“La calle me dijo ven”; senderos de un músico experimental de Tijuana

Iván Gutiérrez
Posted on agosto 03, 2020, 6:07 pm
32 mins

Gabriel de la Mora, joven originario de Tijuana, cuenta en esta crónica su paso por el skate profesional y como una lesión de ligamentos lo alejó de este deporte, pero lo acercó más a la música y a liderear ahora la banda Perra Galga, con la que disfruta la libertad de ideas y creatividad.

Verano 2018, Sushi Bar de Down Town San Diego. Con la elegancia que brinda todo trabajo forzado, el joven de 33 años toma uno de los costales negros postrados en el suelo, lo hecha sobre sus hombros y lo lleva hacia la parte trasera del restaurante.
El diseño al interior de este punto culinario refleja una imagen sobria y elegante. Al fondo una canción de reggae llama a la buena vibra, en un ritmo acompañado por el acomodo y limpieza de los empleados del lugar. Es aquí donde el músico tijuanense Gabriel de la Mora trabaja desde 2014, motivado principalmente por el dinero y la flexibilidad laboral que le brinda este empleo.

De voz calmada y serena, ojeras amplias, pelo rizado y tez grisácea, el joven comparte que, contrario a la praxis de su trabajo, esta labor no le resulta una carga: “Uno tiene que comer y mantenerse; es un trabajo que no me esclaviza”.

Detrás de la barra, la productividad crea su propia pieza musical. Se escucha el caer de la hoja metálica sobre el pescado, el afilar de los cuchillos, el acomodo de los ingredientes, el lavado de los cubiertos, el choque de vasos de cristal. Cada acción raspa, vibra, truena, tintinea y grita con un sonido particular que embona con la melodía que compone la orquesta de esta apertura.

Con bote de agua y trapo mojado, Gabriel se acopla a la orquesta laboral, removiendo polvo y manchas de las mesas con las mismas manos que en otras noches le dan vida a la banda de rock experimental tijuanense, Perra Galga.

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Verano 2018 en la frontera de Tijuana, Baja California. Un camino en zigzag distingue el nuevo cruce peatonal hacia Estados Unidos. Por él transitan maletas, niños, drogas y rockeros. Unos van, otros vuelven. Si uno voltea hacia la izquierda puede ver de frente con la cruda realidad tercermundista: un delgado río donde se bañan los deportados.

Las barras de metal, la vigilancia paranoica, la neurosis de los guardias fronterizos. Next, pase, ¿qué trae en la mochila? Adelante. En eso se sintetiza el cruce que separa los miles de sueños de las miles de pesadillas.

Con amplio escándalo llega el tranvía a las afueras de “la línea”. El ruido que hace la máquina al detenerse y arrancar de nuevo en cada estación le da ese toque industrial al traslado de Gabriel a su trabajo.

Para miles de tijuanenses, cruzar y moverse por “el otro lado” para trabajar o estudiar en San Diego es algo de toda la vida. Gabriel no es la excepción, pues desde que era pequeño su madre tramitó su ciudadanía norteamericana, permitiéndole acceder a la dinámica migratoria de la frontera más transitada del mundo. El joven hizo en Estados Unidos la secundaria y año y medio de preparatoria; al cumplir la mayoría de edad, consiguió trabajos de cajero, lavaplatos y mesero en San Diego.

En los lentes oscuros de Gabriel se ve el pasillo del metro, así como los edificios y nubes que componen el paisaje urbano de San Diego. La escena refleja un aire depresivo y misterioso —como separado de sí— que siempre acompaña al joven músico: “Me considero una persona alegre, me siento bien casi siempre… cuando pienso en estar aquí, participando en este mundo”, dice el migrante que rara vez sonríe.

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Verano de 1994, en una colonia cerca del centro de Tijuana. Al escuchar el ruido de una tabla sobre el asfalto, el pequeño Gabriel de la Mora se asoma al patio trasero de su casa, en donde Silverio, su hermano mayor, intenta hacer un ollie en una patineta que lleva dos retratos de Michael Jackson, uno de infante y otro de adulto: Before & After. Guiado por la curiosidad, Gabriel le pide a Silverio la patineta. Como puede se sube en ella y da un impulso con el pie, iniciando así un camino que marcará los siguientes años de su vida.

Las tablas que usaba Gabriel para el skate. – Foto: Ivan Gutiérrez

No pasará mucho tiempo antes de que Gabriel tome un scooter de madera que tiene en casa, le quite el tubo con un serrucho y empiece a dominar un arte que eventualmente lo llevará a recorrer cientos de calles en metrópolis norteamericanas y mexicanas.

Cuando patinas estás en la calle todo el tiempo: es tu cancha. Miras escenas con policías persiguiendo delincuentes, robos, casos de violencia, asaltos. Ves la vida de una forma supercruda, y se te queda ahí, en la cabeza. Con la patineta, la calle me dijo ven, y yo me entregué a ella”, comparte Gabriel al recordar sus inicios como Street skateboarder en las calles de Tijuana.

Con la curiosidad que despierta patinar sobre construcciones urbanas en desarrollo, canales de drenaje y demás espacios de la ciudad, el joven tijuanense no tardó en verse fascinado por la cultura callejera. Rápidamente comenzó a mirar en las calles un hogar, y en la patineta una pasión que abrazó de forma obsesiva.

La patineta es como la música. Si logras encontrar tu ritmo, tu voz, tu estilo, algo genuinamente tuyo, lo haces de una forma apasionada. No se trata de la combinación más loca o del ritmo más acelerado, ya que eso puede significar todo o nada según la persona y lo que busca. Hay demasiados algoritmos, y eso es lo bello de esto. Para mí, lo ideal era patinar con mucha frecuencia”.

La dedicación de Gabriel era tanta que pronto desarrolló una práctica intensiva, guiada por la libertad y el trance que sentía cuando su tabla pasaba a formar una extensión de su cuerpo. Con la disciplina de patinar toda la semana y una voluntad por mejorar cada día, no pasó mucho tiempo antes de que tantas horas en las calles le abrieran nuevos horizontes.

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Verano de 2002, en el Centennial Skate Park, California. Un grupo de patinadores profesionales originarios de Brasil observan a la distancia cómo un joven se mueve con soltura por los diferentes obstáculos del parque de patinaje: brinca sobre un riel con movimiento, se desliza unos segundos por el tubo de metal y después salta poniendo por delante la parte trasera de la patineta, para luego volar en su tabla con un giro de 360 grados y aterrizar en ella como si esas acrobacias fuesen lo más fácil del mundo.

Por aquella época, Gabriel de la Mora vivía en Los Ángeles, California, luego de salirse de casa por problemas derivados de su afición a la calle y la patineta. “Me la pasaba rodando, sin bañarme, sin cuidarme, lo único que hacía era fumar, andar de loco, de vago patinando”.

El estilo del adolescente mexicano, de una soltura y fluidez admirables, cautivó a los patinadores brasileños, quienes poco tiempo después consiguieron un demo del joven prodigio. Entre estos profesionales de la tabla estaban Rodrigo Teixeira, Rodrigo Peterson y Danilo Cerezini, figuras icónicas arropadas por diferentes marcas prestigiosas de la escena skater de aquella época.

Ese verano, el demo de Gabriel llegó a los ojos de Verne Laird, team manager de la empresa de patinetas Listen Skateboards. El salto del tijuanense fue inmediato: le pidieron nuevos demos que empezaron a circular por muchas otras marcas, hasta conseguir patrocinio de grandes empresas de ropa y skate que lo llevaron a viajar por Seattle, Washington, Nueva York, Acapulco, Puerto Vallarta y Ciudad de México. Del 2002 al 2010, Gabriel viajó por México y Estados Unidos haciendo lo que más le gustaba: patinar.

“Lo bello de la patineta es lo mismo que la música: es un arte, es libertad. Pero en este sistema son pocos los que pueden vivir con libertad, porque las presiones sociales y económicas te van orillando a un futuro que tarde o temprano te despoja de tu tiempo y de tu vida para poder comer. Si eres sensato tomas decisiones sensatas, y pues en su momento tienes que abandonar cosas que no te darán de comer…”, comenta el joven, al recordar el año en que dejó de patinar tras 17 años de recorrer incontables kilómetros sobre su tabla.

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Verano de 2018, en el Parque 18 de marzo, Zona Centro de Tijuana. Con algunos árboles frondosos, gritos de la emoción infantil y juegos para dejar volar la imaginación, los efectos doppler tejidos en este espacio público, reflejan una textura serena que contrasta con el ritmo violento y acelerado de la ciudad.

Con gafas oscuras, suéter blanco holgado, pantalón negro y Adidas del mismo color, Gabriel de la Mora observa la acera donde vivió gran parte de su vida como skater. Se mira a sí mismo en 1998, con 13 años, entrando al parque con su tabla bajo el brazo izquierdo mientras escucha el BBC Sessions de David Bowie. Se quita los audífonos, voltea a su alrededor y una sonrisa aflora en su rostro: tiene el parque para él solo.

Gabriel de la Mora observa la acera donde vivió gran parte de su vida como skater. – Foto: Ivan Gutiérrez

Era 2010 y Gabriel tenía 26 años. Un truco salió mal y el ligamento de su rodilla izquierda sufrió las consecuencias, obligándolo a permanecer en reposo cinco meses, plazo que se extendió a un año sin poder patinar. El accidente puso al joven a reflexionar sobre las posibilidades de su futuro: había entendido que lastimarse en el mundo del skateboarding podía representar el fin de su carrera.

Tras volver a caminar, Gabriel consiguió un trabajo de lavaplatos en un restaurante importante de San Diego, y vio dividido su tiempo entre tocar, patinar y trabajar. “Tenía 26 años y ya estaba en mi primera banda; entonces tuve que tomar una decisión”.

La desconexión del skate profesional fue absoluta: “A veces extraño esa sensación… Antes soñaba que patinaba, que hacía trucos en el parque 18 de marzo o en un parque del DF. Pero ya no es lo mismo, algo sucedió cuando dejé de patinar… que ya no es lo mismo”.

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Ocho de la noche del sábado 18 de agosto de 2018, al interior del departamento 35 de una colonia en el centro de Tijuana. Un espejo de dos por tres metros refracta la realidad. Frente a uno de los sillones el equipo de música reproduce a Clan of Xymox, agrupación neerlandesa de darkwave, muy hábil para crear capas musicales oscuras y esquizofrénicas.

Sentado en uno de los sillones del lugar, Gabriel de la Mora pierde el tiempo mientras bebe una cerveza artesanal a la espera de que dé la hora para salir a los bares de Tijuana. Entre la luz tenue se observa un tatuaje del escudo nacional mexicano sobre el corazón del joven, entintado a los 20 años de forma impulsiva en un trueque con un tatuador de Aguascalientes.

Del rostro de Gabriel emana una esencia que remite a Ian Curtis o Robert Smith, músicos que enfrentan la desolación, el vacío y la existencia con el arte. Pero hay contrastes. Por ejemplo, contrario al estereotipo que uno podría tener del rockero convencional, el hogar de Gabriel es sumamente limpio y ordenado.

La guitarra de Gabriel. – Foto: Ivan Gutiérrez

Si bien al momento de su accidente con la patineta Gabriel llevaba años tocando la guitarra de nuevo, en esta temporada fue cuando se “engranó” más con la música para evitar deprimirse ante la imposibilidad de patinar. Lo que ya no podía hacer con los pies, comenzó a hacerlo con las manos:

“Como con la tabla, practicaba religiosamente, viendo videos, estudiando, haciendo ejercicios, tocando todo el día. Fue como una terapia. La tabla y la música comparten rítmica y armonía, en ambas se puede tener un sentido de romper las reglas, y con ambas me siento libre: siento que me extiendo más allá de mí mismo”.

La primera vez que Gabriel tomó una guitarra fue en la casa de sus padres a los 6 años de edad. Su papá tenía una guitarra acústica, misma que su hermano mayor, Silverio, usaba para tocar rock n roll. Su padre —un aficionado a la música y coleccionista de vinilos al igual que su esposa— también gustaba de tocar la guitarra, sobre todo en las fiestas familiares, donde ya entrado en copas tocaba boleros mexicanos, así como canciones de los Beatles, rock en español de los 50 y 60, clásicas mexicanas y dos-tres hits en inglés.

Un momento que Gabriel alberga en su memoria, recrea la escena de cuando “palomeaba” con su padre. Mientras su progenitor rascaba la guitarra, él la hacía de percusionista golpeando botes de café y ollas de cocina con plumas y lápices. Más adelante, y ya con más práctica en la guitarra, ambos tocaban canciones juntos: “Él tocaba sus rolas y yo me aventaba mis requintos. Creo que, por ahí ha de estar orgulloso de que estoy haciendo música”, comparte el músico, quien lleva un par de años sin hablar con su padre ni su hermano Silverio.

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Diez de la noche del sábado 18 de agosto 2018, Sucios Shop (ahora Manos Sucias), Zona Centro de Tijuana. Por todas partes se observan latas de pintura, stencils, camisetas, patinetas y muestras de arte urbano; en el aire, Rage Against the Machine, el humo y la fraternidad.

En este taller de serigrafía se reúnen varios patinadores de la ciudad y fue en su segundo piso donde brotó el proyecto musical actual de Gabriel de la Mora: Perra Galga. Si bien, el joven músico nunca se ha identificado como “punk”, vivir gran parte de su juventud en las calles de Tijuana, entre la decadencia, la violencia y la crudeza de la ciudad, lo hizo educarse bajo la actitud que se asocia con esta subcultura.

Sucio Shop. – Foto: Ivan Gutiérrez

Esta herencia se refleja hoy en su forma de ver la vida, de entender a la sociedad y de crear: “Para mí el punk es cuestionar todo, es decir no, preguntarse si las cosas tienen que ser así, negarse a estar ocho horas, seis días a la semana, odiando mi jale y mi vida. No lo veo como rebeldía o anarquismo, lo entiendo más como una filosofía propia, que no necesariamente implica destruir cosas materiales, sino que se puede expresar de otra forma, rompiendo las normas sociales, laborales o musicales”.

La siguiente parada en el paseo nocturno de Gabriel es el Mous Tache, reconocido bar contracultural que ha visto nacer a decenas de bandas locales independientes, entre ellas Perra Galga; esta noche toca una banda de punk rock sobre el escenario. “Tijuana es nuestra música”, comenta Gabriel. “Vivir en Tijuana es aceptar que uno viene de una familia disfuncional, entendiendo a esta sociedad como una gran familia. Aquí todos los días habrá un cotorreo chido, y aquí toda familia tiene un drogadicto. La música puede reflejar eso, ayudar a canalizar tanta descomposición y violencia”.

La primera banda donde tocó Gabriel fue Valle Viejo, grupo de rock progresivo-agresivo con distorsiones de post-punk ochentero. Cuatro años después incursionó en Sulilk, un proyecto de funk-pop donde pudo experimentar con sonidos de Shoegaze y pedales que le permitieron crear sonidos más ambientales: capas y capas de música.

La tercera banda del joven fue Perra Galga, formada en el verano de 2015 con Jorge Osuna, a quien ya conocía desde años atrás por el mundo del skate. El 8 de agosto de 2015 tuvieron su primera tocada en el Bar Zacazonapan en la zona norte de Tijuana, bautizando el proyecto como Perra Galga, en referencia a un poema de Amado Nervo.

«¿Qué pasó con Perra? Que me enamoré, porque dije “aquí puedo aplicar todo lo que he aprendido de los dos polos opuestos: lo cochino, lo punk, lo ruidoso, y lo calmado, lo etérico, lo shoegaze”. Me di cuenta de que esto es lo que soy, esto es lo que quiero ser. Entendí que tu personalidad siempre va a darle el camino al carácter y esencia de tu jale. Toda la vida me había dejado ir por el instinto y el impulso, sin pensar, y ahí fue cuando me di cuenta de por qué escucho lo que escucho, por qué pienso como pienso. En Perra tengo la libertad para expresar lo que soy. Para mí lo mejor de todo esto es tocar en vivo: es una droga».

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Verano 2016 en el Bar Zacazonapan, zona norte de Tijuana. El lugar, tan oscuro y subterráneo como la música que esta noche impacta sus paredes llenas de íconos musicales, alberga un juego de luces led y destellos psicodélicos que iluminan los rostros de la banda Perra Galga.

Agachado sobre su tablero de pedales, Gabriel de la Mora mueve los diferentes botones en sus máquinas de ruido para encontrar el punto destructivo exacto con el que iniciar el riff de “Siempre No”, canción que habla de cuando “te tuerce” la policía al comprar marihuana en la zona centro de Tijuana.

Contrario al carácter violento, agresivo y caótico que expresa la música de Perra Galga, Gabriel es una persona serena, amistosa y tranquila, “un joven determinado y responsable”, o al menos así lo consideran Jorge Osuna y Alejandro Carrazco, baterista y bajista de Perra Galga:

“Su manera de trabajar es muy engranada y disciplinada. No descansa: las 24 horas está sobre el proyecto. Y por lo mismo exige cierto ritmo de trabajo, que se respeten los días y horas de ensayo. Le gusta que la raza se ponga las pilas. Claro, también le gusta el desmadre”, comenta Jorge Osuna.

Cinco guitarristas y cinco bajistas tuvieron que pasar por Perra Galga para encontrar la combinación perfecta buscada por Gabriel de la Mora y Jorge Osuna. En la actualidad, la banda ha alcanzado lo que Gabriel llama un “coctel de emociones”, tras la incorporación de Dalia Ezquivel (teclado) y los hermanos Aaron (guitarra) y Alejandro Carrazco (bajo).

“Yo externo la parte violenta, pero se acopla, rebota y se expande con los demás. No existen miedos ni egos, está súper chingón. Con estos chicos es la primera vez que siento este flujo… hacemos química, y la esencia de cada uno es vital”, explica Gabriel.

Con un sonido que busca romper las barreras musicales a través de la experimentación heredada de bandas como Radiohead y John Maus, la banda fronteriza sonoriza las crisis existenciales, el autosabotaje, la depresión y las experiencias callejeras de la vida cotidiana en Tijuana. En su historial se incluye la grabación de un EP, múltiples demos, colaboraciones y algunos videos, así como decenas de presentaciones en Baja California, Ciudad de México, Guadalajara, Pachuca, Aguascalientes y Estados Unidos.

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Doce de la noche del sábado 18 de agosto 2018, Cine Tonalá, zona centro de Tijuana. Con sus características ojeras, derivadas de su alergia y no tanto por una vida de vicios y desvelos, Gabriel limpia minuciosamente la barra donde se recarga, como suele hacer con cualquier superficie donde come. “Si me estoy matando, lo voy a disfrutar”, comenta al recibir una cerveza IPA de la mesera.

Tras reflexionar sobre su destino, Gabriel de la Mora comparte de sí, como hace cuando está sobre el escenario: “Soy muy exigente, pero conmigo mismo. Siempre quiero más, nunca es suficiente… Creo que mi mayor miedo es no alcanzar la satisfacción, no cumplir con mis propias expectativas. Aunque tampoco sé si alcanzar la cima es lo que quiero, porque he estado a punto de tenerlo todo y me he tropezado solo: me auto saboteo, caigo y ruedo abajo. No conozco otra forma de hacer las cosas más que excesivamente, y eventualmente eso es malo, no me mido y entrego todo, toda mi pasión y persona. Quizá lo punk se vincula con mi tendencia al autosabotaje, que es la única forma que conozco: ser autodestructivo mientras le echo ganas a mis sueños. No sé… en un año espero seguir vivo, viajando, conociendo el mundo. Si estoy vivo ya es un triunfo; ojalá que sea con la música”.

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Once de la noche del domingo 22 de julio de 2018, terraza de la Plaza Pueblo Antiguo, Ensenada. Sobre el escenario Perra Galga interpreta “Se tenía que dar”, mientras abajo latas de espuma bañan a los jóvenes que hoy han asistido al Random Music Fest, un festival ideal para escuchar nuevas propuestas de la escena musical regional.

Gabriel de la Mora con Perra Galga en Ensenada. – Foto: Humberto Rosales

Hay una pausa de ecos siniestros y la canción avanza al clímax, mientras Gabriel de la Mora desliza sus dedos sobre una Fender stratocaster negra. Dando pasos ágiles se mueve por el escenario, acercándose al micrófono para pronunciar frases que se amplifican en capas sónicas que culminan en un violento grito; cierra los ojos mientras escurre el sudor por su rostro.

Antes de subir al escenario, Gabriel ha sentido cómo su cuerpo se preparaba para el ritual de tocar en vivo, comenzando a fluir en él una sensación de ligereza. Ahora, llevando hasta el extremo las cuerdas de su guitarra con bendings que pronuncian chirridos explosivos, siente cómo su cuerpo y su persona levitan lejos, en algún otro lado; la experiencia es de un placer y comodidad inabarcables, como la textura de un sueño.

Termina el estruendo y los aplausos y gritos del público transportan de golpe al joven a la realidad. Un pequeño mareo hace tambalear a Gabriel, y por un momento siente que va a tropezarse y derrumbarse de nuevo, pero antes de que ello ocurra se aferra con fuerza a su guitarra, respira y voltea a ver a la audiencia. Con determinación presiona uno de sus pedales, mira a los músicos de Perra Galga, y siguiendo el ritmo que marcan las baquetas de Jorge Osuna, inicia el siguiente viaje con destino a esa experiencia que algunos llaman libertad.

 


Este trabajo fue elaborado en el “Taller de Nuevas Narrativas Periodísticas en Tijuana” a cargo de Federico Mastrogiovanni y Sergio Rodríguez-Blanco, organizado por TallerINN, Fundación Rosa Luxemburg e Ibero México-Tijuana, en colaboración con Programa Prende y perrocronico.com

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Iván Gutiérrez
Comunicólogo especializado en el periodismo narrativo y de investigación, enfocado en temas de políticas públicas, problemáticas sociales y derechos humanos. Gustoso cronista de entornos contraculturales, es aficionado a la documentación de propuestas musicales, además de columnista de temas varios e inquieto escritor de ficciones literarias. Ha colaborado en medios como Revista Nexos, Revista Replicante, Suplemento Cultural Palabra, Revista Clarimonda, Somos El Medio y Revista Erizo. Actualmente es editor de contenidos en el portal periodístico 4Vientos.net y Director General de la Revista Molcajete. Le gusta beber cerveza en rincones donde hay buenas rockolas.

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