La protesta como una de las bellas artes

Erizo Media
Posted on septiembre 18, 2020, 11:53 am
20 mins

La obra de arte o la protesta, va más allá del “buen” o “mal gusto”, de la misma manera que rechaza toda idea de que existen “mejores maneras de manifestarse”, porque lo que está en discusión no es la existencia de la obra, ésta ya está dada, su existencia es el hecho fundacional de donde salen todas las demás premisas.

Por Israel García Corona

Esbozar la historia del arte y examinar sus principios desde el punto de vista crítico es ahora deber de los conocedores, jueces muy distintos a los que se sientan en las bancas de los tribunales de Su Majestad.

Thomas De Quincey

Por supuesto, el título de este escrito busca, lo mismo que el del visionario inglés comedor de opio, Thomas De Quincey, provocar una pregunta y reacción emotiva en el lector desde su inicio. Sin embargo, también es importante mencionar desde el principio, que no considero que sea importante, o de provecho, continuar dividiendo las producciones humanas por una supuesta “nobleza” de su afán. Hacerlo significaría perpetuar con ello una caduca idea de que existe una “alta cultura” o un perfeccionamiento de expresiones que solo sirven para deleitar el supuesto buen gusto de refinadas personas.

El doctor en antropología, Alejandro Grimson menciona que hay que entender que todos somos seres culturales, por tal motivo clasificar a la gente como “cultos” e “incultos” supone un acto racista y clasista, “como si el hecho de ser diferente implicara ser inferior” (Grimson, 2008).

Habiendo hecho estas aclaraciones, esta reflexión surge a partir de un fenómeno estético de primer orden: la toma de las instalaciones de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) en Ciudad de México, el 4 de septiembre de este 2020, por algunos familiares de víctimas de violencia de género, activistas y colectivos feministas.

El movimiento completamente inesperado (the Blitzkrieg Bop!) consiguió gran visibilidad debido a que las manifestantes lograron hacerse del edificio, rebautizándolo y refundándolo como un refugio para víctimas de violencia de género y personas desaparecidas, “Okupa, Casa de Refugio Ni Una Menos, México”.

Por supuesto que en esta era digital las imágenes han hecho mucho por el movimiento, el lente de fotógrafas como Andre Murcia (quien me parece mejor han captado la fuerza e importancia simbólica de este acto), sin duda catapultó el mensaje. La influencia de las imágenes hizo que en otros lugares de la república mexicana, durante la toma y okupa de instalaciones de las CNDH locales, las manifestantes reimprimieran las imágenes y consignas de las feministas en la Ciudad de México, teniendo una unidad visual sorprendente.

Una mujer utilizando la bandera de México como una brocha para pintar consignas en las paredes; mujeres encapuchadas sentadas en la oficina principal de la CNDH con un gran letrero a sus espaldas que dice “No perdonamos ni ¡olvidamos!” enmarcado en unas ramas de olivo y, por supuesto, los cuadros de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Benito Juárez y Francisco I. Madero intervenidas con pintas, son algunas de las fotos que más se han reproducido en medios y que sería un error no tenerlas como ilustraciones para los próximos libros de texto gratuitos de historia contemporánea ya que, estoy seguro, nadie permanece ajeno a su potencial estético.

La historia no es el estudio de un suceso estancado e inmóvil y es perjudicial su análisis con base en la creencia de que existen personas buenas y malas, liberales y conservadores; este análisis maniqueo arroja continuas contradicciones e imposibilita ver los hechos en la extensa complejidad de sus contextos. De ahí la importancia de las fotos referidas, porque no son la ilustración de un hecho, sino que continúan provocando al espectador y lo llevan a una reflexión íntima, un posicionamiento del ante el estremecimiento que generan.

Esto es lo que Jacques Rancière (2008) identificaría como la “emancipación” del espectador, donde “lo que es políticamente relevante no son las obras, sino la ampliación de las capacidades ofrecidas a todos y a todas de construir de otro modo su mundo sensible”, es decir, reconocer el potencial creativo del quien mira, como una acción activa (ya que el espectador compara, selecciona, interpreta lo que ve con sus propios referentes).

Mujeres feministas piden justicia por víctimas. – Foto: Andrea Murcia

Reconocer este hecho es más complejo de lo que parece, ya que cuestiona las relaciones de poder entre el enunciante y el escucha, haciendo posible pensar en una comunicación creativa al comprender que “las evidencias que estructuran de esta manera las relacionas del decir, del ver y del hacer pertenecen, ellas mismas a la estructura de la dominación y de la sujeción” (Rancière, 2008).

El destacar o reconocer a una manifestación como arte es algo sumamente útil y necesario, ya que al remarcar el fenómeno estético, evitamos zanjar las discusiones en cuestiones morales (como ya De Quincey proponía), para concentrarnos en su potencial como texto legible y capaz de afectarnos a distintos niveles. “El arte es un estado de encuentro” sentencia Nicolás Bourriaud (1998), por ello, la posibilidad de dejarnos afectar de manera estética por la manifestación política ayuda a presenciarla con otros ojos.

Dentro de un espacio museal formal (museos, galerías, ferias, bienales, etc.) la obra está ahí para intentar ser analizada o en todo caso dispuesta a ser confrontada, sin embargo, en las calles, sin ese privilegio o estos marcos referenciales y estéticos, es importante permitirnos ser afectados.

Ser y reconocernos vulnerables es importante porque nos supone humanos y capaces de entablar diálogo, una negociación entre las partes que genera “esquemas sociales alternativos”, lugares de encuentro donde la excepcionalidad de la obra crea escenarios distintos donde es posible pensar el mundo con nuevas lógicas para “constituir modos de existencia o modelos de acción dentro de lo real ya existente” (Bourriaud, 1998).

La obra de arte o la protesta, va más allá del “buen” o “mal gusto”, de la misma manera que rechaza toda idea de que existen “mejores maneras de manifestarse”, porque lo que está en discusión no es la existencia de la obra, ésta ya está dada, su existencia es el hecho fundacional de donde salen todas las demás premisas.

El problema del arte, lo repito apoyándome en Rancière (2008), no “concierne entonces a la validez moral o política del mensaje transmitido por el dispositivo representativo. Concierne a ese dispositivo mismo”, y esto muestra el potencial y eficacia del arte, porque no solo manda mensajes particulares de su creador para ser descifrados según códigos que comparten los “eruditos”, sino que “consiste antes que nada en disposiciones de los cuerpos, en recortes de espacios y de tiempos singulares que definen maneras de estar juntos o separados, frente a o en medio de, adentro, o afuera, próximos o distantes (Rancière, 2008).

Por lo tanto, desde esta perspectiva, es totalmente visible el enojo por parte de las autoridades y de las verdaderas personas conservadoras y grupos de derecha: lo que las mujeres han ganado con esta acción performática es mostrar la manera en que se han apropiado del símbolo y cómo han tomado el lugar activo de enunciador.

Las célebres construcciones de los “héroes patrios”, basadas en clichés y estereotipos que poco dejan ver a una persona, muestran el celo con que el estado ha buscado mantener una disciplina discursiva, donde la “grandeza” de las personas se basa en la ocultación de las necesidades del individuo por la grandilocuencia de discursos nacionalistas.

Lo preocupante para las autoridades en este momento no es lo frágil que resultaron los sistemas de seguridad y la posibilidad de que un edificio entero pueda haber sido tomado de manera tan veloz por un contingente, sino lo rápido que vio vulnerada su tribuna y se invirtieron los lugares de enunciación existiendo una nueva posibilidad de comunicación donde las víctimas de violencia enseñan al Estado la manera en que necesitan ser atendidas de manera eficiente y humana.

Protestas en la CNDH de la Ciudad de México. – Foto: Andrea Murcia

La seguridad pública, en su capacidad de brindar justicia y seguridad no es lo que está en juego en este momento, y que, como menciona Pablo Gaytán (2010), “esta no tiene que ver solo con la necesidad de protección estatal de la población, sino, sobre todo, con la necesidad capitalista por controlar los niveles de orden, productividad y cooperación social en la metrópoli”.

Con la protesta, la disposición de cuerpos y los lugares de enunciación se han visto invertidos y la ciudadanía que era considerada o deseada como receptora dócil de discursos y raquíticos proyectos de asistencia social, se ha transformado a un cuerpo activo, creativo y propositivo y, ¿qué no esa inversión de significados y translocación de discursos, ese cambio de sentido en el mundo, es lo que hace el arte y la poesía?

“Todo diálogo con el poder es violencia, sufrida o provocada. Cuando el poder economiza el uso de sus armas, es al lenguaje a quien confía la responsabilidad de mantener el orden opresor”, menciona Mustapha Khayati, miembro de la Internacional Situacionista en 1965. La “falta de respeto” a las imágenes que el estado nación ha utilizado por años para uniformar a una inmensa diversidad cultural ha sido mancillada y por eso la intervención a los símbolos ha sido tomada como algo personal, como si la persona, y no su representación, hubiera sufrido la mínima parte del dolor de las mujeres manifestantes.

Entender este hecho es fundamental, ya que la provocación es en sí una condición de la obra, porque el arte, sostiene Pierre Bourdieu (1990), “transforma radicalmente nuestra visión del mundo, es decir, nuestras categorías de percepción y valoración”. Por ello la obra ayuda a relacionar a las disidencias desde un hecho estético, brindando una distancia pasional e individual necesaria para posibilitar el diálogo. La obra administra los encuentros en un espacio significativo y trascendente, pero que puede ser igualmente lúdico y que, de nuevo es importante recalcarlo: nos brinda la posibilidad de ser vulnerables, humanos y obtener también consuelo.

What they want? I don’t know, they’re all revved up and ready to go! Cantaban los Ramones, en una apropiación de un término militar para reinventarlo como uno de los íconos del punk y esta pequeña estrofa continúa siendo una constante para los políticos, que siguen sin saber o sin querer informarse o sensibilizarse por las necesidades de las personas, esforzándose, por el contrario, en mantener caducas figuras de autoridad, roles discursivos estáticos y sin posibilidad de réplica ciudadana.

Por ello, apunta Rancière (2008), “la emancipación social ha sido al mismo tiempo una emancipación estética, una ruptura con las maneras de sentir, de ver y de decir que caracterizaban la identidad obrera en el orden jerárquico antiguo”.

El papel del arte, de la manifestación, la protesta y la okupación, están en la reinvención de los símbolos, ayudar a los cuerpos a tener nuevos lugares de enunciación y escucha, generar nuevas maneras de ver, actuar y vivir el mundo, redescubrir la individualidad y humanidad de las personas para crear consensos y lugares de encuentros. El papel del arte, está en crear espacios de observación y discusión, de entendimiento y comprensión, lugares seguros para la opinión y el intercambio de ideas, porque el dolor es mucho y porque la injusticia es demasiada, porque el dolor agrieta los huesos y la pena es tanta que no es posible hablar de ello sin quebrarse.

Como Sayak Valencia menciona, la intención no es deformar “el verdadero problema que se basa en la producción y reproducción de la violencia contra las mujeres [y contra los cuerpos en general] como fenómeno social de producción de la riqueza”, sino gestionar lugares de resistencia y acción, y el arte y la cultura son lugares de combate ante un sistema económico voraz, que “basa su poder en la violencia exacerbada” (Valencia, 2013) que despersonaliza al individuo y lo despoja de sus capacidades creativas.

Por eso es importante celebrar este tipo de acciones y obras, porque trastocan lo más profundo de nuestro sistema de enunciación, regresa los micrófonos a las personas que tienen cosas importantes que decir: las víctimas, las madres dolientes, los familiares en perpetua búsqueda de sus desaparecidos, las personas que han sufrido injusticias. Para ellas, todo mi reconocimiento y amor por su valentía y capacidad de gestar un mundo nuevo, un abrazo solidario.


REFERENCIAS

Bourdieu, Pierre (19990). The Intelectual Field: A World Apart. California: Standfors University Press.

Bourriaud, Nicolás (1998). Estética relacional. Traducción de Cecilia Beceyro y Sergio Delgado (2006). Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.

De Quincey, Thomas (2008). Del asesinato como una de las bellas artes. Prólogo y traducción de Hernández Arias, José Rafael. Madrid: Valdemar.

Gaytán Santiago, Pablo (2010). Vigilar y negociar. Imaginario sociomediático de la seguridad pública y campo vacío ciudadano [pdf]. El cotidiano (161), 13-22, disponible en: <http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=325/32513865003>  [consultado el 12 de septiembre de 2020]

Grimson, Alejandro (2008), Diversidad y cultura. Reificación y situacionalidad [pdf], disponible en: <http://www.scielo.org.co/pdf/tara/n8/n8a03.pdf > [consultado el 29 de abril de 2020]

Mustapha Khayati (1965). Las palabras cautivas (Prefacio para un diccionario situacionista). Publicado en Internationale Situationiste #10). Traducción extraída de Internacional Situacionista vol. II: La supresión de la política, Madrid, Literatura Gris, 2000.

Rancière, Jacques (2008). El espectador emancipado. Traducción de Ariel Dilon (2010). España: Ellago Ediciones.

Valencia, Sayak (2013). Transfeminismo(s) y capitalismo gore. En Transfeminismos. Espistemes, fricciones y flujos (2013). Nafarroa: Txalaparta.


*Todas las fotos fueron usadas sin fines de lucro y meramente con intenciones educativas y de difusión.

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