(Relato): ‘Low battery’ de Karlha Ochoa

Erizo Media
Posted on junio 02, 2020, 6:02 pm
17 mins

Contemplé cómo tocaba una guitarra imaginaria sobre su regazo con la mano que tenía libre. Movía los dedos eróticamente sobre su abdomen. Me hubiera excitado menos si esos movimientos hubieran sido sobre el cuerpo de otra persona. Pensar que sentir la música lo llevaba a moverse así me atrajo más que cualquier otra cosa.

Por Karlha Ochoa

 

Zulema entró a mi recamara para decirme que las camionetas seguían allí. Eran las dos de la mañana y el concierto había terminado minutos después de la media noche. Me asomé por la ventana y, efectivamente, vi dos Tahoe negras último modelo en el estacionamiento. Le dije que agarrara mi cámara y fuéramos a ver qué encontrábamos. Tal vez los músicos habían decidido enfiestarse en aquel lugar.

Es bastante común que mi teléfono no traiga batería, siempre marca menos del 20%. En la tarde, antes del concierto, me aseguré de dejarlo cargando por un buen rato para poder subir algunas stories a mi Instagram. No podía dejar de grabar ese hecho histórico. “For first time in Mexico” decía el boleto, así sin acento. Y lo hice… o al menos lo intenté una o dos veces. Todo lo que se veía en mi pantalla eran un montón de luces azules, rojas y amarillas, ni siquiera se apreciaba el escenario, mucho menos a los músicos. El audio no era el mejor, así que decidí dejarme de millennialidades, guardar mi celular y disfrutar del concierto.   

Por mero instinto llegamos hasta los camerinos. Eran como un departamento con muchas habitaciones y una pequeña cocina industrial. No había ningún guardia ni nada que nos detuviera, así que entramos decididas. No había ruido, ni música, ni voces, nada. La idea de la fiesta quedó descartada. Eso nos dio más confianza aún, seguro no había nadie y podríamos apoderarnos de alguna cosa olvidada: el set list impreso, alguna púa, un acceso, lo que fuera. Seguimos caminando y observando cada habitación vacía hasta que llegamos hasta la más apartada. Antes de pasar por la puerta, mi estomago empezó a revolverse, creo que me estaba avisando lo que encontraría.

Repantingado en un sofá, con su brazo cubierto de tatuajes bajo su cabeza, lo vi. Abrí mucho los ojos al verlo. Me quedé helada bajo el marco de la puerta. No me acerqué, temía que nos mandara sacar o, peor aún, que nos corriera a gritos.

Contemplé cómo tocaba una guitarra imaginaria sobre su regazo con la mano que tenía libre. Movía los dedos eróticamente sobre su abdomen. Me hubiera excitado menos si esos movimientos hubieran sido sobre el cuerpo de otra persona. Pensar que sentir la música lo llevaba a moverse así me atrajo más que cualquier otra cosa. Tenía los ojos cerrados y esa mueca de dolor y concentración que solo he visto cuando estás a punto de correrte y, bueno, cuando se toca un instrumento de esa forma.

Se interrumpió la melodía que ambos escuchábamos solo en nuestra cabeza. Supongo que mi mirada se volvió más penetrante en ese momento. Volteó a vernos exaltado a Zulema y mí. Su mirada se concentró en la mía y algo en ella me indicó que podía acercarme.

Intentó levantarse, pero, con el peso de mi cuerpo que lo abrazó del cuello casi inmediatamente, le fue imposible. Lo abracé como solo se puede abrazar a uno de esos ex que dejas de ver sin saber a ciencia cierta por qué y que no dejas de desear cuando vuelves a encontrártelos al paso de los años. Él me devolvió uno similar. Le pregunté si podíamos tomarnos una foto y me dijo que sí. Le di mi teléfono a Zulema para que la tomara. Me lo devolvió apretando los labios. Como siempre, estaba sin carga. Le pedí que lo hiciera entonces con la cámara.

En lo que la sacaba de su mochila, él me explicaba que estaban muy cansados por aquella gira que les parecía interminable. Se refirió a su staff, hasta cierto punto justificando que nos hubiera sido tan sencillo llegar hasta ese lugar sin que nadie nos lo impidiera. No se incluía a sí mismo al hablarme de aquel agotamiento colectivo que sufrían. Él parecía estar en su estado natural, un sexy aletargamiento que provocaba que sus movimientos fueran cadenciosos. Mientras lo decía, volteó a ver tiernamente a su roadmanager y a su guardaespaldas que permanecían dormidos en un sofá a nuestra izquierda como si fueran dos niños pequeños a pesar de su tamaño.

Con una familiaridad que no sé todavía de dónde saqué, me quedé sentada a su lado, en un minúsculo espacio en el que apenas podía recargar una nalga. Él se dio cuenta de mi incómoda pose y me cedió su lugar. Al levantarse, ocupé el lugar y lo jalé del brazo para que se sentara junto a mí. Esperaba que Zulema estuviera tomando fotos a discreción de todo eso, estaba segura de que dábamos la impresión de ser viejos amigos. Seguimos charlando mientras esperaba la foto. Él me contaba que no tenían energías ni siquiera para ir a buscar un hotel y que por eso estaban en aquel camerino esperando que pasaran las horas para tomar el vuelo que los llevaría a otra ciudad.

—¿Sueles tocar “Since I’ve been loving you” o fue algo que te provocó este lugar?

—Suelo tocar un montón de canciones juntas, me robo un acorde de aquí y otro de allá. ¿Te gusta Led Zeppelin?

—La verdad es que nunca los había escuchado hasta ahorita.

—A mí ni siquiera me gusta el estilo de Jimmy Page. No sé por qué me vino a la mente.

Nos quedamos en silencio un momento. Me di cuenta de que Zulema se había ido. Tal vez la cámara no tenía memoria. O batería.

—Creo que no nos van a poder tomar ninguna foto, ¿quieres pasar a mi departamento a firmarme una guitarra? Estamos a unos pasos de ahí.

—¿No es una pesadilla vivir a un lado de un venue?

—Lo es. Pero es barato y, además, siempre podemos ver un poco de lo que pasa tras los escenarios. A veces es cool.

—No encuentro nada de cool en eso, si me permites decirlo.

Me reí. ¿A quién quería engañar? Vivir en aquel lugar era una pesadilla y no tenía ninguna ventaja, no importaba por dónde quisieras verlo.

Me acompañó hasta el departamento. Caminaba lánguidamente junto a mí, con las manos dentro de las bolsas del pantalón.

—Realmente vives a unos pasos. Debe ser horrible querer salir o entrar en fin de semana —dijo mientras subíamos por la escalera.

—No tienes idea.

Llamé a Zul, mientras abría la puerta del departamento. No contestó, pero la puerta de su habitación estaba cerrada, señal de que estaba ahí dentro, dormida seguramente, la muy deja-abajo.

Sin encender la luz, entramos hasta mi habitación y le mostré la guitarra. Por la ventana se colaba la luz de las luminarias de la calle y eso era suficiente.

—¡Ya está firmada! Quieres tener una colección de firmas, ¿eh?

—Sí, digo, no. Solo quiero la tuya.

Corrí al baño y regresé con un algodón humedecido de alcohol con el que borré esa otra firma de ese otro cantante que ya no importaba. Le extendí un plumón indeleble y puso su firma. Se quedó viéndola un rato.

—Ahora me siento mal.

—¿Por qué?

—Porque borraste toda una dedicatoria y yo solo puse mi firma ahí.

—Pues pon otra cosa.

—¿Cómo qué?

—Como para el amor de mi vida o algo así.

La comisura izquierda de su boca se elevó en una pequeña sonrisa y lo escribió.

—Para el amor de mi vida, aquí tienes —dijo extendiéndome la guitarra.

La tomé, leí la dedicatoria y la guardé. ¿Y yo quería una foto? Eso era mucho mejor.

Salimos de mi habitación, le cedí el paso para que saliera él primero. El pasillo era demasiado estrecho para ambos. Apenas habíamos dado tres pasos hacía la salida cuando se detuvo en seco.

—¡Espera! Quiero ver la vista de tu habitación, a ver qué tantas cosas cool se pueden apreciar desde allí —dijo burlándose de mí.

Dio la vuelta demasiado pronto. Chocamos. Mi cara quedó enterrada en su pecho por un momento. Aproveché para respirar su olor todo lo que me fue posible. Retrocedí un paso y me hice a un lado para dejarlo pasar. Él no lo hizo. Al contrario, se puso frente a mí, levantó mi barbilla con una mano y me besó. Me puse de puntitas para poder alcanzar su boca de la mejor forma. Nos acercamos más. No pude resistir la tentación, colé la mano por debajo de su camiseta desde su abdomen hasta su pecho.

En ese momento pensé en hacerme la digna, en hacerme la difícil con la esperanza de que entonces él me viera como un reto y me persiguiera y, con suerte, tal vez me compusiera un par de canciones, pero no. Estaba mojada y no quería detenerme. ¿Y si se olvidaba de mí en cuanto subiera al avión? Me daba igual. Enredé mis manos detrás de su nuca. Saboreé su labio inferior, contagiada de su languidez, lo acaricié con mi lengua y después con ambos labios. No tardé en sentir su pene duro sobre mi vientre. Confirmé su erección con mis dedos, lo acaricié por encima del pantalón.

Su metro noventa no me permitía sentir la presión de su pene en donde mi cuerpo me urgía. Elevé mi pierna derecha intentando escalarlo, él no tardo en sujetarla y hacer lo mismo con la otra, levantándome y encajándome contra él. Recargada sobre la pared, por fin lo sentí en donde deseaba. Mi cadera se movía desesperadamente buscando fricción. El beso se tornó más agresivo. Entre mordidas y embestidas me quité camiseta que llevaba puesta y él no tardó en liberar mis senos del brasier ajustado. Con urgencia pasó su lengua sobre el pezón y lo metió a su boca, se quedó allí mientras con una mano desabrochaba mi pantalón. Vi cómo los tatuajes tomaban la forma de sus músculos al sostenerme. Cómo deseé haber traído una falda que permitiera un acceso fácil. Con disgusto tuve que zafarme de su cadera y ponerme de pie. Mientras me bajaba el pantalón, él se deshizo de su camiseta.

¿Qué tan cliché sería decir que le besé el 77 que tenía tatuado sobre el pecho? No lo hice precisamente por eso. Una vez que me liberé de los jeans, la pared vibró detrás de él cuando chocamos contra ella. Estrujó con violencia mi seno con su mano y después lo besó. Me recargó contra la pared opuesta, liberó su pene del pantalón y yo lo guie hasta mi interior. La primera envestida me provocó un escalofrío; la segunda otro que se unió al primero. Tenía la piel completamente erizada y los pezones endurecidos, cada penetración me provocaba olas frías sobre la piel, a la vez, la sensación de calor que me provocaba el contacto piel a piel me colocaba en ambos extremos de los sentidos. No iba a aguantar mucho tiempo. Se lo dije. Me voy a venir. Aceleró las embestidas y me penetró profundamente. Sentí como las contracciones de mi orgasmo extraían su semen. Al retirarse de mí, todavía goteaba. Tenía el interior de mis piernas empapado. Cuando volví a ponerme de pie, las piernas me temblaban.

Entré al baño a secarme y cuando salí, él estaba viendo por la ventana.

—No se ve una mierda —rió.

Dos horas más tarde, escuché el sonido de llantas sobre el pavimento. Me asomé por la ventana y lo vi junto a su staff caminando hacia las camionetas. En ese momento, levantó la cabeza. Me vio. Le aventé un beso y él me lo devolvió. Subió a la camioneta y se fueron camino al aeropuerto.

Me fui a la cama y cuando desperté, recordé las ganas que tenía de ir a un concierto, las ganas que tenía de escucharlo a él y las ganas de contacto humano. Maldita cuarentena.

 

* Encuentra a Karlha Ochoa en Facebook, Instagram y Twitter como: @karlhaochoa

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