(Relato) ‘Adentro, el infierno’ por Josué Camacho

Erizo Media
Posted on agosto 10, 2020, 12:26 pm
11 mins

Por la calle que daba justo a la ventana del apartamento 911, piso número 15 del edificio Felicidad, un sinfín de fieras desfilaban desbaratadas, encimándose unas a otras, nada podía controlarlas. Él no distinguía qué eran, si humanos bestias o seres de otro planeta. La ciudad resultaba fuego y humo y asfixia.

Por Josué Camacho

 

Crujió la tierra. Eran las 9:59 de la mañana. Ella dormía. Él tarareaba bajo la regadera. Edificio Felicidad. Ambos sintieron un impulso visceral. Ella no pudo levantarse de la cama. No asimilaba lo que pasaba. Se quedó pegada al colchón, asida de las sábanas. Él salió de inmediato de la ducha, dejó la llave de la regadera abierta. Corrió hacia la sala. La espuma escurría por sus piernas. Apartamento 911. A los tres minutos: un segundo crujir de tierra. Ella brincó de la cama, caminó hacia la ventana, abrió la cortina izquierda. Él se deslumbró ante el paisaje. Piso número 15. Ambos atónitos en la ventana.

En este momento estamos transmitiendo en vivo desde la avenida Paraíso, desde donde podemos ver los estragos que causó una bola de fuego que cayó del cielo a la Tierra, justamente en el corazón de la ciudad, hace exactamente once minutos. No se sabe a ciencia cierta qué es; se le pide a la ciudadanía que mantenga la calma, nadie se explica lo sucedido, pero hubo un sismo de siete punto dos grados y después de eso, cayó una bola de fuego, las autoridades…

Él no se despegaba de la ventana. Ella tampoco. El fuego a lo lejos. Helicópteros cerca. Él quería estar con ella, tenía miedo. Ella quería estar con él, tenía miedo. Él quería dejar de ver por la ventana e ir hacia ella. Ella quería despegarse del vidrio e ir hacia él.

En la avenida Paraíso, las llamas crecían. Automóviles y peatones circulaban embravecidos. Los edificios eran desalojados de forma pacífica, pero al desembocar en las calles los habitantes entraban en pánico, y poco a poco la arteria principal de la ciudad se iba convirtiendo en una zona caótica.

Varias unidades de la estación de Bomberos se aproximaron al lugar de los hechos intentando aminorar las llamas, pero no es suficiente, ya que se han extendido a kilómetros y no se cuenta con el suficiente líquido vital para aminorar un incendio de tal magnitud, el alcalde de la ciudad emitió un comunicado en el que pide a la ciudadan…

Él seguía en la ventana. Otra bola de fuego hacia la tierra. Puso la mano en el vidrio, sus pupilas se dilataron, el reflejo en ellas. Ella vio por la ventana. Una tercera bola, ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Seis! ¡Siete! Siete bolas de fuego cayeron. Él busco el celular en el sillón, entre cojín y cojín. No había señal. Ella no encontró más refugio que ponerse de rodillas y rezar.


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Ciudad Distancia era un intríngulis. Bulevares, vías rápidas, glorietas ardían, el fuego no respetó ni zonas federales. Las llamas arrasaban con todo: los centros comerciales se desvanecían, los edificios financieros crepitaban; alumnos despellejándose, perros y gatos en franca huída.

Estamos sobre la Torre Platino, desde aquí se puede observar cómo el fuego está consumiendo gran parte de la ciudad, las calles son una desorganización, gente que corre en todos los sentidos, Protección Civil le sugiere a la población, que si el fuego no está a metros de su hogar u oficina, no salga. Sí, escuchó bien: no salga. Mantenga la calma. Si no tiene un motivo de urgencia para salir quédese en casa, o en la oficina o en donde esté seguro, ya que el fu…

Ella no podía creer lo que registraban sus ojos. La cama sin tender, el cabello amorfo, las marcas de los bordes de la almohada en su mejilla izquierda. Rezaba. Él se quedó ensimismado. La regadera seguía abierta. Él jabón seco en sus piernas. El grito en las entrañas.

Por la calle que daba justo a la ventana del apartamento 911, piso número 15 del edificio Felicidad, un sinfín de fieras desfilaban desbaratadas, encimándose unas a otras, nada podía controlarlas. Él no distinguía qué eran, si humanos bestias o seres de otro planeta. La ciudad resultaba fuego y humo y asfixia. Ella miraba a las aves elevarse, iban apresuradas, se olvidaron de volar en v.

Tenemos en exclusiva a un testigo que presenció el momento exacto en el que cayó la tercera bola, fue precisamente a dos cuadras del Centro Deportivo CCI, el cual ha desaparecido por completo. Cuénteme don Elme…

Él pensó en ella, en su cuerpo, en su voz. Recordó el día que la conoció. Una mañana de lunes. Ese momento en el que su mirada no tuvo más protagonista que ella: Mojaba sus pies en la fuente. Parecía una diosa. Húmeda, sonriente, hermosa. Supo que sería para él. Ella se remontó al día más feliz de su vida: Su boda con él. Y sonrió al recordar cómo se miraban, cómo lo deseaba. Esa noche se sintió la mujer más dichosa del mundo. Y ahora el mundo se consumía entre llamas, era tan infeliz. Advirtió las lágrimas.

Silencio en la radio. Silencio en la televisión. Silencio en la red. Hecatombe en las calles.


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La ciudad era bicolor. Abajo, un naranja-rojo consumía cada partícula; arriba el gris, la oscuridad, un manto que obstruía la visibilidad a helicópteros y rescatistas que merodeaban los puntos de origen. Pero era en vano. La vida se extinguía. La ciudad se hacía polvo. Sólo quedaba un milagro.

Él quería hablar con ella. Explicarle las ausencias. Decirle que la amaba, que era la mujer de su vida. Que nunca había estado con otra mujer, aunque su comportamiento indicara lo contrario. Estaba cansado, decepcionado de sí. Para falsear su infertilidad recurrió a la provocación, los rechazos, los maltratos, las humillaciones. Le creó culpas, la hizo sentir la mujer menos mujer. Y se ausentó. La infelicidad, el hastío, y la rutina lo llevaron a buscar un elemento sorpresa en su vida, pero cuando lo encontró se opuso porque la amaba a ella. Reconoció que solo quería estar con ella. No se atrevía a enfrentarla, se sentía poco hombre: no la merecía.

Ella deseaba salir de la habitación, ir hacia él. Se sentía culpable porque estaba embarazada de alguien más. Ya sabía que la infértil no era ella. Ante las ausencias y maltratos buscó un refugio y se despojó del pudor y dio rienda al placer y voló. No sabía cómo enfrentarlo, estaba muy lastimada. Pero lo amaba. Y quería hablar con él, decírselo.

Se fue el servicio de luz. El agua dejó de caer. Afuera todo eran gritos, sonidos de alarma y desesperación. Y el fuego y las llamas y el humo y el llanto y las bestias aturdían los sentidos. Todo se calcinaba, la detonación de los edificios, automóviles hechos trizas, cuerpos fragmentados. Era el final, el apocalipsis.

Edificio Felicidad, apartamento 911, piso número 15. Ella limpió sus lágrimas, salió al pasillo. Él estaba ahí, desnudo tras la ventana que exponía a la ciudad. Respiró su aroma a mujer. Giró. Se quedaron viendo por minutos. Gritos silenciosos. Él bajó la mirada. Ella volvió a sentir el rechazo y fue a la cocina para servirse un vaso de agua. Él se sentó en una esquina de la sala, posición fetal. Ella se sentó en la otra esquina de la sala, posición fetal. El silencio.

Afuera el ruido, el Armagedón. Adentro el silencio, el infierno.

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