Días de epidemia y encierro; Por la ruta del Centro de Tijuana (sin tapabocas)

Leobardo Sarabia
Posted on junio 03, 2020, 8:02 pm
20 mins

El centro de la ciudad es el punto de arranque de la ciudad. Una calle turistera, de la cual dimana Tijuana entera, con sus barrios, colonias emergentes, periferia ambulante, los nuevos fraccionamientos y la columna central, la Zona del Río. La línea fronteriza también es otro eje ordenador. El centro es el espacio de entrecruce, del consumo ritual, de la cita de trabajo o amistosa, de la memoria colectiva. Una historia relativamente breve pero intensa. La Avenida Revolución, la calle de cinco nombres, le da su tono, su marca fundadora a la ciudad.

Vengo de La Mesa, en ruta hacia el centro. Bajo a la altura del Hipódromo, por el monumento del cura Morelos (puño en la brida, mirada fiera hacia los cerros de enfrente, paliacate en la cabeza del insurgente y el caballo en relincho eterno). Los accesos naturales hacia el centro, son el bulevar Agua Caliente, rápido, casi solitario, expedito; el bulevar Sánchez Taboada, que permite virar en la Novena y buscar estacionamiento, por ahí, en la Ocho, y el camino derecho por el Paseo de los Héroes, que desemboca fluidamente en la calle Tercera. Elijo esta última ruta.

En el trayecto, poca gente, aire crispado, distancias largas; la sucesión de casas de cambio, con su termómetro depresivo de la caída del peso (el pirómano y especulador Pietro la Greca, su santo patrono). Lugares abiertos con discreción. El Home Depot y el Starbucks, inesperadamente iluminados y en activo. Algunas estéticas y peluquerías en pleno desacato. Los bancos, servicio esencial dosificado, largas filas, potencial espacio de contagio. Algunos negocios se adaptan con rapidez a las exigencias de la cuarentena: servicio a domicilio, drive trhu, horarios alternados. Agitado el revoloteo de motonetas de los Uber eats. Un presente fósil en las vallas publicitarias, con sus carteles anacrónicos.

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El centro es el lugar de los sucesos, de los happenings, de la convergencia. Por ahora, todo se conjuga en tiempo pasado. Los conciertos con rastafaris en la Plaza Santa Cecilia, las covachas roqueras, los refugios hípsters, las cantinas turísticas. Los cafés aguantaron hasta que pudieron, con su oferta de lattes, frapuccinos y wi fi. El Caesar’s frente al Praga Café, es un espejeo de puertas cerradas. Igual, a la altura del Jai Alai, de frente a Las Pulgas, que aún anuncia a cantantes recién bajados de la sierra.

Hotel Caesars – Foto: Issa Jensen

Las terrazas desiertas a la espera de mejores tiempos. Los cafés internet ya no arrojan luz halógena sobre las aceras. El Sanborns, cerrado por sus tres costados. El cromatismo de los murales, en las calles del centro; algún placazo ocasional sobre el grafitti, como un grito del barrio. Vuelven los ciclistas de los miércoles, ahí avanzan en su brigada móvil. La noche cae, y las calles a oscuras. El Ayuntamiento decide apagar las lámparas, subrayando lo tétrico del ambiente. Una exhalación de óxido, encierro y silencio en la calle en perspectiva. Parece el set cinematográfico de un futuro en ruinas.

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La avenida Revolución resiente el segundo mes de cierre de locales, edificios de oficinas, curios y restaurantes. La calle tuvo un ciclo de recuperación en la última década, con el recambio de visitantes fuereños, y un nuevo turismo interno, de aquellos que le han profesado amor-odio. Ahora, todo en pausa: la ambición inmobiliaria, la apertura de nuevos sitios, la construcción de los altos edificios. Tiempo para revisar el revoloteo de conceptos: “normalidad”, “lo cotidiano”, la duración interminable del semáforo rojo. Nada qué temer, la Calle Mayor ha sobrevivido al abandono del ayuntamiento, a motines, incendios, deportaciones, desfiles paramilitares y a las fiestas masivas de los días de guardar. Sobrevive, incluso a su mala fama. Una raya más al tigre.

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A pocas cuadras, la Zona Norte elige su propia normalidad, con las consignas adversarias de: aquí/no/pasa/nada y una leve contención sanitaria, en una tensión ríspida, bipolar. Sin sus ingredientes naturales, la noche, el exceso, el fuelle acelerado de la transgresión, poco quedaría de cualquier zona de tolerancia. Pese a todo, se ven las calles animadas. Algunos, los menos, con tapabocas casi de desecho (nada de viseras de acetato o face masks KN95). Ausentes los turistas de transfrontera; los que pululan son migrantes en busca de techo, el lumpen inclasificable o los dedicados al trueque, el despojo o el agandalle.

Los grandes prostíbulos han decidido actuar en forma responsable. El Hong Kong, cerrado y con avisos de salud pública en las puertas (una frase como mantra: “Quédate en casa”); el Adelita Bar, estrena su nueva fachada luminosa, como un altar al table dance; con una artillería de luces y neones, pide que nos cuidemos (un mensaje sanitario en cartelera bilingüe). Casi un memorándum médico.

Bar Adelita – Foto: Issa Jensen

En las calles en talud, las Paraditas continúan en las aceras, como si fuese un día más, empujadas por la necesidad y el apremio familiar. Vestidas, con falda de colegialas, unas con tapabocas, atestiguan, recargadas en los muros, la deserción unánime de clientes. Veo a la policía más movida que nunca (“bien auras”, en el habla homeboy). Parece que se multiplican, patrullas acechantes, sigilosas o con los estrobos encendidos. Uno imagina a los lenones conspirando en sus oficinitas de los sótanos, a las chicas desocupadas en las cuarterías de los hotelitos contiguos; a los adictos a las maquinitas estafadoras, vagando espectralmente por la Coahuila Street.

La parroquia Bhetel, herméticamente cerrada, sin predicadores, ni misas, ni feligresía. Clausurada La Malquerida, templo laico de los narcocorridos, sin la rumba de sus músicos alterados. Hay letreros que anuncian un concurso de cumbia en el Tropical Bar para un día del difunto abril (en el aire volátil de lo posible: nunca fue). Obesos policías en bicicleta, luchan por el equilibrio. El repaso inacabado de los bares que esperan que pase la Mala Hora: El Gladiador, las Chavelas, el Chicago Club, el Fracaso Bar, la Valentina, La Gloria, la Capirucha y decenas, quizá centenares más.

Los gimnasios, cerrados, donde antes los boxeadores amateurs entrenaban al ritmo del “Eye of the Tiger”. En la soledad urbana, grupos de mariachis, esperan bajo el Arco Monumental; y a media cuadra, una banda, con tololoche y una tuba blanca, también aspiran ser contratados (la posible elección entre banda o mariachi, es un dilema casi metafísico).

(Pausa para escuchar el soundtrack de esta parte de la crónica, “Zona norte” del grupo de reggae, Cáñamo).

La Zona Norte, la Cagüila, La Zonaja, como todo distrito permisivo, se mantiene por lo que ofrece en demasía: la transgresión, el sexo alquilado, los vicios en dosis o en alud, los paraísos artificiales aquí y ahora, el voyeurismo, la desatada vida nocturna, la sensación de que todo es posible. Y detrás de la fachada de neón, maniobran los verdaderos dueños de este negocio: los proxenetas, los coyotes, los traficantes de droga, los puppet masters del mercado negro y los enclaves ludópatas, los extorsionadores con uniforme, los distribuidores de mercancía inclasificable. Se puede vivir en el margen. Pero aquí, la ilegalidad está en el centro.

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Por el rumbo del parque Guerrero, hay un paisaje quieto, casi melancólico. No veo el reparto habitual de personajes apurados: ni familias domingueras, ni ancianas rijosas que maltratan a sus nietos; ni paleteros voceando su mercancía. La tienda de revistas usadas a donde iba de niño, bien cerrada. El cuadrángulo de consultorios médicos persiste con su variedad de servicios (las deidades vigilantes del health tourism). Entre ellos, un tanto incómodo, el anuncio luminoso de lectura de tarot.

Hay una asamblea de uniformados que acosan a una joven pareja. El parque está fallidamente cerrado, con una cinta amarilla de Crime Scene; aparatosa pero que no sirve de nada. Los jugadores de ajedrez se fueron a su casa, tampoco se ve al payaso malhablado y misógino que finge divertir a las familias. Las neverías michoacanas resisten el temporal con buenas ventas, en su helada feria portátil. Inspectores de estacionamiento, recorren la acera, con una seca gestualidad de prefectos de secundaria, queriendo multar a quien se deje. Los Oxxo, como las cucarachas, resistirán sin duda una tercera guerra mundial.

El Centro Mutualista y su teatro esquinero, el más antiguo de la ciudad, tienen una apariencia pétrea, atemporal, como de feria turística abandonada. Arriba, la calle Segunda, larga y pespunteada por semáforos, desde el Panteón Jardín, fluye y serpentea, con escaso tráfico pero una enérgica vida peatonal. El antiguo Palacio Municipal, deshabitado y sombrío, como una neutra postal del pasado. La plaza de la catedral es refugio de menesterosos, sentados en el piso, evitan el frío nocturno, a una cuadra de la Zona Norte, comen alguna sopa maruchan, escrutan la calle o insisten en su monólogo pedigüeño.

Avenida Revolución – Foto: Issa Jensen

Las cervecerías artesanales, suenan antiguas, como si hubieran habitado un tiempo remoto (apenas hace dos meses). Nada de cruce simultáneo de multitudes por las cuatro esquinas. ¿Qué se hizo el Mercado El Popo, con su tendido frutal, sus dulces mexicanos, sus abejas zumbantes? Los vendedores y otros héroes del trabajo informal tienen su propio semáforo: los fierreros abren y cierran sus tendajones, en la cuesta de la Morelos, cuando se les da su gana. Gandallas y carteristas siguen en la calle con mirada halcón y ademanes nerviosos o hiperkinéticos.

Las calafias rojas, esperan en fila en la calle Cuarta a las multitudes de antes, que nunca llegan. Los taxis que van a Playas atienden su turno, para cruzar atajos, rampas, taludes y cementerios. Las panaderías sostienen una venta apreciable, con las indicaciones de la sana distancia y el exigente uso de tapabocas, a sus clientes. Un homeless servicial abre la puerta y atiende solícito; a cambio recibe monedas o mendrugos samaritanos. Los talleres de carrocería abren solo en las mañanas; los tapiceros de autos, siguen ausentes. Oficios nobles y antiguos: carpinteros, cerrajeros y mecánicos. Una islote insurgente, una ferretería abierta.

Pasamos frente los enclaves de los migrantes haitianos, por el lado de la estación de Bomberos y en una esquina de la calle Ocho, donde se pretendía erigir la Chinatown, que nunca fue. La Plaza Viva Tijuana, ni siquiera es ya la ruta de acceso hacia la Línea, desde que los federales de la CBP, cerraron el Pedwest. ¿Dónde están, que se “fizieron”?, como diría el clásico: los jaladores de la Revu, los boleros (casi todos de la tercera edad), las muchachas de la maquila que regresaban en la tarde a transbordar camiones (aún lo hacen, seguro).

Escenas desiertas como en una temprana arqueología urbana: los pasajes turísticos, la Calle Sexta, (¿a dónde se fue aquel revuelo de milennials en busca de cerveza barata?); el callejón solitario frente a La Estrella, donde filmaron “Sleep dealer”, los populares Dandy del Sur y Tropics, con sus fachaditas expectantes. El Río Rita estrena un rutilante neón verde con su lacónico nombre.

En esta tarde viral, veo en las calles a muchos haitianos, con gesto escrutador e interesado. Quizá se acostumbran a su nueva ciudad, desde otra mirada, la de la emergencia y la alerta civil (la tragedia urbana como un rito de paso). Muchos de ellos vivieron los días del terremoto en su país; el arrasamiento de Puerto Príncipe, la capital y ciudad de Papa Doc y los Tonton Macoutes.

Zona Centro – Foto: Issa Jensen

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Si la “Bendición Aérea” del arzobispo fue una ocurrencia, por lo menos abstracta o kitsch, hay que reconocer que las instituciones católicas a ras de tierra, siguen en la batalla, en la acción directa: la Casa del Migrante y la Casa de los Pobres, de los scalabrini y los franciscanos, respectivamente: puertas abiertas, refugio, alimento caliente y corazón generoso; los salesianos, en el Desayunador del Padre Chava continúan su trabajo de siempre. Diariamente ofrecen alimentos, atención médica y solidaridad concreta a cientos de desamparados. Voluntarios, seglares y religiosos. Inmutables, en lo suyo, no les asombra nada; en años sucesivos han visto toda clase de tragedias.

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* En la cartografía de rutas de los taxis hay también un aviso de la Tijuana profunda. Una letanía de nombres para no extraviarse: Los Pinos, la Remosa, la Altamira, Infonavit, la Líber, Fundadores, la colonia Federal, el Luna Park, el Soler, la Postal, el Mirador, y contando. Invención y síntesis de la ciudad en un mapa de rutas.

* No es una ciudad sino muchas; una asamblea de Tijuanas que comparten un tiempo simultáneo. Esta, la que vemos, la ciudad de los sin casa, de los desamparados, de los migrantes apenas llegados, de los recién deportados, de los ñongos de la canalización, que ahí fundaron su campamento. Intemperie. Es la Tijuana de la derrota, de la marginalidad, de la desesperanza, que late fuerte y exige ser tomada en cuenta.

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El centro es el lugar del espacio público, de la convocatoria civil y la celebración, que retiene el simbolismo del pasado. No hay margen para idealizarlo: deterioro, bajos niveles de convivencia, inseguridad, abandono, falta de rehabilitación y de proyecto. Y en ciertos espacios, una salvaje especulación inmobiliaria. El tiempo hostil de la epidemia, no presupone que haya una renuncia a la calle (no puede haberla), pero la atmósfera que se vive es de una conmoción silenciosa que aparenta naturalidad, de tensa expectativa, de normalidad reventada; un ambiente urbano infectado por el miedo, la confusión y la incertidumbre.

P.D. Notas tomadas a inicios de mayo. La ocupación o deserción de las calles, es impredecible. Un estado de ánimo colectivo que varía o se va a los extremos, En el Memorial Day se vio un panorama distinto, en las mismas calles.

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Leobardo Sarabia
Ensayista, editor, cronista literario y promotor cultural.

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