Perdido en Tequis; “La leyenda del Maestro de Etimologías”

Manuel Noctis
Posted on julio 25, 2020, 7:34 pm
14 mins

Cuando mi vida resplandecía y estaba todavía llena de juventud, solía recordar casi de memoria los sitios a los que asistía por primera vez, sobre todo cuando se trataba de otras ciudades fuera de donde yo residía. Pero todo por servir, o por beber, se acaba; las neuronas poco a poco se van perdiendo y uno así al chingazo no se da cuenta de ello.

Una ocasión, estábamos en Tequisquiapan, Querétaro, con mi buen amigo el poeta Daniel Wence, porque otro buen camarada al que le apodamos el “Mil”, nos había invitado a ser jueces en un concurso de poesía y narrativa en la escuela secundaria donde él trabajaba.

Habíamos llegado la noche anterior, para estar al día siguiente muy temprano en el lugar. Ahí nos encontramos a otros compas de San Juan del Río, el Brian Moreno y Pablo Junco (en ese entonces todavía editor del fanzine Yo no soy un rebelde), y tras el fallo del jurado, la lectura de textos de los ganadores y la comida que nos dieron en la institución educativa, decidimos que era buen momento para regresar a casa de mi amigo el Mil (a unas cuatro cuadras de la escuela) y quitarnos con unas cheves ese maldito calor de las 5 de la tarde.

Cuando salimos directo al Extra, que se encontraba a unas tres cuadras de la casa, mi amigo el “Mil” nos hizo la aclaración que, por ningún motivo nos refiriéramos a él como un borracho de lo peor o, mucho menos, dijéramos que eran de él las cervezas que estuviéramos comprando. El motivo: la ciudad es muy pequeña y todomundo lo conocía como el Maestro de Etimologías, así que había que guardar intacta su reputación, lo cual nos pareció plenamente comprensible.

A mitad de la noche, el “Mil” se fue a dormir porque tenía que trabajar temprano al día siguiente. Yo esperaba a una amiga de San Juan del Río que caería por ahí, la cerveza estaba terminando y fue cuando, aferrado, decidí salir solillo a surtir material etílico para compensar la noche.

En ese tiempo recién me había fracturado un dedo de la mano izquierda en el Teatro del Pueblo de la Expoferia Michoacán. Había ido a ver al cómico JJ y mientras buscaba un lugar dónde sentarme, me resbalé en los escalones y caí sobre mi mano. Así que usaba una férula para protegerme el dedo, pero esa ocasión me la quité porque no aguantaba tener muy rígido el dedo.

Tomé entonces la bicicleta town&country que tenía por ahí mi amigo y me salí por las calles empedradas rumbo al Extra. Cuando llegué, ya estaba cerrado y se me hizo fácil preguntar por un OXXO a una persona que por ahí se encontraba. Me dio las señales exactas y emprendí el viaje.

Rodé y rodé montado en la bicicleta por toda la carretera, hasta llegar con el OXXO. Mi mente había tomado nota del camino y lo había procesado correctamente para que al regreso no hubiera mayor problema.

Compré un cartón de doce cervezas de XX Lager, si no mal recuerdo. Lo puse en la canastilla de la bicicleta, encendí un cigarrillo y me lo fui fumando mientras pedaleaba alegremente, a media noche, por las calles de un lugar que jamás en mi pinche vida había estado (bueno sí, una vez me llevaron a la Feria del Vino y el Queso).

Mi punto de referencia para el regreso a la casa de mi amigo, era el Extra, pero deambulé y deambulé y nunca di con él. Conforme avanzaba, se me iba haciendo más extraño el lugar, y decidí regresar al punto de encuentro con el pinche Extra. No lo encontré y estaba dando vueltas como por la carretera.

Confiado en mi mente maestra, decidí meterme por una de las calles empedradas de la colonia donde vivía mi amigo. Esperaba reconocer algo que me orientara para regresar con bien a casa. Pero no encontraba ni madres. Además, el pinche empedrado de las calles hacía más difícil la manejada con mí dedo fracturado y estaba provocando que las cervezas brincaran como loquillas y se estaban agitando.

Tras unas cinco o seis vueltas por el lugar, decidí parar, destapar una cerveza y pensar en algún plan de regreso a casa. Busqué en mi bolsa del pantalón y no traía mis celulares (en ese tiempo trabajaba en un periódico, cubriendo la fuente de Cultura, y además del mío, cargaba un cel del trabajo); pendejamente los había dejado también en la casa de mi compa.

¿¡Chingá! ¿Cómo se supone que voy a regresar a la casa de mi amigo, a estas pinches horas de la madrugada, con un cartón de cervezas, si no puedo decir que es el Maestro de Etimologías? Lo voy a quemar bien gacho, pensé. No podía hacer eso, un buen amigo nunca le falla en la palabra a otro, así que me terminé la cerveza y continué con la búsqueda.

Unos minutos después, me detuve para abrir otra cerveza y mientras pedaleaba y le tomaba a la botella, me surgió entonces una fuente bien cabrona de inspiración; me acerqué a una cenaduría que estaba por donde iba transitando y con una sonrisa en el rostro les esbocé: “Buenas noches, disculpen, fíjense que no soy de aquí, me acabo de mudar y me perdí, ya no sé cómo regresar, soy vecino del Maestro de Etimologías y quería ver si saben dónde vive para poder así orientarme”.

Pura madre mi choro, pero bueno, les dio risa a los que ahí se encontraban y me dieron santo y seña de que por tales calles llegaría a la casa del respetable y distinguido maestro. Y nada, no encontré el pinche montón de tierra que me dijeron estaría en una esquina y de ahí a la derecha dos cuadras.

Entonces sí me preocupé. Me sentí totalmente perdido en alguna colonia del merito Tequisquiapan. Tenía que guardar la reputación de mi carnal, si no todo habría sido más fácil. Y destapé otra cerveza nomás de puro nervio.

Rodé sin rumbo, pensaba salir de nuevo al OXXO donde había comprado las cervezas, para comenzar de nuevo con todo. En el camino me encontré una parejilla de morros que se andaban fajoneando a esas horas en la calle, traían el uniforme de la escuela donde trabajaba mi amigo.

Primeramente, les pregunté por el OXXO y me dieron señales. Me fui, pero no di con ni madres, así que regresé, los volví a encontrar y chingue sú, les pregunté lo mismo que a los de la cenaduría. El chavillo volteó a ver la bicicleta de reojo y sonrió. Seguramente ya descubrió que es la del Maestro y mañana irá de pinche chismoso, pensé.

Seguí todas sus recomendaciones y nunca pude dar con el paradero que me había citado. Ahora sí quería llorar, neta, me sentía estúpidamente frustrado, pero mejor abrí otra cerveza.

Estaba como idiota parado en una esquina y en eso pasó un muchacho un poco más grandecito. Ahora sí me valió madre y al chilazo le pregunté que si no sabía dónde vivía el tal Maestro de Etimologías (comenzaba a convertirse en una leyenda) y el recabrón no sabía de quién le estaba hablando. Del puro coraje me destapé otra XX Lager y me fui rodando sin rumbo. Estaba pendejamente perdido. Había pasado ya más de una hora y no sabía qué chingados hacer.

Fue hasta la sexta o séptima cerveza de ese cartón cuando se me prendió machín el foco. ¿Por qué no lo había pensado antes?, me dije. Le di en madriza por la calle hasta encontrar al morro que había visto antes. Lo topé y le pregunté por la secundaria “tal” de ahí de Tequisquiapan. Me dio la referencia y a lo lejos pude ver el gran jardín que hay afuera y la escuela misma.

Le pisé machín a la baika, me paré enfrente de la escuela y me dije: A ver cabroncete, de aquí si te acuerdas, si no, ya valiste pura madre, y rodé como pinche loca desquiciada por las calles empedradas, me importó madre mi dedo fracturado y así, hasta llegar furtivamente hasta la casa de mi amigo el “Mil” a.k.a. el Maestro de Etimologías, alias “La leyenda. “

Afuera de la casa ya me esperaba el Wence, desesperado por la falta de cerveza y mi amiga, preocupada por mi ausencia. Después todo fue risas con las cinco cervezas que me sobraron, hasta que recibí un mensaje de mi jefe en mi celular, pidiéndome que al día siguiente me presentara a la reunión de sección que se realizaba cada jueves a las 11 de la mañana.

Obviamente no dormí nada y me regresé a Morelia en el camión de las 5:30 de la mañana, en uno de esos que va puebleando y se hace más de cinco horas. En el camino dormí un poco para mantenerme estable y no verme tan jodido, pero definitivamente llegué tarde, con aliento a alcohol, mi pelo desaliñado y los ojos todos rojos.

Pensé entonces que ese sería el motivo perfecto para correrme de una vez por todas de aquel periódico, pero no, el jefe de edición solamente me castigó comprando un pastel. Sí, un pinche pastel que se comieron todos los de la sección, porque así eran sus reuniones; cada jueves, aquel que llegaba tarde a la reunión, tenía que comprarle un pastel al gusto del mero jefe. Mejor me hubiera perdido en Tequis, pensé, así me habría ahorrado los 200 pesos que gaste en el pinchi pastelatzo.

Comentarios
Manuel Noctis
Quería ser pintor, futbolista, rockstar, boxeador, trailero, militar, cirquero, pero un día me encontré con el periodismo y se me hizo vicio. Soy coordinador de contenidos de Erizomedia.org, director de la revista Clarimonda y colaborador de la revista Playboy México. Me gusta contar historias porque también me complace escucharlas.

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