Crónica de un pambolero fracasado

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Posted on junio 24, 2020, 2:49 pm
14 mins

De los torneos de futbol interescolares, a los sueños de un día ser profesional y jugar en el Atlético Morelia y el Inter de Milán, todo se quedó en anécdotas del futbol llanero, porque me chingué la rodilla. Esta es la historia.

Mi padre solía reunirse cada fin de semana con sus amigos, luego de jugar basquetbol o futbol, o después de haber amenizado bodas y fiestas con sus teclados. Su condición natural de bohemio y trovador (que aprendí fielmente desde chiquillo) le rodeaba de distintos personajes y especímenes que con el tiempo fueron desapareciendo cada uno a su conveniencia.

Ya fuera en mi casa, en la de alguno de sus amigos o en la plaza del pueblo, Téjaro, donde pasé mi infancia, solía repetirse siempre una escena que recuerdo vivamente porque, junto a mi hermano Erick, solíamos acompañarle siempre en sus tertulias y a mí me castraba cada que sucedía eso.

—Hijo, ven… diles a estos cabrones a qué equipo le vas, nomás para que vean que tú sí sabes.

—Al Morelia –mencionaba yo tímidamente-.

—Y diles quién es el más chingón, ¿quién es tu ídolo?

—El Fantassshma Figueroa.

Marco Antonio “Fantasma” Figueroa

Esa escena solía repetirse porque, a mis cinco o seis años de edad, así solía pronunciar el apodo del máximo goleador del Atlético Morelia, y eso era motivo chusco para mi padre y sus amigos.

También solía repetirse ese momento, porque para mi padre y sus amigos era una forma de resaltar y mantener en mí, ese arraigo por el equipo futbolero de mi ciudad y mi estado; aquellos Canarios de la franja roja en el pecho, de la “Tota” Carbajal, de “El Mudo” Juárez, de Nicandro Ortiz, de Horacio Rocha, el de los Villalón, el del Estadio Venustiano, de Tomás Boy, de Claudinho, de Doña Cholita, pero sobre todo el de Marco Antonio “Fantasma” Figueroa; el goleador, figura e ídolo por antonomasia.

Tiempo después, me alejé del gusto pambolero. El basquetbol era el que me molaba de verdad. Mientras mis amiguillos de la primaria pateaban un balón de un lado a otro durante el recreo, yo botaba el balón de basquetbol y forraba mis libretas con imágenes de Michel Jordan, Pippen y Rodman. Pocas eran las ocasiones que me invitaban a jugar fútbol, siempre con malos y absurdos resultados que terminaban en burla hacía mi persona.

En la secundaria seguí jugando basquetbol, pero la pasión desmedida de mis compañeros por el deporte de la patada invadía cualquier intento de otro juego en equipo. No me quedaba de otra, tenía que acoplarme e intentar jugar o quedarme a un lado cuidando las mochilas y viéndolos jugar como pendejo.

Los retos siempre me han motivado y sin talento alguno comencé a inmiscuirme en los campos de juego con mis camaradas. Defensa era mi posición; o pasaba el balón o pasaba el rival, era mi filosofía, pero siempre terminaban pasando juntos y anotando gol, lo cual me acarreaba un tremendo bullying por parte de dos compañeros cuyos nombres no recuerdo.

Comencé a interesarme cada vez más en el fútbol; cada vez veía más partidos, lo practicaba más en las calles de mi barrio con mi hermano y los vecinos, y me propuse el reto de un día poder mejorar y competir en los torneos interescolares de ese entonces.

En tercero de secundaria, ya no solamente sabía manejar bien el balón, sino que además me ubicaba bien bajo los tres palos como portero (por ese tiempo al “Fantasma” lo mandaron al equipo del Celaya y Jorge Campos pasó a ocupar su lugar entre mis ídolos) y mi personalidad se había acrecentado.

Jorge Campos

El antes y el después vino un día durante una cascarita durante el receso, jugábamos contra un equipo de morros de otros grupos. Después de tanto pendejeo en que me traían los compas buleros, agarré valor y les partí su madre a ambos, a puño limpio y de uno por uno.

Esa situación no solo me llevó a ganarme el respeto de mis compañeros, sino de la flotilla de populares y malandrazos de la Secundaria Federal #4. Luego de esa situación era yo quien gritaba, ordenaba, lideraba y, sobre todo, zapeaba a mis compañeros dentro de la cancha.

Quería ser futbolista profesional, pero me chingué la rodilla

Durante ese tiempo, tenía una situación que me aquejaba de no interesarme por la literatura, mucho menos por la lectura, y eso me presentó una mala jugada cuando salí de la secundaria; perdí un año escolar y con ello se esfumaron algunos sueños y esfuerzos como el de ser futbolista profesional.

Aunque quería entrar a una escuela de futbol, mi padre no me iba todavía a premiar con eso luego de haber perdido el año y aquella idea de jugar algún día en el Atlético Morelia, darle el primer campeonato al equipo y posteriormente emigrar a las grandes ligas con el Inter de Milán (equipo del cual soy fan desde 1998, gracias a Ronaldo, otro de los ídolos) se perdió en la tristeza de mi cuarto donde me encerré por un largo periodo.

Ronaldo en el Inter de Milán

Un año más tarde, la práctica del fútbol regresó a mi vida, gracias a un grupo de amigos de mi pueblo, con quienes nos reuníamos cada sábado para cascarear con otros compas que también se juntaban para ello. Cansados de enfrentarnos siempre entre sí, decidimos formar un equipo para competir en la segunda división de la Liga de Fútbol de Téjaro.

Dynamo, fue el nombre que le pusimos al equipo y desde el inicio causamos cierta sensación entre extraños, debido a que la gran mayoría rondaba entre los 15 y los 20 años de edad.

Yo era de los más morros del clan, tenía 15, y sabía bien que por ello no figuraría de entrada entre los titulares. Pero la situación no fue así, me propuse el reto de no estar en la banca y desde el primer momento mostré “garra” y determinación en la cancha, y aunque era un poco falto de agilidad y velocidad, ese sentido de ubicación y manejo del balón que había desarrollado desde la secundaria me llevaron a mover los hilos de la media cancha, incluso a capitanear el equipo en varias ocasiones. Me sentía jugar como Juan Sebastián “La Brujita” Verón, mi entonces ídolo futbolero.

Juan Sebastián “La Brujita” Verón.

Con este grupúsculo de amigos futboleros tuvimos interminables anécdotas que guardo vivamente en mi memoria, como aquella cuando debutamos en la liga y en el segundo tiempo, cuando me mandaron de la media cancha a la portería, me metieron 10 goles por todos lados, hasta un gol olímpico me clavaron.

Recuerdo también que teníamos por tradición reunirnos en la casa de Gera, el líder del equipo, una noche antes de cada partido, para embriagarnos felizmente. Al día siguiente, perdiéramos o ganáramos, nos reuníamos una vez más para empinarnos las cervezas que nos habían faltado (¡bendita juventud!).

Entre los integrantes, constantemente nos peleábamos o discutíamos sin sentido alguno, ya fuera por algo relacionado con los registros o por las múltiples fallas que acarreábamos sobre ambas metas. Era frecuente también que iniciábamos los partidos con siete u ocho cabrones, pero como daban 15 minutos de tolerancia, a veces se alcanzaba a completar el cuadro, otras veces no y nos la teníamos que rifar así.

Llegamos a jugar en canchas asimétricas o que se encontraban a mitad del cerro empinado lleno de huizaches, nopaleras o higuerillas. Llegamos también a protagonizar algunas broncas con los rivales y a encararnos incluso con algunos de nuestros propios padres, quienes jugaban en un equipo rival llamado Los Veteranos.

Una ocasión, ganamos un Torneo de Copa y lo presumimos hasta su pinchi madre de borrachos por la plaza, luegos las jefas nos anduvieron buscando con chancla en mano, para ponernos el respectivo regañadón (pero esa es otra historia).

Futbolista lamentando su fracaso, eso creemos.

A veces nos expulsaban jugadores y el entrenador sagazmente incluía otro integrante sin que rivales o árbitro se dieran cuenta de ello. Otras ocasiones nos tocaba salir corriendo de algún pueblo porque hasta las señoras locales nos querían dar en la madre.

Después, todo para mí se fue yendo al carajo; no simpatizaba con nuevos integrantes, no les cabía en la cabeza que siendo tan morro pudiera ser su capitán y pasó también que varios de los que habían sido parte desde el inicio, se deslumbraron y terminaron corriendo a los brazos de los rivales.

El tiempo ya no daba para dedicarle lo suficiente al fútbol, ya estaba en la prepa y mi cabeza, aunque seguía siendo muy joven, no daba para soportar tanta presión escolar y al salvajismo, carrilla y forcejeo entre nosotros, además de la mamonería y aires de grandeza de algunos compañeros.

La última vez que usé la camiseta número 7 de aquel Dynamo, fue una ocasión en que, siendo yo el capitán, el árbitro me amonestó injustamente durante un choque que tuve con el portero, reclamé la acción airadamente y el árbitro terminó sacándome la tarjeta roja.

Exaltado y furioso por el partido que nos jugábamos, tomé el balón y se lo pateé en la cara, le menté su madre tres veces, estuvimos a punto de los golpes, nos separaron y desde la banca vi como perdíamos el pase a la semifinal.

Cuando llegué a casa, pensé seriamente que ese era un buen momento para retirarme amateurmente de las canchas, y así fue, aparte, me enteré después que, por ese altercado con el árbitro, me habían suspendido seis meses del torneo.

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Quería ser pintor, futbolista, rockstar, boxeador, trailero, militar, cirquero, pero un día me encontré con el periodismo y se me hizo vicio. Soy coordinador de contenidos de Erizomedia.org, director de la revista Clarimonda y colaborador de la revista Playboy México. Me gusta contar historias porque también me complace escucharlas.

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