante un micrófono y varias grabadoras, sentada frente al féretro. Sólo quería verlos, verse en ellos. Quizá decirles, con su presencia, que él sabía de esas cosas, de la ausencia, del arrebato violento.

Se la llevaron frente a sus hijos, decía la señora, quizá madre de Soledad, efusiva, apretando fuertemente a sus nietos; parecía lastimarlos. Eran de la Estatal, dijo una vecina sedienta de protagonismo. El micrófono y la cámara satisficieron sus deseos. Estábamos en la fiesta y Chole gritaba que la dejaran ir, suéltenme, decía, por mis hijos, decía y nada que la soltaban. A rastras se la llevaban disque tenían orden de arresto y ella gritaba que ya no iba a decir nada, ay no, qué cosas. Traían muchas armas, oiga, dijo un tipo como justificando la inacción de los hombres en la fiesta. Ahí nomás la subieron a una camioneta y no supimos pa’donde jalaron. En la Estatal no sabían nada, terció la señora que continuaba apretujando a los niños.

Y adentro de la camioneta, carroza anticipada, ¿qué habrá dicho? ¿Qué tanto habría suplicado? ¿Les habría dicho el nombre de sus hijos? Déjame ir, por el amor de Dios. Ahorita mismo agarro a mis hijos y no me vuelven a ver, déjame hablar con él. Él tiene hijos, sabrá perdonarme. Se van a quedar solos, no tienen a su padre. ¿Qué habrá gritado mi madre? ¿El Ruso habrá tenido hijos también? Decían que sí, que tenía un reguero de chamacos por el barrio, con eso de que era ojo azul… pero también a él le valió madre y le apretó el cuello a Margarita hasta que su vida salió huyendo de sus ojos abiertos.

Hazlo por mi hijo, por Pablito, se va a quedar solo. Dicen que eso gritó o quizá se lo inventó él cuando vio sus ojos. Y sí se quedó solo. Unas semanas en el DIF de Tijuana hasta que una tía desconocida se hizo cargo y se lo llevó a Mexicali. Un sollozo largo, inacabable lo despertó. No podía seguir ahí, sacudió su dolor y se fue antes de ser reconocido. Miró una vez más hacia la escena de la vieja con los niños y salió del lugar llevándose el sufrimiento inasible de los pequeños.

Subió a su carro, giró el encendido y pilló a media res la “Marcha fúnebre”. En eso se había convertido la ciudad, todo el puto país, una marcha fúnebre inacabable, circular. Se quedó dentro del coche, protegido por la burbuja de Chopin. Lo hacía rutinariamente mientras la ciudad se caía a pedazos, se blindaba del horror, egoísta, protegido del ruido exterior.

Cerró los ojos y quiso seguir el marfil melódico como otras tantas veces, pero volvían los ojos de Soledad, los de su madre, los rostros huérfanos de esos dos niños. Abrió los ojos, vio el tablero moderno de su coche, la pantalla digital, los asientos de piel, la fidelidad del sonido. Era el recordatorio cotidiano de su complicidad. Tenía dos años recibiendo sobres con dinero en su casillero, un mes después de iniciar sus labores en el periódico, pero apenas un par de meses atrás empezaron a pesarle; arrastraban la sangre de sus colegas y ahora la orfandad de dos niños más.

La primera vez que notó el sobre le preguntó a Palomera si sabía algo. No hagas preguntas, colega. Es un abono, un adelanto, después te van a pedir favores. ¿Quién? Preguntó. Ya lo sabrás. Y así fue, lo supo cuando escuchó la voz que preguntaba por el Mariquita Artigas. Para entonces ya habían empezado las desapariciones. No de la gente de a pie, esas empezaron tiempo atrás, sino las de colegas.

La imaginación era el límite: levantones con destino a fosas clandestinas, cuerpos jamás encontrados, cabezas en hieleras, huesos calcinados, restos humanos nadando en toneles con ácido, cuerpos colgando de puentes. Y entonces su lente, testigo forense, invadiendo la soledad de la muerte.

La fotografía pesaba más cuando el cadáver escribía la columna tal o reporteaba para el diario X porque entonces el rostro tumefacto, las extremidades fracturadas, las vísceras en fuga, el sórdido cuerpo tenía nombre de colega, de comidas compartidas, de charlas en eventos/Trabajaba en El Sol/ era el editor del Diario de Xalapa/ era de El Informador/ publicaba en su blog.

Cuando puso en marcha el auto, además de una música lúgubre, revoloteaba en su cabeza una súplica fúnebre: Déjame hablar con él. Él tiene hijos, sabrá perdonarme.


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Llegó a su departamento. Le llamó a Mauricio. No respondió, pensó que con tantas muertes y noticias de alto impacto estaría esclavizado supervisando cada uno de los boletines que saldrían de esa dependencia: “Gobierno condena y repudia secuestro y asesinato de periodista” [aprobado], “Gobernador envía sus más [innecesario] sentidas condolencias a deudos, promete dar con los responsables de abominable crimen y entonces caerá todo el peso de la ley [anticuado] serán castigados conforme a derecho”. [aprobado con cambios] “El Gobierno del estado [más personal] gobernador reitera su compromiso con la libertad de prensa” [aprobado con cambios]. “Gobierno desmiente persecución a periodistas y anuncia avances en la investigación” [aprobado].

Pablo escanció whisky sobre un vaso con hielo y caminó hacia el escritorio donde reposaba su cámara. Una cumbia intrusa entraba por la ventana, la acalló con “El Trino del diablo” en su reproductor de música y se repantigó en su sillón.

Años atrás, un profesor universitario le había abierto los oídos a la música clásica. Era un tipo melancólico, caminaba sobre los 60 años y seguía atrapado en su cobardía, en su vida secreta. Su felicidad consistía en llevar jóvenes universitarios a su departamento clandestino; ahí salvaban el semestre. No fue el caso de Pablo, a él lo atrajo su mirada, disfrutaba sus historias, sus lecciones extracurriculares sobre música.

Altamirano le relató el sueño del virtuoso Giuseppe Tartini cuando, tendidos sobre la cama, escucharon “El trino del diablo”. Mientras escuchaban la magia del violín, el profesor tomó su tableta y buscó “El sueño de Tartini”, le mostró la imagen de la pintura de Boilly.

A diez o más años de aquella noche las notas de “El trino del diablo” le estrujaban la conciencia. El pacto de Tartini fue un sueño, pero el suyo era una realidad. La melodía del dinero encantaba a cualquiera y su danza empezó el día en que abrió uno de los sobres. Primero un simple traje, para las ceremonias, justificó; cámara nueva, era necesaria; vacaciones merecidas, el estrés; carro, el trabajo lo requería.

Se sacudió el recuerdo, tomó la cámara y vio nuevamente las fotos de Soledad. Un bulto, un fardo, un muerto más por irse de la lengua, por insinuar corrupción del gobernador. Ahí estaba la cabeza embolsada, las manos atadas, el cuerpo semi-desnudo. Agotado, cerró los ojos …Déjame hablar con él. Él tiene hijos, sabrá perdonarme. Se vio a sí mismo de pie frente a la imagen que cobraba vida, testigo del sueño de Tartini, enjuto, maravillado, luego la voz nuevamente Déjame hablar con él. Él tiene hijos, sabrá perdonarme… El rostro humanoide del diablo gesticulaba, melancólico, ademanes de dolor, sensible al llanto de su violín.

De pronto, torbellino salvaje, sus enormes alas se acompasaban al ritmo de la sonata, su cola bailaba siguiendo acordes, miraba el rostro afiebrado de Tartini y, de su boca, una voz a la sordina murmuraba Déjame hablar con él. Él tiene hijos, sabrá perdonarme. Su rostro tenía una bolsa de plástico, se la retiró y ahora su madre miraba los ojos saltones del diablo, primero, luego dos grandes ojos en ebullición, inyectados de rabia, listos para abandonar las cuencas de un rostro obeso y la voz nuevamente Déjame hablar con él. Él tiene hijos, sabrá perdonarme y entonces los prodigiosos dedos del diablo, incesantes, su diestra unía arco y cuerdas en una danza acelerada, un tempo frenético que en seguida desciende, adagio que trae el rostro nuevamente, ahora definido, montado sobre un cuello grueso, reconoce al gobernador. “El trino del diablo” insiste hasta despertarlo; era su teléfono, la voz ahora de Mauricio, disculpándose.


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El gobernador quiere que vayas al coctel de bienvenida que le hará al señor presidente mañana después de la ceremonia. Le gustan las fotos que tomas, igual y te contrata y despide al imbécil que tenemos aquí. Ya le llamé a Valero para informarle que cubrirás el evento. No la vayas a cagar, toma su mejor ángulo.

Mauricio dejó de hablar contrariado por el silencio de Pablo. ¿Qué te pasa? ¿Estas sacado de onda por las fotos de tu colega? Ni modo, tenías que hacerlo. Así es esto, insistió. ¿Cómo puedes trabajar para ese puerco? ¿Por qué matarla? Seguramente habría aceptado dejar de publicar cosas con un susto. Tenía hijos, cabrón, acusó Pablo. Si no te has dado cuenta tú también trabajas para él, respondió Mauricio sin perder la compostura, frío, acostumbrado a escuchar estos reclamos. Permanecieron en silencio por unos segundos. A mí sólo me informan lo necesario, supe que esa periodista preparaba un periodicazo muy grueso contra el “Gober” y que iba a armar un desmadre durante la visita del presidente. Según informes, había sido amante del Tamaulipas y por eso la tenían bien vigilada. Siguió oyendo la voz de Mauricio, ahora reía, ahora hacía planes, le sugería moteles, escapadas por ahí.

Se despidieron. Sus ojos ardían, el sueño se había colgado de ellos, pero su mente estaba atorada en la mirada de los niños, en las súplicas de dolor, los ruegos de Dolores, el llanto postrero de su madre, de todas las madres que dejaban hijos y de todos los hijos que dejaban madres. Era tiempo de largarse, de huir a otra ciudad donde la muerte no se respirara a cada paso, donde el desamparo no hubiera hecho nido en las miradas de la gente.

Caminar por las calles se había convertido en una lotería fúnebre, cualquiera podría sacarse el boleto sin haberlo comprado, tu suerte, sí, la tuya también, era un capricho de otros, de cualquiera que tuviera una charola, un arma, un mal día. Cerró los ojos, la música continuaba llenando la oscuridad de su cuarto, era Chopin, quizá Mozart o tal vez Beethoven, pero “El trino del diablo” había labrado casa en su mente y de nuevo los ojos de su madre, de Dolores, de la orfandad servían de acompañamiento a un coro que no cejaba Déjame hablar con él. Él tiene hijos, sabrá perdonarme.

Quería abrir los ojos para que las voces desaparecieran, se sabía en un sueño, hazlo por mi hijo, por Pablito, se va a quedar solo. Los ojos azules del Ruso sonreían, ¿eran azules? La voz del Virus salía del celular, grave, Déjame hablar con él. Él tiene hijos, sabrá perdonarme y su carcajada llenaba el cuarto, ¡Ay mis hijos! Ni la puta llorona gritaba tanto. Los ojos del gobernador, ríos rojos manchaban su esclerótica, listos para brincar y escapar, su rostro apretujado por el nudo de la corbata. Tú también trabajas para él cantaba Mauricio y entonces Tartini bajaba de su cama mientras el diablo, embelesado con su propia música, había cerrado los ojos tocando el violín. Tartini se calzó las pantuflas, se caló el gorro de satín y del colchón sacó una espada de hoja gruesa, avanzó hacia el diablo y hundió la espada en su abdomen.

El grito del diablo lo despertó, la oscuridad había sido violada por tímidos haces del sol colándose por las persianas. La música continuaba repitiéndose en su reproductor. Se incorporó, atolondrado por la modorra y el sueño, las voces habían desparecido, pero él había entendido su mensaje. Se puso de pie y caminó hacia su cama. Debajo del colchón dormía la espada de Tartini.

 


*Este relato forma parte del libro Ni deis lugar al Diablo (2016), publicado por la Ediciones CaféCultura, el cual fue acreedor al Premio Nacional de Cuento ‘Rafael Ramírez Heredia’, Tampico 2016.

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