(Relato) "Fin de año, Forrest Gump y un bar" por Andrés Acevedo

  • 11 Feb, 2021
  • Artes

Por un momento quise preguntarme qué hacíamos ahí, quise entender qué me había llevado hasta ese lugar. No tenía sentido que me lo preguntara. Quizá nuestras vidas habían sido miserables de modos distintos, pero siempre terminábamos compartiendo momentos inesperados como ese.

Por Andrés Acevedo

 

Heaven knows I´m miserable now...

The Smiths.

 

A veces las cosas pasan de manera tan sencilla que parecen algo más. Ella terminó de trabajar poco después de medio día, yo estaba justo a mitad de mis vacaciones. Recibí su mensaje a las 7 de la tarde, era el sticker de un gato amargado con un gorro de fiesta que decía Happy New Year. Siempre encuentra el sticker indicado. Además, me envió un link de YouTube con la canción del epígrafe de esta historia. ¡Ja!, hace un año me encontraba así, pensé al recordar esa época en que escuché The Smiths todos los días, anterior a ello ni siquiera me gustaban —tampoco me disgustaban, simplemente elegía no escucharlos—; imagino que lo que pasó por aquellos días me llevó a ponerle atención a su música.

¿Qué vas a hacer después de las 12?, me preguntó. Como es usual, respondí que no había planes, que si sentía ganas saldría a casa de Alberto, a la vuelta, a tomar un poco de calor de su fogata. ¿Vamos a un bar?, nunca he ido a un bar en año nuevo, propuso. Tampoco había ido a un bar, nunca había pasado un año nuevo fuera de casa. Acepté. Dejamos de comunicarnos alrededor de las 9 de la noche. Entonces me dediqué a reorganizar los discos —casi porque no había otra cosa interesante, pero también porque me percaté del polvo y el desacomodo cuando elegí uno de ellos—, hice sonar The Everly Brothers. Me senté en el suelo, delante del mueble,  a escuchar y a organizar.

Luego del acomodo musical tomé el celular, eran las 10:03 pm. Entonces recordé el trending de darle play a Forrest Gump a cierta hora para recibir año nuevo con el Teniente Dan. Googleé la hora exacta y entré a Netflix para dejar la película preparada y reproducirla a las 10:38:57 pm. Para esto, también abrí una página con un reloj que tuviera segundos porque no encontré cómo ver los segundos en mi celular.

Fui a la cocina. Me serví un poco de whisky —Seagram´s Seven Crown por tradición de uno de mis tíos—, elegí la otra silla del comedor, la que nunca utilizo, porque desde ahí podía ver la luz entrando por la ventana y entretenerme imaginando escenas. Vi —mentalmente— un par de botas caminando por la banqueta, eran color café bajo un pantalón gris, se encontrarían ante el tapete de una casa que les esperaba con afecto. Después visualicé un perro negro olfateando y jugando cada una de las tablas del cerco de mi casa, esto me resultó divertido, entonces lo imaginé jugando con otros perros sin consciencia del tiempo, es decir, sin fijarse en el aparente cambio de año.


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Fui a la sala. Encendí el proyector y conecté los cables a mi computadora. Revisé la hora y di play. Volví a la cocina por el Seagram´s Seven Crown y el vaso. Disfruté el humo del licor entrando en mi cuerpo y cada escena de Forrest Gump. Vino El Gato, lo escuché rascando la puerta. Le dejé entrar. Se fue directo a la cocina, como siempre; le serví un poco de comida. Pertenece a la casa de enfrente, al menos ahí pasa la mayor parte del tiempo. Empezó a venir cuando me mudé —ahora pienso que tal vez venía con la familia que habitaba antes esta casa. Quizá vino a darme la bienvenida o a escudriñarme, no lo sé, solo puedo asegurar que la comida que le ofrecí le hizo venir seguido. Su compañía es agradable, no nos hablamos, solo estamos ahí el uno para el otro. Un par de semanas después de su primera visita compré un pequeño costal con la comida que parece gustarle mucho.

Llegó la esperada escena. Forrest pensando en Jenny, ella en California buscando salir de un lugar decadente, y el Teniente Dan quizá deprimido, quizá absorto en profundas reflexiones, ante la barra de ese bar y con el cabello lleno de confeti. Me serví otro Seven Crowns y disfruté el calor bajando hasta mi estómago. Apagué el proyector y puse solo música en la computadora. Hice sonar una playlist con Cerati y Spinetta que inicia con “Té para tres”. Me dejé ir, arropándome en el sillón. Por un momento pensé que tenía que quedarme ahí, que no quería salir.

¿Te veo en el Passé de la Cuarta en 20?, recibí su mensaje. Respondí y pedí el taxi. Me calcé las botas y me vestí la chamarra. Tomé las llaves, aguardé a que El Gato saliera y cerré. Esperé el taxi en el porche. Camino al Passé pensé sobre la necesidad del taxista de trabajar, se me ocurrió que sería una necesidad grande como para dejar a su familia por el trabajo. Luego pensé en la ficción familiar que nos enseñan —para estas fechas— las películas. También pensé en las personas en situación de calle, en los migrantes, dejé de pensar en ello porque sabía a dónde llegaría si no me detenía ahí. Luego concluí que cada quien se encontraba donde había —de algún modo— elegido encontrarse, yo, por ejemplo; era posible verlo con cierta neutralidad.

Llegué al lugar e intuí que la encontraría en la barra o que a ella le sería fácil encontrarme ahí. Sonaba The Doors. Me senté y pedí una cerveza oscura. Di la vuelta y recargué la espalda sobre la barra para poder echar un ojo al panorama del bar. Todo era risas, bebidas y movimiento bajo una luz rojiza. Por el borde del ojo vi una silueta cercana a la puerta, aseguré que era ella, queriendo jugar a esas adivinaciones que tanto me gustan; volteé a revisar, no era, no se parecía en nada, ni siquiera tenía la misma estatura, era más bien, una mujer muy alta y estirada. Reí internamente, no le gustaría si le dijese con quién la confundí, además insistiría en que le señalara mi confusión y eso sería más divertido. Me acomodé de frente a la barra, de nuevo. Di un trago y sentí un golpecillo en la espalda.


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Me pregunté cuándo había iniciado esa costumbre, era siempre un golpecillo entre burlón, anunciador y cariñoso. Se me ocurrió que la primera vez podría haber sido en la prepa, mas no pude recordar ninguna ocasión. ¡Eh, weeee!, dijo con voz grave. Nos abrazamos y nos deseamos feliz año nuevo. Pidió una cerveza clara y un trago pequeño y azul del cual no recuerdo el nombre. Hablamos de nuestras cenas y horas anteriores.

Sobre la cuarta cerveza bailamos un poco al ritmo de “Super freak” de Rick James. Siguió “What Is Love” de Haddaway y nos movimos en pequeños saltos y cortes robóticos en cámara lenta. Quisimos tomar un descanso, pero sonó “I Will Survive” con Gloria Gaynor y hasta hicimos lip sync. Lo último que bailamos antes de volver a la barra fue lo mejor; nos movimos placenteramente como si no hubiera otro propósito en nuestras vidas, cantándole al año que terminaba: …and another one bites the dust.

Ya sobre la siguiente cerveza y con el efecto de esfera de nieve en nuestros cuerpos —ese donde, luego de agitar la esfera, la nieve vuelve a su lugar— estuvimos callados un momento, bebiendo.

—Eh, we… —hizo una pausa— ya no me siento miserable como antes.

—Hace mucho que proyectas otra vibra, me da gusto —le respondí.

Por un momento quise preguntarme qué hacíamos ahí, quise entender qué me había llevado hasta ese lugar. No tenía sentido que me lo preguntara. Quizá nuestras vidas habían sido miserables de modos distintos, pero siempre terminábamos compartiendo momentos inesperados como ese. Ninguno creía en los cambios de año, aunque tampoco los habíamos pasado juntos, fue la primera vez.

Tomamos un taxi y la acompañé a su departamento, regresaría en el mismo a mi casa. Al despedirnos nos dimos un abrazo, pequeño —sucede poco y cuando sucede es breve y agradable-. Nos agradecimos el momento en silencio, con la mirada, ella me dio un golpecillo en el hombro. A veces creo que me sabe leer con bastante precisión, que sabe cuándo necesito un golpecillo de esos que se sienten tan bien. Me fui. Pedí al conductor que me dejara poner una canción, me pasó el cable e hice sonar “Heaven Knows I´m Miserable Now”, precisamente porque no me sentía nada miserable y esa noche había sido tan sublime como ordinaria. No pediría una noche distinta.

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