Estrés en pantalla: Home office

Erizo Media
Posted on agosto 27, 2020, 9:51 pm
5 mins

La ironía del home office, llegar tarde desde casa, con el café ardiendo, mientras mordemos un pan tostado hecho con prisa y desactivamos cámara y audio para sucumbir a la exigencia del desayuno, como mecanismo de energía para resistir la jornada.

Por Alicia González

 

“Cuando nadie me ve, puedo ser o no ser”, expresa Alejandro Sanz en una de sus canciones, sin embargo, cuando se trata del home office y las videoconferencias, todo cambia. Hay una agitación por vivir dos realidades paralelas: la del hogar y el trabajo que en conjunto, difícilmente convergen entre sí. Lo privado se hace público, aunque no se quiera.

Junta a las nueve de la mañana, el protocolo, correr a toda prisa entre paredes, conectarse a Google Meet, Zoom o cualquiera de esas plataformas que nos obliga a mostrar una parte de nosotros en la intimidad de nuestro hogar; en la madriguera de la habitación que por unas horas se vuelve oficina aunque no usemos maquillaje, corbata o tacones.

La ironía, llegar tarde desde casa, con el café ardiendo, mientras mordemos un pan tostado hecho con prisa y desactivamos cámara y audio para sucumbir a la exigencia del desayuno, como mecanismo de energía para resistir la jornada.

Nos relacionamos entre pantallas. Varias ventanas abiertas acaparan nuestra atención, sin que nadie se dé cuenta que respondemos mensajes y damos reacciones a publicaciones sin tanta relevancia. Algunos nos dedicamos a leer noticias o checamos las tendencias en Twitter, aunque no le comentemos a nadie. Luego de una mínima espera, la mirada incómoda se impone en el monitor de quien coordina la reunión o curso laboral.

Un “buenos días” forzado, seguido de un “¿cómo están?”, nos lleva a mirarnos a los ojos a la distancia y escuchamos toda clase de sonidos involuntarios como el ladrido de los perros, los gritos de los niños o el camión del gas que pasa e interrumpe cualquier intento de concentración en el trabajo.

Las instrucciones caen como una lluvia de información que hay que saber digerir. Una mínima distracción puede hacernos creer que no entendemos nada, si hay dudas hay que lanzarse a la audacia de preguntar y exponer nuestra voz ante decenas de personas hasta quedarnos absortos de vacilaciones, lo que provoca en algunos de nosotros, una ansiedad que solo se remedia con realizar ejercicios de respiración, alejarse unos minutos de la pantalla  y  volver con toda la disposición para concentrarse en el presente.

En esta nueva normalidad, somos omnipresentes. Es difícil permanecer en un solo punto. ¿Huir o quedarse ahí? ¿En que nos concentramos? ¿Qué hay que hacer? ¿Capacitación laboral desde casa? ¿Trabajar en nuestro nido?

Conveniente, sí, si se pueden hacer varias cosas al mismo tiempo, sencillo y práctico, no siempre. Algunos, aún requerimos de la interacción cara a cara para comprender y hacer mejor las cosas. Por lo pronto, imposible.

Un nerviosismo espontáneo golpea nuestro cuerpo al tener contacto a través de la pantalla con quienes han visto una parte de nosotros, la que produce para sobrevivir, es como si fuéramos un espectáculo montado a fuerzas con algunas sonrisas gustosas de verse.

Para algunos, no hay otra opción más que tomar agua y entre sorbos incontables, lidiar con la camiseta bien puesta, la de la empresa, darle rienda suelta con cierto disimulo a la ansiedad social que late entre los martillazos que da el albañil de enfrente, los niños llorando, la música del vecino, el desfile de pendientes que pasa por nuestra mente y nos obliga a detenernos un poco y pensar, ¿Qué estoy viviendo? ¿Estoy trabajando? ¿Hasta cuándo será así?

Los conocidos se vuelven extraños y viceversa. Aún prevalece una agitación por vivir dos realidades paralelas, la del hogar y el trabajo que en conjunto, difícilmente convergen entre sí. Lo privado se hace público, aunque no se quiera.

Comentarios

Leave a Reply

  • (not be published)