La insurrección que viene

Erizo Media
Posted on junio 05, 2020, 1:30 pm
22 mins

La insurrección que viene es un ensayo francés publicado en el año 2007 que hipotetiza el inminente colapso de la cultura capitalista, escrito por El Comité Invisible, un grupo anónimo de colaboradores conformado por los nueve de Tarnac. En días recientes, varias personas fueron detenidas en Francia por tener un ejemplar del libro en su casa y de forma inaudita se les aplicó la ley antiterrorista. La editorial española Pepitas de Calabaza recién reeditó este libro, del cual nos comparten tres fragmentos muy interesantes.

Por Comité Invisible

Traducción de Diego Luis Sanromán

Desde cualquier ángulo que se lo mire, el presente no tiene salida. No es la menor de sus virtudes. A aquellos que querrían mantener a cualquier precio la esperanza, les priva de sostén. Aquellos que pretenden ostentar soluciones son desmentidos al instante. Se oye decir que todo esto solo puede ir de mal en peor. «El futuro ya no tiene porvenir» es la sabiduría de una época que, bajo su apariencia de extrema normalidad, ha alcanzado el nivel de conciencia de los primeros punks.

La esfera de la representación política se clausura. De izquierda a derecha, la misma nada adopta poses de capo o aires de virgen, las mismas cabezas visibles intercambian sus discursos según los últimos hallazgos del servicio de comunicación. Los que todavía votan dan la impresión de no tener otra intención que reventar las urnas a base de votos de mera protesta. Empieza a adivinarse que, en realidad, es contra el voto mismo que se continúa votando. Nada de lo que se presenta está, ni de lejos, a la altura de la situación. En su mismo silencio, la población parece infinitamente más adulta que los peleles que riñen por gobernarla. El último chibani* de Belleville es más sensato en sus palabras que cualquiera de nuestros llamados dirigentes en todas sus declaraciones. La tapadera de la olla social se cierra a triple rosca mientras en el interior la presión no cesa de aumentar. Llegado desde Argentina, el espectro del «¡Que se vayan todos!» empieza a atormentar seriamente las cabezas de los dirigentes.

Las revueltas de noviembre de 2005 no dejan de proyectar su sombra sobre todas las conciencias. Estas primeras hogueras son el bautismo de una década plena de promesas. Al cuento mediático de las periferias contra-la-República no le falta eficacia, pero le falta a la verdad. Hasta en el centro de las ciudades prendieron las fogatas, que fueron sistemáticamente silenciadas. Calles enteras de Barcelona ardieron en solidaridad, sin que nadie salvo sus habitantes supiera nada. Y ni siquiera es cierto que el país haya dejado desde entonces de llamear. Entre los inculpados se encuentra todo tipo de perfiles, a los que no unifica apenas más que el odio a la sociedad existente, y no la pertenencia a una clase, raza o barrio. Lo inédito no reside en una «revuelta de las periferias», que ya en 1980 no era nueva, sino en la ruptura con sus formas establecidas. Los asaltantes ya no escuchan a nadie, ni a los hermanos mayores ni a la asociación local que debería gestionar la vuelta a la normalidad. Ningún SOS Racismo podrá hundir sus raíces cancerosas en este acontecimiento, al que solo la fatiga, la falsificación y la omertà mediáticas han podido fingir poner término. Toda esta serie de golpes nocturnos, de ataques anónimos, de sordas destrucciones, ha tenido el mérito de dilatar al máximo la brecha entre la política y lo político. Nadie puede negar honestamente la carga de evidencia de este asalto, que no formulaba ninguna reivindicación, ningún mensaje salvo el de la amenaza; que no tenía nada que ver con la política. Hay que estar ciego para no ver todo lo que hay de puramente político en esta decidida negación de la política; o no saber nada de los movimientos autónomos de la juventud desde hace treinta años. Como niños perdidos, hemos quemado las primeras baratijas de una sociedad que no merece más consideración que los monumentos de París al final de la Semana Sangrienta, y que lo sabe.

No habrá solución social a la situación actual. Primero, porque el vago conglomerado de entornos, instituciones y burbujas individuales al que por antífrasis se llama «sociedad» es inconsistente; y luego, porque ya no hay lenguaje para la experiencia común. Y no se comparten riquezas si no se comparte un lenguaje. Fue preciso medio siglo de lucha en torno a la Ilustración para darle forma a la posibilidad de la Revolución francesa, y un siglo de lucha en torno al trabajo para concebir el temible «Estado providencia». Las luchas crean el lenguaje en el que se enuncia el nuevo orden. Hoy no hay nada semejante. Europa es un continente pobretón que hace sus compras a escondidas en Lidl y viaja en low cost para poder seguir viajando. Ninguno de los problemas que se formulan en el lenguaje social admite en él una resolución. La «cuestión de las pensiones», la cuestión de la «precariedad», la de los «jóvenes» y su «violencia», solo pueden quedar en suspenso mientras se gestionan policialmente las acciones cada vez más impactantes que tales cuestiones encubren. Nunca se logrará vender el encanto de limpiarles el culo a precio de ganga a unos ancianos abandonados por los suyos y que no tienen nada que decir. Quienes han encontrado en las vías criminales menos humillación y más beneficios que en la limpieza de supermercados no entregarán sus armas, y la cárcel no les inculcará el amor a la sociedad. El furor de gozar de las hordas de jubilados no soportará sumisamente los sombríos recortes en sus rentas mensuales, y no puede más que exacerbarse ante el rechazo del trabajo de una amplia fracción de la juventud. Para terminar, ninguna renta garantizada aprobada al día siguiente de una cuasisublevación sentará las bases de un nuevo New Deal, de un nuevo pacto, de una nueva paz. El sentimiento social se ha evaporado ya demasiado para ello.

A modo de solución, la presión para que no pase nada, y con ella la parcelación policial del territorio, no van a dejar de acentuarse. El dron que, según confesión de la propia policía, sobrevoló el pasado 14 de julio el departamento de Seine-Saint-Denis dibuja el futuro en colores más francos que todas las brumas humanistas. Que se haya tomado la precaución de precisar que no estaba armado enuncia con bastante claridad la vía que hemos emprendido. El territorio será troceado en zonas cada vez más estancas. Las autovías situadas al borde de un «barrio conflictivo» forman un muro invisible capaz de separarlo por completo de las zonas residenciales. Piensen lo que piensen las nobles almas republicanas, la gestión de los barrios «por comunidad» es notoriamente la más operativa. Las porciones puramente metropolitanas del territorio, los principales centros urbanos, mantendrán en una deconstrucción cada vez más retorcida, más sofisticada, más estridente, su lujosa vida.

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* En árabe magrebí, «viejo» o «anciano». [Esta y el resto de notas son del traductor].

** Brigada anticriminal.

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Portada del libro editado por Pepitas de Calabaza.

Primer Círculo: «I AM WHAT I AM»

«I AM WHAT I AM». Es la última ofrenda del marketing al mundo, el último estadio de la evolución publicitaria, por delante, muy por delante de todas las exhortaciones a ser diferente, a ser uno mismo y a beber Pepsi. Décadas de conceptos para llegar a esto, a la pura tautología. YO = YO. Él corre sobre la cinta delante del espejo de su gimnasio. Ella vuelve del curro al volante de su Smart. ¿Se encontrarán?

«SOY LO QUE SOY». Mi cuerpo me pertenece. Yo soy yo, tú eres tú, y la cosa va mal. Personalización de masas. Individualización de todas las condiciones: de vida, de trabajo, de desgracia. Esquizofrenia difusa. Depresión rampante. Atomización en finas partículas paranoicas. Histerización del contacto. Cuanto más quiero ser yo, más tengo un sentimiento de vacío. Cuanto más me expreso, más me seco. Cuanto más me persigo, más me agoto. Yo me aferro, tú te aferras, nosotros nos aferramos a nuestro Yo como a una fastidiosa ventanilla. Nos hemos convertido en los representantes de nosotros mismos —ese extraño comercio—, en los garantes de una personalización que a la postre tiene todo el aspecto de una amputación. Nos aseguramos hasta la ruina con una torpeza más o menos disimulada.

Entretanto, yo gestiono. La búsqueda de mí mismo, mi blog, mi piso, las últimas idioteces de moda, las historias de pareja, los líos de faldas… ¡la de prótesis que hacen falta para mantener un Yo! De no haberse convertido en esa abstracción definitiva, «la sociedad» designaría el conjunto de muletas existenciales que me tienden para permitir que siga arrastrándome, el conjunto de dependencias que he contraído en pago de mi identidad. El minusválido es el modelo de la ciudadanía que viene. No deja de ser premonitorio que las asociaciones que lo explotan ahora reivindiquen para él la «renta de subsistencia».

La conminación generalizada a «ser alguien» sustenta el estado patológico que hace necesaria esta sociedad. La conminación a ser fuerte produce la debilidad a través de la cual se mantiene, hasta el punto de que todo parece adquirir un aspecto terapéutico, incluso trabajar, incluso amar. Todos los «¿Qué tal?» que se intercambian en una jornada hacen pensar en una sociedad de pacientes que se toman mutuamente la temperatura. La sociabilidad ahora está hecha de mil pequeños nichos, de mil pequeños refugios donde uno se mantiene caliente. Donde siempre se está mejor que en el intenso frío de afuera. Donde todo es falso, pues todo es un pretexto para calentarse. Donde nada puede acontecer porque uno está secretamente ocupado en tiritar junto a los demás. Pronto esta sociedad no se sostendrá más que por la tensión de todos los átomos sociales hacia una ilusoria curación. Es una central que extrae su energía de un gigantesco embalse de lágrimas siempre a punto de desbordarse.

«I AM WHAT I AM». Jamás dominación alguna había encontrado consigna menos sospechosa. El mantenimiento del Yo en un estado de semirruina permanente, en un semidesvanecimiento crónico, es el secreto mejor guardado del orden de cosas actual. El Yo débil, deprimido, autocrítico, virtual, es por esencia ese sujeto indefinidamente adaptable que requiere una producción basada en la innovación, la obsolescencia acelerada de las tecnologías, la alteración constante de las normas sociales, la flexibilidad generalizada. Es a la vez el consumidor más voraz y, paradójicamente, el Yo más productivo, aquel que se lanzará con la mayor energía y avidez sobre el menor proyecto para regresar más tarde a su estado larvario original.

¿Qué es «LO QUE SOY», pues? Algo atravesado desde la infancia por flujos de leche, olores, historias, sonidos, afectos, cancioncillas, sustancias, gestos, ideas, impresiones, miradas, cantos y comida. ¿Lo que soy? Algo ligado por doquier a lugares, sufrimientos, ancestros, amigos, amores, acontecimientos, lenguas, recuerdos, a toda suerte de cosas que, a todas luces, no son yo. Todo lo que me ata al mundo, todos los vínculos que me constituyen, todas las fuerzas que me pueblan no tejen esa identidad que me incitan a enarbolar, sino una existencia singular, común, viva, y de la cual emerge en algunos lugares, en algunos momentos, ese ser que dice «yo». Nuestro sentimiento de inconsistencia no es sino el efecto de esta estúpida creencia en la permanencia del Yo, y del escaso cuidado que ponemos en aquello que nos produce.

Da vértigo ver un rascacielos de Shanghái coronado por el «I AM WHAT I AM» de Reebok. Occidente lanza por todas partes, como su caballo de Troya favorito, esa cargante antinomia entre el Yo y el mundo, entre el individuo y el grupo, entre apego y libertad. La libertad no es el gesto de deshacerse de nuestros apegos, sino la capacidad práctica de operar sobre ellos, de moverse en ellos, de establecerlos o zanjarlos.

***

PUESTA A PUNTO, Enero de 2009

Todo el mundo coincide. Esto va a petar. Se acepta con aire grave o con orgullo en los pasillos del Parlamento, igual que nos lo repetíamos ayer en el bar. Nos regodeamos en la estimación de riesgos. Se detallan ya minuciosamente las operaciones preventivas de parcelación del territorio. Las fiestas de Año Nuevo toman un nuevo y decisivo cariz. «¡Es el último año que habrá ostras!». Para que los festejos no se vean totalmente eclipsados por la tradición del desorden, son necesarios los tres mil seiscientos polis y los dieciséis helicópteros desplegados por la ministra Alliot-Marie, la misma que, durante las manifestaciones estudiantiles de diciembre, se mantenía temblorosa al acecho del menor signo de contaminación griega. Bajo los discursos tranquilizadores, cada vez se oye con mayor claridad el ruido de los preparativos de una guerra abierta. Nadie puede ignorar ya su descarada puesta en marcha, fría y pragmática, que ni siquiera se molesta en presentarse como una operación de pacificación.

Los periódicos ofrecen la lista pormenorizada de las causas de esta repentina inquietud. Está la crisis, por supuesto, con sus niveles explosivos de paro, su porción de desesperanza y de planes sociales, y sus escándalos Kerviel y Madoff. Está la quiebra del sistema escolar, que ya no logra producir trabajadores ni calibrar al ciudadano; ni siquiera utilizando como material a los hijos de la clase media. Está el malestar, dicen, de una juventud huérfana de toda representación política y que solo sirve para arrollar con el coche las bicis gratuitas que se ponen a su disposición.

Sin embargo, todos estos motivos de inquietud no deberían parecer insuperables en una época en la que el modo predominante de gobierno consiste justamente en la gestión de situaciones de crisis. A no ser que se considere que lo que el poder afronta no es ni una crisis más ni una sucesión de problemas crónicos o de desarreglos más o menos esperados, sino un peligro singular: que se manifiesten una forma de conflictos y unas posiciones que precisamente no sean gestionables.

*

Quienes por todos lados son ese peligro tienen cuestiones menos ociosas que plantearse que las de las causas y las probabilidades de unos movimientos y unos enfrentamientos que tendrán lugar de todos modos. Y entre ellas la siguiente: ¿qué resonancias tiene el caos griego en la situación francesa? Una sublevación aquí no puede pensarse como la simple transposición de lo que se ha producido allá. La guerra civil mundial todavía tiene sus peculiaridades locales y una situación de revuelta generalizada provocaría en Francia una deflagración de otro tenor.

Los amotinados griegos han hecho frente a un Estado débil, que no obstante disponía de una fuerte popularidad.

No hay que olvidar que la democracia se reconstituyó, hace justo treinta años, contra el régimen de los coroneles a partir de una práctica de la violencia política. A la mayoría de los griegos esa violencia, cuyo recuerdo no está tan lejano, todavía le parece una evidencia. Hasta los capos del partido socialista local probaron el cóctel molotov en su juventud. La política clásica conoce, a su vez, variantes que saben acomodarse muy bien a tales prácticas y propagar sus sandeces ideológicas incluso en la revuelta.


*Agradecemos a la editorial Pepitas de Calabaza por habernos facilitado la publicación de estos fragmentos del libro. Para obtener un ejemplar de este libro, pónganse en contacto AQUÍ.

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