(Relato) ‘Francisco se ganó el avión presidencial’ de José Antonio Oropeza

Erizo Media
Posted on septiembre 17, 2020, 6:59 pm
12 mins

Con la vista gacha pensó: ¿cómo pide limosna un dueño de una aeronave Boeing? Pregunta que le recordó a la época en que impartió clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sería una buena pregunta de clase, pensó.

Por José Antonio Oropeza

Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. Escuchó la noticia en la televisión de don Aure, el bolero de la plaza. ¿Y ahora qué?, pensó, ¿cuántas veces habrá pasado que alguien como yo se haya ganado un premio de tal magnitud? y sin comprar boleto. Francisco ganó el avión presidencial, ni más ni menos que Francisco, al que todos conocen pero nadie sabe quién es, el mismo que ahora pretende olvidarse.

Dejó de pensar en ello y siguió su rutina. Acomodó los cartones, bajo el quiosco, bien doblados como organizándolos pero más bien escondiéndolos, previniendo que alguien se los ganara o, que los naranjas de la limpieza hicieran su trabajo.

Tomó su maletín —que refleja bastante bien su esencia, quien lo ve identifica pronto que es un hombre que carga su vida completa en ese viejo estuche de lona negra comida por el fuego del sol— y fue a la fuente por una buena refrescada matutina justo en el cambio de guardia, así nadie le pedía retirarse a la mala.

Surgieron los pensamientos comunes y la idea más reciente, una combinación: ¿a dónde será buen ir hoy?, gané el avión presidencial… al Barrio de los Sapos, quizá; nunca había ganado la lotería, quién lo diría, ni siquiera recuerdo la última vez que compré un cacho, ¿qué dirá don Serbaz cuando se entere?; hoy es buen día para ir a la catedral, los domingos se llenan de arrepentidos que dan buena limosna.

Siguió pensando mientras caminaba rumbo al Eje Sur, cual filósofo griego, sumido en sus ideas y cuestionamientos internos, ideando posibilidades, por mero gusto. Goyo, el bolero de la segunda, solía decirle: a ti lo fantasioso nunca se te va a quitar; ¡nombre!… si te pagaran, rico serías y yo fuera tu bolero y me darías buenas propinas y llevarías las botas bien brillosas. Y yo soy el fantasioso, pensaba, Francisco. ¿Qué dirá Goyo cuando se entere que me gané el avión presidencial?, se preguntó, ¿alguna vez se habrá subido a un avión?

Bajó por todo el Eje Sur hasta la Once donde dobló a la derecha para hundir los pasos en la banqueta tocada por el sol, había un gusto en aquello de sudar bajo los rayos tempranos. Al llegar a la esquina, esperando el semáforo, notó una hoja sobre el agua fluyendo hacia abajo; observó con detalle y se dio cuenta que servía como transporte a un insecto pequeño y verde. ¿Y si cambio el avión por un barco?, pensó divertido.


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Cruzó la calle y se metió en la plaza de la catedral, las campanas anunciaban el inicio de la misa dominical. Por la esquina norte encontraría el puesto de libros del viejo Andrés, hombre de boina roja y barba blanca muy crecida. Mantenían una especie de amistad que, observándolos con detenimiento, podría especularse de años largos. Tal vez estudiaron juntos, tal vez algún día encontraron tema de conversación, o tal vez era cosa de barbones.

—Qué tal, Francisco, hace mucho que no venías —saludó Andrés con la voz ronca y el tufo a vino, tan característico.

—Qué hay, Andrés.

—Te veo más serio. Hoy anuncian al ganador del avión presidencial, en el que viajó  nuestro expresidente del copete, el conseguido en el sexenio del presidente doble A. Me pregunto qué diría el bueno de Zapata. Seguro se sorprendería al ver el ave de hierro.

»Mira aquí tengo algo para ti, recién llegado, me lo trajo Gustavo. —Le entregó un libro de un filósofo español que versaba sobre la antigua religión Bön del Tíbet.

—Ah, sí, sí… —meditó un segundo—, los antiguos chamanes Bön, ¿qué dirían sobre los espíritus del aire? Imagino uno de esos rituales, pidiendo licencia, para navegar los cielos.

—Ay, Francisco, siempre tan allá. ¿Ya desayunaste?

Negó con la cabeza, enseguida Andrés le armó un taco con queso y jalapeño. Francisco unió las manos al pecho, hizo reverencia, lo tomó y le dio una buena mordida.

—Toma esto para que lo bajes. —Le ofreció una taza de peltre con atole caliente.

—Gracias, Andrés, siempre tan amable.

Francisco se sentó al sol con el libro sobre las piernas cruzadas, la taza a un lado y el taco en la izquierda. Los antiguos chamanes Bön, tan lejos y tan similares con nuestros antepasados mexicas. ¿Qué voy a hacer con el avión?, pensó, lo más probable es entregarle el boleto al señor Serbaz. Leyó sin ritmo, cosa extraña, levantó la mirada y observó las palomas en su proceso de vuelvo habitual. Hubiera preferido ganar la amistad de una paloma.

Se puso de pie, ayudó al vendedor de libros a desempacar lo reciente, agradeció y siguió su camino. Se paró ante las puertas de la iglesia y levantó la mano para pedir la voluntad de los fieles. Como si le pesaran los pensamientos se le cayó la mano y al tiempo la mirada.

Con la vista gacha pensó: ¿cómo pide limosna un dueño de una aeronave Boeing? Pregunta que le recordó a la época en que impartió clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sería una buena pregunta de clase, pensó. Viajó un poco más atrás, a sus tiempos como estudiante y se respondió: alguien que pide limosna no es muy distinto del más rico del mundo, los elementos están ahí para ser tomados, sería considerable preguntar qué motiva a no pedir.

Tuvo un pensamiento potente, levantó la mano de nuevo y recibió algunas monedas, un billete de veinte pesos y una invitación a comer quesadillas que rechazó con un: no, gracias, ya he comido, muy amable.


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Consciente de la limosna se dio la vuelta para dar la espalda a la catedral, buscando la sensación de quien va saliendo de misa luego de un sermón sobre bondad; recordó a Avalokiteshvara el buda de la compasión, pensó en los Bön y los mexicas. Muy lejos, pensó, de nuevo. Recordó al bolero lustrando zapatos a cambio de algunos pesos, la comida y bebida que Andrés le ofreció, un taco de humildad, dijo para sí.

Observó una pequeña mano morena en un brazo estirado, delgado de un niño con poca nutrición; depositó las monedas y se retiró con el sol de mediodía tostándole la cara. Caminó de vuelta a la plaza que le había servido como casa los últimos tres años y donde lo visitaban exalumnos para consultar algunos temas sobre filosofía oriental, no se detuvo hasta cruzarla para avanzar las seis cuadras que lo dejarían ante el portón de la casa del señor Serbaz.

Tocó el timbre para ser recibido por Eduviges, empleada de la casa.

—Buenos días, Francisco, ¿ya comió?

—Sí, gracias. Busco al señor.

—Ya le aviso.

—¡Francisco!, qué gusto —lo recibió con el ánimo de otro cálido amigo, apoyado en su viejo y fuerte bastón—, pasa a comer, ya van a servir.

—No gracias, ya comí, señor Serbaz. Vengo a traerle esto —Le ofreció el boleto un tanto arrugado.

—No habrás ganado. —dijo con sorpresa llevándose la mano a la barbilla.

—No señor, es usted quien ha ganado.

—¡Cómo crees!, esto no debió ir más allá, no debía ser así, ¿qué voy a hacer yo con un avión?, el doctor me ha prohibido viajar, y no tengo a quien dárselo. —respondió el señor Serbaz como siguiendo la corriente a una de esas bromas que tanto le gustaban de Francisco por su indiscutible seriedad.

—Esta vez no es una broma, señor, es el boleto ganador. Si usted no puede hacer nada con un premio así, imagínese mi posición.

—A caso no te das cuenta, eres ahora millonario.

—No son millones lo que necesito.

—Bueno, algo habrá por lo que lo puedas intercambiar.

—No señor, no lo quiero, es suyo.

Le entregó el boleto y se despidió. Volvió a las caminatas sin sentido llenas de preguntas e ideas fantásticas. ¿Qué se hace cuando una fantasía se convierte en realidad?, ¿no era eso imposible según la filosofía y el psicoanálisis?, ¿ahora qué? Caminar, reflexionar y tender la cama de cartón. La vida no tiene que exceder los límites de lo simple, es así que ocurre.

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