El día que fui novio de Belinda

Erizo Media
Posted on agosto 15, 2020, 2:14 pm
10 mins

La joven cantante Belinda ha estado actualmente en el ojo del huracán por diversas circunstancias, una de ellas, las relaciones sentimentales que ha tenido. Curioso resulta por ello esta crónica que les compartimos ahora.

Por Arturo J. Flores

 

Un día fui novio de Belinda.

Aunque el pie de foto se refería a mi persona como “el amigo misterioso”, para los cuates de la oficina me convertí de manera oficial en la pareja sentimental de la niña de 16 años –porque legalmente ella no era un adulto, lo que me hubiera acarreado serios problemas con la ley, de haber sido cierto el rumor– que a principios de la década del 2000 triunfaba con éxitos como Lo Siento y Boba Niña Nice.

“Arturo, necesito que te vayas a hacer un paparazzi con Belinda”, fueron las palabras de Alejandra, la editora de la desaparecida revista In Touch, que aunque de manufactura estadounidense, se publicaba en México.

No sólo de rock vive el hombre, así que aunque mi corazón le pertenecía al gótico y al metal, en aquella época me vi obligado a trabajar en una revista de espectáculos de corte amarillista, a la que, sin embargo, debo reconocer que le aprendí muchos trucos del buen periodismo anglosajón. Y lo que sea de cada quien, en ocasiones resultaba divertido.

Bueno, pues una de las cosas que aprendí es que el 90% de los supuestos paparazzi; es decir, las fotografías que se le toman a los artistas mientras realizan las actividades cotidianas propias de cualquier ser humano, son pactados. El manager le habla a la revista y le dice: “fulano estará en tal restaurante cenando con zutana”.

Así, y como por decisión de Alejandra yo había sido el reportero encomendado para pisarle los talones a Belinda, me lancé junto con un fotógrafo a realizar la misión.

Para entonces, ya me había tocado ir a casa de la niña artista e incluso, en una ocasión participé en una sobremesa junto a sus padres en la que los tres discutimos acerca de la violencia en los videojuegos.

Por fortuna el paparazzi se llevaría a cabo a unas calles de la oficina, exactamente en la tienda de Louis Vuitton que está sobre Presidente Masaryk, en Polanco, por lo que el fotógrafo y yo nos fuimos caminando. Belinda había sido invitada por primera vez a los premios MTV en Estados Unidos, por lo que había acudido a la tienda a comprarse un vestido. Se trata de una marca tan ostentosa, que una bolsa de mano para mujer puede costar hasta 40 mil pesos. No es una tienda a la que uno entre a curiosear nada más.

La mayoría de los clientes se bajan de un Aston Martin y no llega a pie.

De entrada, nos enfrentamos a ese obstáculo. El personal de seguridad se dio cuenta que estábamos tomando fotos desde fuera y salió a enfrentarnos, pero de inmediato el manager de Belinda les explicó que veníamos con él, así que nos dejaron trabajar en paz.

Aquí es donde cabe señalar otro aspecto de los paparazzi.

La mayoría de los fotógrafos que se dedican a esto, tiene contactos. Muchos ofrecen buenas propinas a los valet parking, meseros de restaurantes y empleados de seguridad de tiendas y restaurantes de las zonas más exclusivas de la ciudad a cambio de que les avisen cuando un artista está presente. De esta forma, alguien le dio el pitazo, como se le conoce a esta señal de alerta, personal de la agencia Clasos, una de las más reconocidas dedicadas a la venta de fotografías paparazzi, que Belinda se encontraba en Louis Vuitton de Polanco.

El fotógrafo de Clasos llegó a los pocos minutos y comenzó a accionar su cámara. Entonces me dirigí con el manager de nuestra joven cantante, quien feliz de la vida hacía pasar la tarjeta de crédito de sus padres por la máquina registradora de la tienda y le dije:

–Ya llegó Clasos, vámonos o no me van a servir las fotos. Me las van a quemar.

El manager estuvo de acuerdo, e incluso me ofreció que nos moviéramos a un restaurante en el que pudiéramos hacer una entrevista más extensa con Belinda.

Acepté.

Él entró a la tienda y a los pocos minutos salió junto con Belinda, quien me reconoció –por los ya varios reportajes que habíamos hecho anteriormente –y me saludó. Me ofrecí a ayudarle a cargar sus compras, que sumaban varias bolsas.

Entonces el valet parking llegó con el auto y aunque el manager iba a tomar el volante, Belinda se le adelantó y dijo: “¡Yo manejo!”.

Una vez subidos en el automóvil, el manager le advirtió, entre preocupado y divertido:

–Si tus papás se enteran otra vez, me van a matar.

A juicio de ser veraz, debo reconocer que Belinda condujo bastante bien, aunque era entonces era menor de edad y no contaba con licencia. Al fin, era una mexican rockstar que se podía permitir ese lujo. Sólo eran un par de cuadras.

Avanzamos hasta el Tony Roma’s de Masaryk.

Como dato curioso, Belinda puso una canción en el estéreo que hasta entonces era inédita, se trataba de una maqueta recién salida del estudio. Era su dueto con Moderatto de la canción, originalmente interpretada por Timbiriche, Muriendo Lento. No estoy seguro, pero debo haber sido el primer periodista en escucharla.

–¿Tú crees que pegue? –me preguntó Belinda.

La verdad nunca pensé que tanto como lo hizo.

Una vez en el restaurante, nos acordonaron un área especial en la planta alta donde realizamos la entrevista y algunas fotografías.

Por aquella época comenzaba a rumorarse que Belinda sufría algún trastorno alimenticio, como se dice de todas las estrellas musicales en la transición de la adolescencia a la edad adulta, pero lo que yo vi es que ella se comió todo un plato de costillas a la BBQ con singular apetito.

Esto, por cierto, decepcionó bastante a mi editora cuando se lo platiqué, segura ella de que yo habría atestiguado la supuesta anorexia de la cantante.

El fotógrafo y yo nos despedimos de Belinda y su manager y nos encaminamos a la oficina.

Al llegar, me senté en mi escritorio y a los pocos minutos sonó el teléfono. Era Héctor, del departamento de Photo Researching, quienes se encargaban de buscar las fotografías adecuadas para los artículos que los reporteros escribíamos.

–¿Puedes venir a mi lugar? –me dijo.

Hasta ahí me dirigí.

Una vez delante de él, señaló el monitor de su computadora.

–¿Crees que nos sirvan estas fotografías?

Ahí, estaba, en la página web de Clasos, toda la secuencia de imágenes en las que aparecía yo cargando las bolsas de Belinda afuera de Louis Vuitton, después saludándola de beso y finalmente, yéndonos en el mismo automóvil.

“Belinda con un amigo misterioso en Polanco”, anunciaba el pie de foto.

Héctor y todos los presentes rompieron en carcajadas.

–¿No que no andabas con ella? –me preguntó.

Me imprimió unas de las fotos, como recuerdo.

El que a hierro mata, a hierro muere. Esa es una las verdades ineludibles de la vida.

Tanto me la pasé persiguiendo artistas en esa época de mi vida, que tarde o temprano me saldría el tiro paparazzi por la culata.

 


*Esta crónica forma parte del libro Tormenta de sangre. Galletitas para Dios y otros 19 secretos muy bien guardados del rock y el pop (2010).

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