Ni camuflada ni invisible

  • 17 Dec, 2020
  • Tocho Morocho

La cotidianeidad de la vida no nos permite, en muchas ocasiones, sentarse para apreciar lo que otros hacen y su rutina en cada momento. De eso va esta crónica, de todo lo que puede acontecer en un momento en el que alguien se sienta en la calle para escribir algo.

Por Ana Hernández Mesa

 

Las hojas débiles por la estación otoñal caen insolentes sobre mí como lluvia, mientras alguna señora con cara fruncida pasa cerca de mi punto estratégico. Tal vez no lo es tanto, no logro acoplarme al espacio.

Supongo que es un tanto extraño que dos chicas se sienten en las banquetas miadas del centro de Tijuana para escribir. No fue nuestra primera opción, tampoco las bancas, eso no es tan alternativo y cool. Quisimos sentarnos en un desborde de la pared donde está plasmado un mural, pero ese lugar ya es de alguien más.

“Con permiso, señoritas”, son las palabras educadas pero vestidas de autoridad que salen de la dentadura, tal vez falsa, de la señora. Al principio nos sorprende, creemos que es una especie de vagabunda que nos corre de su casa, pero ese carrito que manipula no está lleno de chatarra pepenada ni de sus pocas pertenencias.

Se trata de su negocio móvil, que al final sí está lleno de chatarra. Es comida que engorda: frituras, papitas, dulces. El anciano que estaba desde antes que nosotras, la ayuda a poner el puesto improvisado.

El terreno está muy desnivelado, pero se las arreglan frenando el carrito con unas rocas. Si alguien, por mero accidente y casualidad, claro, llegase a patear alguna, todo se iría calle abajo.

Tal vez tendría algo de suerte el sujeto que se encuentra a unos metros de ahí, pues aunque está saboreando su hamburguesa, sigue insistiéndoles a las personas que pasan cerca que no tiene para comer. Poco a poco ambos siguen acomodando las cosas para vender.

A los pocos segundos, observo cómo un señor maniobra una bicicleta azul y simultáneamente un niño de unos siete años la mira ambicioso. Se me ocurre que voltea a ver a su madre para ver si esta vez le ha leído la mente. Sin embargo, una vez más, confirma que su mamá ha ignorado su petición telepática.

El pequeño continúa de la mano de su madre, pasan por el puesto de comida chatarra, mira las bolsitas de frituras y luego a su mamá. Sí, de nuevo su petición sin palabras fue declinada.

Sucede mucho en un instante tan breve. Pasa algo aquí, pasa algo allá. Ojalá tuviera invisibilidad momentánea. Apenas tengo unos cuantos segundos para poder apreciar a sujetos rándoms sin quebrantar la naturalidad de sus acciones. Mis ojos tienen un peso que les obliga a comportarse de otra forma, de una que se dispara por lo incómodo que resulta que una chica los observe desde una banqueta miada.

(Galería) Denisse Guluarte: la fotografía de calle

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