La naturaleza, la vida urbana y el engaño

  • 10 Oct, 2020
  • Opinión

Somos privilegiados, pero no sabemos lo que el futuro nos depare. Todo parece una triste estafa, un vil engaño de la vida, de la humanidad y la naturaleza.

I Hoy estaba grifo en el taxi, tripeando. Miraba a través de la ventana contemplaba el barranco deslavado con piedras asomándose en su superficie. En su desemboque, estaba algo a lo que yo llamo un oasis de la región tijuanense. Es decir, zonas verdes, con árboles, arbustos y césped, con terreno árido a su alrededor.

Miraba a esas especies con nombre desconocido mecerse con el viento. Me sentía tan distantes a ellas. Yo, un ser humano consumido y determinado por las prácticas humanas. Ellas, pertenecientes a un orden inasequible, con diferentes interpretaciones por individuos y civilizaciones. ¿Podría yo alguna vez lograr a comprenderla?

Mi relación con ella, con la naturaleza, ha sido siempre un poco distanciada. La puedo apreciar, la puedo describir, sentir, pero no comprenderla. Divago entre dos visiones: la primera: ella funciona para nosotros, para que la explotemos y cuidemos sustentablemente y solo puede ser descrita a través de un método científico; la segunda: ella es nuestro origen, nuestra madre, una deidad que está sobre nosotros.

Desconozco el origen histórico y cultural de dichas visiones, y también ignoro si existen otras en el resto de las culturas. Me emocionó pensar que allá afuera existen muchas más formas de acercarse a la vida que compone a los animales, a las plantas, al viento que las mece y al agua y fuego que las mantienen.

Me gustó pensar en la Edad Media, donde ella era todavía más peligrosa e indómita que la actualidad, más misteriosa. Imaginen la carga de incertidumbre, de terror que tenían las tormentas, las catástrofes, y cómo esta connotación moldeaba incluso a las flores, a la paz que nos traen las llanuras y el sonido de las olas. Es decir, estos forman parte de aquel orden destructivo, son diferentes manifestaciones del caos y lo impredecible.

II Mi cotidianidad y pensamiento sujetos a la realidad humana urbanizada se enfrentan hacia dos realidades vastas e inmensas, la ya mencionada y la naturaleza. Mi mente se siente abrumada, la ansiedad altera el pensamiento que trata de hilar los dos caos que se alimentan, se relacionan y destruyen entre sí. Estas sensaciones tan crudas, fugaces y violentas acontecen dentro de mí en determinadas situaciones sociales.

Hace algunas semanas, asistí a una fiesta de personas de mi edad. Por esas fechas, el tema de los incendios acontecidos en Australia (principios del 2020) estaba apagándose poco a poco. A pesar de su impacto en los medios y redes sociales, comenzaba a parecer como otro suceso que eventualmente termina perdiendo su relevancia.

El cielo oscuro con algunas estrellas, era tranquilo y bello; la ciudad, pacificada, después de un día laboral largo, con la esperanza u seguridad de empezar otra vez; la fiesta, las personas que la habitaban y su atmósfera, a diferencia de la Tierra que cada vez sufre cambios más bruscos y extremos, permanecía inmutable, como algo que ha podido, podrá y seguirá aconteciendo sin interrupción alguna por los siglos de los siglos amén.

¿Cómo no sentirse abrumado ante esta paradoja?

III Si uno trata de encontrarle un orden o por lo menos relacionar consecuentemente los hechos que acontecen dentro de nuestro planeta, podría decirse que de manera burda que las cosas se sujetan a un principio de causa-efecto. Y es aquí donde me encuentro más confundido y sobreexpuesto.

Pensar en que los incendios del país oceánico expulsaron a la atmósfera la misma cantidad de CO2 que lo que China en un año, y luego estos gases se almacenan sobre nosotros, conteniendo el calor, calentando nuestro planeta, nuestros océanos elevándose y acidificándose, y lo que le sigue... Todo desembocando en ciudades inundadas, sequías extremas, personas desplazadas, pérdida de especies y alteración de los ecosistemas... Todo esto te hace pensar en caos, en sufrimiento, en la sensación de que un futuro sin esperanza está muy cerca.

Pero miras afuera de la ventana, y ves que todavía hay un cielo azul, oyes que el viento sopla, sientes su frescura, escuchas todavía a las aves. La naturaleza todavía es amable con nosotros. Pero aun así, sé que puede ser algo momentáneo. Por ahora, soy un privilegiado ambiental, y no sé lo que el futuro me depare. Todo parece una triste estafa, un vil engaño de la vida, de la humanidad y la naturaleza.

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