La imposibilidad de dibujar un paisaje

Erizo Media
Posted on agosto 31, 2020, 3:25 pm
5 mins

Todo arte es una representación de la realidad, pequeñas partes que se unen a través de una coherencia que puede ser cadenciosa o anárquica.

Por Jeanne Karen

 

Una mañana, casi por accidente, me encuentro con un texto de Oscar Wilde, escribe sobre el arte y la naturaleza; para mi fortuna leo la siguiente frase: “Cuando miro un paisaje me es inevitable ver todos sus defectos”.

Automáticamente me lleva a recordar que, en mis incipientes clases de artes plásticas, he tropezado de forma dramática con el bello pero peligroso ejercicio de dibujar un paisaje. Entonces pienso que si acaso las ideas de Wilde sean ciertas y de verdad al proponerme dibujar un horizonte, seguido de un grupo de pequeñas colinas coronadas con pinos que parecen vivir una extensión del otoño y que por más frío que haga, no dejarán caer todo lo reseco de sus ramas y casi sin esfuerzos cubren la visión en segundo plano de un par de cabañas de techos rojos y paredes grises que preceden al final de la vista, donde lo que resta es una reja de madera oscura y un acercamiento caótico a un pasto tan verde que parece no solamente el ser vivo que es, sino más bien un ser primitivo, uno solo como un gran monstruo de largas y afiladas hojas, insectos, ramitas, que intenta atacarme.

Por lo tanto, alejo la vista, vuelvo a los campos de mi propio pensamiento, donde hay algo que no me permite obligar a mi mano izquierda a trazar una delgada línea para dividir la hoja de mi tarea; la palma está sudorosa como si estuviera lista, pero los dedos están rígidos, son cinco soldados en una línea de fuego y el lápiz un único y mortal fusil que debe ser sostenido, usado. Sin embargo, resbala, cae con un gran estruendo sobre la libreta, un ruido insoportable para mis oídos.

Una parte de mí quiere sacar apuntes, anotar con lujo de detalle como si intentara dibujar el paisaje. Tal vez si comenzara con algo distinto, el mar abierto y una línea costera lejanísima, quizás un grupo de lanchas y en un primer plano unos bañistas que dejan sus toallas en el reducido espacio de arena. Sin embargo, lo sé, voy a dibujar como lo hago comúnmente, con una palabra seguida de otra hasta formar la frase, certera una imagen que deberá entrar triunfal y alguna comparación para dar énfasis.

Dibujo una línea arriba con mis palabras y así otra y otra hasta llegar al final de la hoja sin detenerme a contemplar el espacio en blanco. Poco a poco aparecen infinidad de sitios, calles de una ciudad, huertos, parques, montañas, lagos; todo toma una forma única, solamente hay que decodificar los signos como las hermosas piezas de una inmensa colcha que fue tejida y cosida.

Todo arte es una representación de la realidad, pequeñas partes que se unen a través de una coherencia que puede ser cadenciosa o anárquica. Mis palabras se tejen, se cruzan, se pegan, se aglutinan, se reproducen hasta formar, si tenemos suerte, un objeto nuevo.

Cuando vuelvo a la lectura de Wilde, pienso en esa imperfección de la naturaleza, en los signos y símbolos que todavía no conocemos, en la conexión única que debe tener y por eso ante nuestros ojos resulta imposible decodificar. Hay una rebelde imperfección, un destello no apto para nuestras miradas; números de Fibonacci, una moneda arrojada al vacío, el destino, la suerte, la poesía.

Vuelvo al dibujo, a las ganas de encontrar el verde imposible que se extiende más allá de la melancolía y de mi entendimiento. Oscar, es verdad, si pudieras ver mis paisajes saltarían a tu vista todos sus defectos pero también la extraña exactitud con que comienza una obra nueva, tal vez el primer paso en la vida sea como una primera línea, enhebrar la aguja, dibujar el horizonte o escribir la idea.

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