(Relato) “Imagino rostros” de José Antonio Oropeza

Erizo Media
Posted on agosto 31, 2020, 6:13 pm
18 mins

Es divertido comprobar los rostros que imagino. Sería más divertido poder comprobar los que imaginaba entre la ropa de mi clóset cuando era pequeño y no podía dormir, entonces me daba mucho miedo.

Por José Antonio Oropeza

A veces imagino los rostros de las personas que están a mi lado en lugares públicos, por ejemplo, en la fila del banco. Escribí lo anterior en el cuaderno que me regaló un amigo escritor, incitándome a escribir también. Esta noche, escribo en la computadora sentado en una silla baja ante la mesa del patio. De fondo escucho “Blue in Green” de Miles Davis porque hace unos momentos leí poesía beat a Felicia, le envié algunos audios.

Esto me recuerda que hace un par de días mientras dirigían la reunión de la escuela donde trabajo les compartí un ejercicio del psicólogo sonriente Martin Seligman, había que decir una forma en que tenía, cada quien, acceso a la felicidad de una manera sencilla; para animarles, comencé yo, conté sobre mi gusto por el juego de caminar hacia el sitio del transporte público, recorriendo varias calles hacia donde el monito del semáforo lo indica.

Agregué que incluso llega a ser divertido pasar mucho tiempo dando vueltas aun sabiendo la ruta más corta. Además conté —esto fue lo que me hizo recordar— que en ocasiones donde sentía una emoción extraña e intensa, algo así como euforia, decidía enviar audios con poesía a algunos contactos. Hasta el día de hoy, hacía mucho que no lo hacía.

A Felicia le gusta la poesía, por momentos, como muchas otras cosas, generalmente no se puede saber, lo que siempre le gusta es la comida y el vino.

Imagino rostros, luego —no siempre— los confirmo. En ocasiones resultan muy extraños, pienso que no quedan con la voz que les escuché. Esto me recuerda a cierto gusto por observar la vida en los reflejos. Específicamente de un café que se encontraba por la Preparatoria Federal. Ocupaba, regularmente, la última mesa en la entrada, corría buen viento. Escribí lo que observaba, otras veces solo creaba historias mentales.

Los sábados por la tarde, cuando había poca gente, el barista en jefe calibraba las máquinas y, supongo por ser cliente frecuente, me ofrecía una taza extra para apoyarle a distinguir el sabor. ‘No soy experto en café. Pero sabes reconocer lo que te gusta’, me dijo un día otro barista en ese mismo lugar.


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Era tan cliente frecuente y ese lugar estaba tan solo entre las tres y cuatro de la tarde los sábados que un día la cajera que estudiaba enfermería me inyectó una solución líquida buscando practicar y estar preparada para su evaluación del lunes. Llevaba camisa de manga larga con botones, me descubrí el brazo derecho mostrando también parte del pecho, esto es nuevo, pensé, y aunque jamás me habían inyectado para practicar —menos en un café— me refería a estar con esas partes de mi cuerpo desnudo en un lugar público que no fuera la playa.

Algunas semanas después tomé café y donas en otro lugar con la estudiante de enfermería. No tenía ninguna intención de cortejarla —por muchas razones—, en ese entonces buscaba experiencias nuevas, personas distintas con quien compartir, después de algunas salidas comprendí que ella buscaba algo más.

Una tarde en que la llevé a su casa —me ofrecí porque algo en mí siempre quiere la seguridad para los demás, a cualquier hora, sobre todo por la noche— en el camino ella cantaba y bailaba “Shape of you” de Ed Sheeran mientras me indicaba por dónde; disfruté la escena, lucía linda y libre.

Cuando llegamos al lugar donde una semana antes la había dejado —la entrada a la privada donde estaba su casa—, me contó algunas cosas sobre su familia, yo escuché atentamente por costumbre y respeto más que por interés genuino, ella se giró hacia mí, siguió contando sobre otras personas, su mejor amiga, la enfermera regañona de la clínica donde hacía prácticas, sus mascotas; yo seguía escuchando pero también pensaba en la hora, en el camino largo hasta mi casa al otro lado de la ciudad, en lo cansado que estaría al llegar a casa como para no leer por la noche antes de dormir y en lo temprano que tenía que levantarme para ir a trabajar.

“¿Me das un beso?”, había dejado de escucharla mientras me adentré en mis pensamientos, cuando preguntó me costó un poco caer en cuenta de lo que me pedía. Nadie me había pedido un beso antes, solo había besado a dos personas en mis 25 años de aquel entonces.

En esos tiempos recuperaba mi vida, es decir, mi vida conmigo mismo —si eso tiene sentido—, como dije, no quería nada, buscaba experiencias, buscaba momentos nuevos, pero no un beso, mucho menos una relación. Le dije que no, ella insistió. Le expliqué lo que sentía y pensaba. Es solo un beso, no sabes si te gustará o no, no pasa nada, insistió.

Pensé que realmente quería un beso. Nunca nadie me pidió algo así, tampoco ahora aunque ya pasaron casi cuatro años. En mí estaba claro que no quería nada, le expliqué de nuevo, entonces se acercó y me tomó el rostro, repitió que era solo un beso y sucedió. Buscó respuesta en mí, no tuvo la que quería. Quedamos en silencio, generalmente me va bien con el silencio, estaba cómodo, había sido eso, solo un beso.

Se despidió, bajó de la camioneta y yo manejé escuchando Chicano Batman, a quienes recién había descubierto y comenzaban a hipnotizarme. Manejé por aquella parte de la vía rápida que no transito con frecuencia, disfruté la poca luz y la velocidad que permitía el, casi nulo, tráfico. Al llegar me lavé los dientes, me vestí la piyama y descubrí que no había sueño ni cansancio, leí un par de cuentos de Daniel Salinas.


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Imagino que imagino los rostros de las personas junto a mí en lugares públicos porque me cuesta verles directamente, me cuesta porque no me gusta tener que ver con las personas, a menos que sea por trabajo o por algo que realmente me motive.

Disfruto poco o nada las pláticas cotidianas aunque, hoy tuve una muy amena con el profesor de Música. Hablamos sobre uno de los estudiantes, escuchamos una canción que nos envió. También hablamos sobre el Barroco y lo contemporáneo, incluso sobre el último álbum de Bad Bunny, acerca de lo bien producido que está. Para ese momento recordé a Cavafis, otro músico, él fue quién me explicó acerca de la producción musical.

Ahora recordé un momento en que teoricé con un futuro psicoanalista acerca del reggaetón y el embarazo, más específico, sobre el bajo en la música del reggaetón y la posible asociación con los latidos maternos mientras se está en el vientre. Recuerdo que fue divertido, tuvimos esa plática justo afuera de un bar que cerró el año pasado.

Por entonces, las mismas fechas que las salidas con la futura enfermera, como me encontraba en búsqueda de nuevas experiencias, acepté salir los viernes con las compañeras y compañeros del lugar donde trabajaba. Íbamos a la Plaza del Zapato —que, por cierto, si no eres de Tijuana tienes que enterarte que ya no venden zapatos en ese lugar, eso era en sus inicios, ahora son bares—, advertí que me gustaba bailar.

Ahí descubrí que me era incómodo ver que un amigo besaba a una mujer que no era su novia, esa fue otra noche, cuando esperábamos el taxi. Se mostró muy afligido, decía que estaba ebrio, que no sabía cómo había pasado. Yo pensaba que no había mucho que buscar, se habían besado y eso estaba claro. Nunca dije nada, ni siquiera opiné.

Claudio tuvo mucho que ver con el hecho de que yo aceptara esas salidas a la plaza. Un día llegué al trabajo y armé mi mesa en la biblioteca, para estar aparte sí, pero no porque no quisiera compartir mesa con ellos, me gustaba disponer de buen espacio para acomodar los libros y documentos que utilizaba. Su: Uy no somos dignos… —refiriéndose a que no me sentaba con los y las demás— fue suficiente para picarme la consciencia.

Pasé muy buenos momentos gracias a ese instante. Cuando no era La Plaza y tampoco éramos todas y todos, íbamos al Centro —a la emblemática Sexta— el Tropics era el indicado, había rockola y tomábamos caguamas. En una ida a ese lugar un guardia sacó a Omar —un compañero nuevo que no nos había acompañado antes— porque lo había encontrado fumando marihuana en el baño, Claudio intentó defenderlo y a mí me salió un muy natural: Déjalo, no es tu responsabilidad.

El defensor se sacó de onda. No sé si es por mi edad, mis tiempos, qué sé yo, yo estoy acostumbrado a que si venimos juntos, sea lo que sea, tenemos que hacer el paro, dijo. Entonces expliqué mi postura y que, aunque lo había dicho casi como una sentencia, no tenía por qué influir en su decisión. Entonces se mostró confundido pero no salió a buscar a Omar.


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Ese día, Miguel, otro compañero —ahora amigo y con barba de leñador— nos mostró una punta filosa de madera bastante sólida que cargaba en un compartimento secreto de su mochila y que sacaba justo antes de bajarse del taxi en su colonia —El Murúa—. A pesar de lo random no fue extraño para nadie, supongo que considerando la delincuencia de la ciudad.

Es divertido comprobar los rostros que imagino. Sería más divertido poder comprobar los que imaginaba entre la ropa de mi clóset cuando era pequeño y no podía dormir, entonces me daba mucho miedo. Creo que de ahí viene el buscar respuestas. Recuerdo que las observaba cambiar de forma hasta que desaparecían cuando iba amaneciendo.

En una ocasión, se borraron de golpe cuando mi hermano cayó de la litera envuelto en su cobija de ositos como Juan Escutia con la bandera. Esto me lleva un par de años atrás cuando leí una crónica en un libro escrito por un par de periodistas donde cuentan cómo, los ahora míticos Niños Héroes, fueron una estrategia política —de un presidente que no recuerdo el nombre— para generar un patriotismo ramplón, evidentemente con una interesada intención de fondo.

Felicia ya debe estar dormida, pensé enviarle esto al terminarlo. Ella me lee de vez en cuando. Ahora imagino su rostro durmiendo tranquilamente y no puedo comprobarlo. Hace días que Claudio no se comunica y está bien, es solo que de vez en cuando extraño nuestras charlas que, después de ese “Uy no somos dignos”, se han vuelto tan significativas.

Ahora pienso que podría agregar a mis accesos a la felicidad el imaginar rostros de las personas a mi lado en espacios públicos. También recuerdo que compartí —en la reunión— que la felicidad no es una máxima en la vida ni tampoco duradera sino muchos momentos pequeñitos.

No se puede cambiar el mundo pero se pueden imaginar rostros y jugar a que se es escritor. Mi amigo escritor —el que me dio la libreta donde escribí las primera líneas— diría algo como… bueno no sé qué diría, también lo estoy imaginando pero, seguro diría algo sobre mi perspectiva acerca de jugar a ser escritor.

Me pregunto si, en este tiempo que no nos hemos visto, Miguel se habrá recortado la barba y espero que no haya tenido que usar su punta de madera bastante sólida para defenderse. Tal vez ayer me enfoqué en los rostros imaginados para no aburrirme en la fila del banco aunque también imaginaba los rostros de los personajes de la novela que estaba leyendo, por ejemplo, al niño ciego que pedía a su mamá, lo imaginaba con pocas cejas y de piel ceniza. Roberto me ha acompañado varias veces al banco, él tiene buenas pláticas, él tiene rostro comprobado.

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