Clases en tiempos de Covid-19

Erizo Media
Posted on mayo 08, 2020, 12:41 pm
12 mins

El confinamiento en casa por razones de Covid-19 ha modificado la forma de proceder en muchos aspectos, desde lo social, la cuestión de salud, la afectiva y por supuesto, la laboral. Es el caso en el sector educativo, en donde se ha optado por continuar con clases en línea, pero, ¿de qué manera a afectado esto a la forma de educar? Y, sobre todo, ¿cómo lo están afrontando los maestros? Aquí una versión desde ese cubículo.

Por Alicia González

 

  1. Dudas

Alguna vez, en medio de una clase, pensé en los versos de Neruda: “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”, pero no en términos románticos, sino más bien en ciertos días en que imponer disciplina en un salón de clases, con cerca de cincuenta adolescentes, resultaba un desafío al enfrentar día a día un campo de guerra, en el que la concentración apenas se divisaba cuando los miraba a los ojos y me quedaba callada, o bien, me ponía al centro y empezaba a lanzar una serie de peroratas absurdas, que para ellos equivale a la frase del día que les coloco en el pizarrón, a modo de reflexión.

Sin querer y en la peor de las circunstancias, esos versos se hicieron tangibles. Nunca lo busqué desde un inicio, solo quería ese silencio, que me llevara a mi sitio seguro, un bosque lejano que le pusiera pausa a esas voces inquietantes de gritar sus manías, dudas, tristezas, enojos, criticas e incertidumbres. Ellos, que para el discurso político son el futuro y esperanza del país, deben salir bien preparados con todo y que la educación a distancia no resulte la nueva alternativa, ni opción, sino realidad.

Desde el confinamiento oficial a partir del 18 de marzo, la vida pasó de ser rutina, delirio, o esperanza, a ser un incidente desencadenante que no sabía hacia donde podía llevarlos o quizá igual hasta la fecha. Un remake de la alegoría de la caverna, pero al revés, porque de la libertad al salir y encadenarse al exterior, ahora, correspondía ver la luz interior que nos distingue del resto, encerrados en casa.

La incertidumbre me carcomía. Apenas podía digerirlo. Nadie nos daba certezas, todo desfilaba en rumores y especulaciones en los pasillos de la sala de maestros. Unos fueron a prisa a dar la última clase sin saberlo, otros permanecían sumidos con su mirada fija en los teléfonos celulares, escondidos en sus cubículos. Aún no es oficial, esperen a que digan, nos habían dicho que a partir del 23. Suspensión de labores a partir de mañana miércoles, decían los rumores en grupos de Whatsapp, nadie sabía a diestra o siniestra que pasaba.

La incertidumbre corría por los pasillos de la escuela. La directora citó a los profesores pendientes de aplicar evaluación. Mi examen iba a ser al día siguiente.

La información va cambiando de minuto en minuto. Maestros, ¿pueden aplicar otra estrategia de evaluación? No creo que alcancemos a evaluar con los exámenes. Estamos esperando confirmación.

A partir de ese momento supe que todo se iba a detener, era como un edificio colapsando que ponía a cuestionar a los testigos. ¿Qué iba a pasar? ¿Cuál iba a ser el efecto dominó en esta ocasión? No podía concebir sola a la ciudad que nunca duerme, sin movimiento, ni mucho menos saber que en tiempo indefinido dejaría de ver a mucha gente.

La noticia la tomé como esas suspensiones breves por lluvia o incendios provocados por los vientos de Santa Ana, esto no llevaría tanto tiempo, solo hasta repetir sin querer quédate en casa y Susana Distancia, que al paso del tiempo, resonaba en todas partes, hasta en cualquier tipo de conversación.

No di bien mi última clase. Apenas sabía que estaba ahí, con cierto nerviosismo e incertidumbre empecé, curiosamente a hablarles del autocuidado y detalles por el estilo. Los alumnos apenas prestaban atención, sabían que algo estaba pasando. Ni siquiera recuerdo si alcancé a revisar todos los cuadernos.

  1. Incertidumbre

Todo quedó en nebolusa desinformación y un listado de incertidumbres que no se han terminado de resolver ¿Cuál sería la mejor manera? ¿Classroom? ¿Zoom? ¿Correo electrónico? ¿Facebook? Nadie nos decía por donde. Cada uno debía encontrar sus atajos para enfrentar esa nueva realidad: home office, educación a distancia.

A las horas, una encuesta invadía nuestros teléfonos celulares. El documento era para enviar la planeación para las próximas dos semanas previas a Semana Santa. Lo que no se lo invento, pensé al modo Daria Morgendorffer en lo que llenaba ese formulario con más dudas que certezas. Sentí que trazaba el mapa de conocimiento y actividades para esos días, sin dejar de preguntarme, ¿Funcionará? ¿Será lo correcto? ¿Me entenderán? ¿Regresaremos al salón de clases? ¿Aprobarán el examen?

Recordé que había dejado varias cosas en la escuela, entre ellas algunos trabajos escolares por evaluarse, una sudadera negra de I love NYC, que se quedó sobre la silla del cubículo, la novela de Regina Swain, Ni siquiera la lluvia, unos snacks en los cajones y más cosas que conforme pasaron los días, recordé. Al menos una parte de mí quedaría en ese segundo hogar que me albergó desde adolescente y por las piruetas de la vida regresé como profesora.

 

  1. El eterno retorno

Para sobrevivir, había que establecer una rutina o perderse en el limbo del tiempo. Los patrones de sueño cambiaron. De dormirme a las once y media máximo, el insomnio se asomaba a mi tranquilidad, llevándome a la cama hasta las dos o tres de la mañana, gracias a los distractores de llamadas y mensajes por teléfono, justificados por un al cabo que no hay que ir a trabajar y el salón de clases está en el comedor de la casa.

A los días lo resentí con mucho cansancio, levantarse temprano para hacer ejercicio resultaba casi imposible, una ofensa a mi cuerpo. Un dolor de cabeza me despertaba a raíz de una resaca de sueño mezclada de mal humor por haberme dormido hasta tarde.

Al paso de los días, la rutina se definió. Tres vías de comunicación harían más loables las clases en línea: Classroom, Facebook y correo electrónico. Poco a poco, los alumnos fueron incorporándose. El problema inicial: varios no recordaban su contraseña de correo institucional y eso les imposibilitaba avanzar, pues Classroom requería la dirección de la escuela para que pudieran accesar. Decenas de inbox en Facebook y correos electrónicos me saturaban, en cuanto terminaba de contestar un mensaje, llegaba otro, era una plaga comunicacional interminable. Algunos alumnos no han podido establecer contacto, ellos podrán recuperarse en junio o en cuanto se libere el quédate en casa.

Conforme pasaban las semanas, el ejército de hormonas aparecía y desaparecía como Houdini. Cualquier hora resultaba ideal para aclarar dudas, daba lo mismo si eran las diez de la mañana u once de la noche para comprender mejor las actividades subidas a la plataforma con explicación. En ocasiones, las preguntabas resultaban obvias y redundantes, parecía una burla al absurdo o un golpe a las fallas de la educación: la falta de comprensión lectora.

El hueco de conocimiento y desconcierto me llevó a hacer lo que nunca consideré: grabar clases. Por lo general, la timidez sucumbía en mi interior y evadía las cámaras, al menos como profesora, pues un ligero temor a que hicieran de mí un trendic topic de risa por cualquiera que sea la razón, me ponía paranoica. Prefería pasar inadvertida, pero las circunstancias me llevaron a correr ese riesgo.

Luces, cámara y acción. La mesa del comedor fungió como tripie para el teléfono celular. El guión estaba escrito sobre una servilleta con el tema y los puntos a tratar. Un par de libros me apoyaron para leer la frase del día, hablar de algunos autores y el resto de la información al igual que la música, en una modesta laptop Lenovo.

Recordé a algunos de mis mentores recientes para dirigirme a la cámara con un fondo musical que me hiciera sentir cómoda. En el primer video me acompañó Led Zepellin, con una lectura de Mario Benedetti, del libro Vivir adrede, una serie de microensayos sobre la vida. Una combinación inusual que quise probar. La estratagema llamada educación comenzó y una vez que empecé a hablar no me podía detener. Mi instinto me guiaba con la dosis de palabras perfecta, como si supiera cuando guardar silencio y dejar que mis receptores adolescentes digirieran lo que decía y al menos hacerles creer que la contingencia era una novela distópica que leíamos en el salón de clases.

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