De la primera a la última estación: entrevista a Aldo Rosales Velázquez

Erizo Media
Posted on mayo 31, 2020, 10:23 pm
39 mins

Desde Puebla, compartimos una entrevista con el escritor Aldo Rosales Velázquez, originario de la Ciudad de México, quien es autor de los libros Luego, tal vez, seguir andando (Río Arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (Fondo editorial BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Casa editorial Abismos, 2016) y Sombra-Reflejo (Fondo editorial BUAP, 2017).

Por Luis J. L. Chigo, con la colaboración de Lizeth Tlatelpa De Roman

 

Quizá para conectar con el público concentrado en el centro del Zócalo reconoce sus raíces poblanas. San Juan Aquixtla. Pero el santo no figura en el nombre oficial de la comunidad. Simplemente es Aquixtla, cerca de la Sierra Norte. Su abuela es de ahí. Pregunta al público si alguien conoce el lugar pero se le devuelve un silencio pequeño por respuesta. Fue mejor el chiste: el Estado de México –donde vive– es para los capitalinos lo que Tlaxcala para los poblanos. Las risas se emparejan a la tónica de Aldo Rosales Velázquez, quien fue invitado a presentar Tren Suburbano en la Fiesta Internacional del Libro de Puebla.

Detrás del pequeño templete se debaten a muerte un grupo de chavos: una rima mejor opaca a la anterior, la del rival. En su conjunto, por momentos, opacan las voces saliendo de la bocina. No fue una presentación común. A la derecha la imponente catedral y el atardecer de talavera. Lo que al inicio eran cinco personas y unas 15 sillas vacías, se transformó en un espacio insuficiente para albergar a los escuchas.

Una charla amena entre él, Iván Osorio Cruz, editor de Malpaís, editorial donde ve a la luz el libro mencionado, y José Luis Prado, coordinador de fomento a la lectura y editorial del Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla. Más tarde, al terminar la presentación, una noticia: la Fiesta quedaba cancelada debido a los primeros casos de COVID-19 en la Ciudad de los Ángeles. Viernes 13 de marzo de 2020. Pepe Prado debe quedarse, pero Aldo, Iván Cruz y yo emprendimos la huida. Bendecidos o no, caminamos por las calles con la noche en ciernes. La plática nos llevaría a La Terminal, pequeña y turística cantina, donde le haría a Aldo Rosales mis preguntas.

Luis J. L. Chigo. Parece ser que dejaste a un lado la temática de los deportes de contacto.

Aldo Rosales Velázquez. Más allá de la temática de los deportes de contacto, ya dejé de escribir, me aburrió. Como la película de Forrest Gump: va corriendo, de repente se voltea y dice “ya no quiero.” Así me sucedió, de repente dije “no tengo nada que decir”; cuando veo una película que me mueve o cuando leo un cuento que me cimbra digo “escribiré un texto, puedo ir por aquí y allá.” Pero no, siento muy ajena e impostada la escritura.

En los deportes de contacto tiene que ver con que ya no entreno con un maestro, lo hago por mi cuenta. Ya no he conocido nuevas historias, personas ni nada. Por eso ya reposé. Afortunadamente se juntaron dos o tres publicaciones. Me quedé cansado. El último libro que tengo –inédito todavía– es sobre deportes de contacto, de mujeres.

LJLC. Tu último libro tiene que ver con la temática del tiempo. Está en el título, Tiempo arrasado. ¿Cómo desemboca el dolor humano en el deporte de contacto en una metáfora del tiempo?

ARV. Son temas que siempre he trabajado de forma paralela. Cuando empecé a escribir, logré este primer compendio de cuentos que se llama Luego, tal vez, seguir andando. Fue muy curioso porque un cuento, el que más me gusta de ese libro, lo escribí el mismo día y en la misma sentada que escribí el primer cuento de lucha libre, después de entrenar. Se llama Dinastía, está en Entre cuatro esquinas.

Me quedó muy en claro que sí podía trabajar ambas cosas en paralelo. Los hermana la preocupación del paso del tiempo, pero en el caso del deporte de contacto es cómo se desgasta el cuerpo como herramienta de trabajo y cómo eso ya no te va a permitir después desarrollarte, quedándote atrás.

En el caso de los no deportistas de contacto, cómo vas dejando atrás cosas que ya nunca van a resolver. Esas preocupaciones, ambas, son las que tengo.

Personalmente, pienso mucho en mi cuerpo; noto cómo se da el desgaste. No es algo que me entristezca pero sí noto que ya no responde igual. Por el otro lado también voy creciendo y voy dejando atrás cosas que ya no pude resolver, personas con las que no pude estar –o personas con las que no debí estar– en todos los ámbitos.

Incluso, curiosamente, de todos los libros que he podido publicar, uno sí y uno no tiene que ver con deportes de contacto. Van intercalados, el primero no, el segundo sí… siempre lo he podido hermanar, el tiempo hace mella en el cuerpo y en el espíritu. La gente cuando crece siempre está la onda del “hubiera”. Me intriga mucho el “hubiera”: “si yo hubiera hecho, si no hubiera dicho, si yo hubiera estado…” Siempre es eso.

 

LJLC. ¿Qué vivencias le permiten a Aldo Rosales preocuparse por el tiempo? Pusiste una con los deportes de contacto, pero, ¿en la otra parte?

ARV. Me di cuenta que, de cierta forma, tengo años pensando inconscientemente que esto es una práctica, que de repente va a venir la vida de verdad, como si fuera un juego o un deporte. De repente caigo en la cuenta de que no, que no tienes vidas de práctica; lo que hiciste, lo hiciste y lo que no, no. Eso me mantiene en suspenso, cómo cada decisión que tomas te lleva por un camino y ya no hay vuelta. El otro camino que pudiste haber tomado no es que ya no exista, se borra.

En un cuento mío, de un libro que se llama Ciudad nostalgia, decía que “avanzar en el tiempo es como ir arriba de un caballo que tiene ramas de árbol amarrada en los cuartos traseros.” Vas avanzando y vas borrando.

Esas son las vivencias cotidianas del darse cuenta que no vuelves: que cada día amaneces más viejo, que de repente un día los amigos se van –ni siquiera por un pleito, simple y sencillamente ya no hay nada que los una. Consciente o inconscientemente busco obras que también hablen de eso. Yo lo llamo mar revueltiano, porque él [José Revueltas] en un cuento, Noche de epifanía, dice “Rebeca recordaba los tiempos felices pero la verdad esos tiempos nunca existieron.”

Qué interesante que la memoria es un búnker, un lugar seguro. El pasado es maleable; nadie te puede venir a decir que no fue o que sí fue así. El futuro es incierto, el presente aquí está, pero el pasado es maleable. Nos pasa –a veces no sólo con el pasado sino acá, con el presente– que repetimos una mentira mil veces hasta que te la acabas creyendo. Me intriga a la vez que me preocupa. Quizá por eso escribo, como una manera de resistirlo, como una manera de tratar de frenarlo.

 

LJLC. Recuerdo estas proposiciones filosóficas, “hay más cosas en la nada que en el todo”, todo aquello que no consideramos ocupa el espacio de la nada, pero es más grande que el todo. Sin embargo, ¿con qué sentimientos los relacionas? ¿Podemos encontrar felicidad en ese lado?

ARV. El sentimiento más cercano es el de la saudade –que no tiene una traducción al español muy fidedigna–, esta especie de tristeza gozosa, que de cierta forma ayuda a sanar. Yo me remitiría al concepto de La luz de las tres de la tarde. Cuando lo escribí, lo he platicado muchas veces, fue porque un amigo que es cineasta me iba a hacer una entrevista y la iba a grabar. Me dijo “vamos a entrar a este café”, –creo que era el La selva café, en la Ciudad de México–, revisó su reloj y dijo “no, ya son las tres de la tarde, igual lo podemos hacer aquí afuera.” Le pregunté por qué. “Porque esta luz, la luz de las tres de la tarde, es la mejor luz para hacer video y foto. No tiñe las cosas, las muestra como son; es una luz que no pinta, ilumina.” Me pareció muy buena idea.

Creo que todos los cuentos que he escrito basados en la idea de “la luz de las tres de la tarde” podrían ser eso: mostrar las cosas como son sin la intención de decir esto es bueno o es malo sino esto es lo que es. Por ello pueden tener esta sensación de saudade, de que hay una herida allí que no cierra pero no quieres que cierre. De cierta forma somos como esos niños que las mamás les dicen que no se quiten la costra y se la están quitando; vuelve a sangrar un poco. Ese es el sentimiento, tener esa herida y regresar a ella, estar exprimiéndola, hurgando sin saber bien por qué. Por adicción al dolor para sentir que estas vivo; masoquismo quizá; por un poco de ocio. Los cuentos que escribo son eso: estarse abriendo la herida, como los perros que se abren los puntos.

 

LJLC. ¿Eso te pasó con la escritura? La primera vez que te vi, en la Biblioteca Central presentando Sombra-reflejo, alguien te preguntó qué significaba para ti la escritura y le contestaste “si yo no escribo, prácticamente me muero.” ¿Cómo da este vuelco Aldo Rosales, es una herida que se está hurgando en este momento?

ARV. Obedece a distintos tiempos. Como este poema de Alaíde Foppa en que se pregunta “¿Por qué escribo? / ¿Porque estoy sola y / me asustaría / mi voz? / ¿O sólo porque encuentro / una página blanca y tengo / un nudo en la garganta?” Me gusta porque no la responde, la deja en el aire.

Yo podría atacarla desde muchas formas; “escribo porque me sale.” Llegó un tiempo en que medianamente me salía. Creo que era Borges el que decía “que uno a veces escribe las cosas que le hubiera gustado leer.”[1] En el caso de los deportes de contacto fue mucho eso. Todo lo que leía de lucha libre me parecía básico. “Así no es la lucha, así no es el mundo del deporte del pancracio. ¿Por qué hay tanta desinformación?”, me decía.

Ahora ya no estoy en la postura de “si no escribo, me muero.” Más bien es otra vida: si no escribo, hago muchas otras cosas. Y tengo un rato sin escribir. Me gusta leer y acompañar a los compañeros del taller de creación literaria. A lo mejor ahora ya no tengo nada que decir pero ellos sí y si les puede servir en algo lo que me han enseñado otras personas –que le debo a un montón de personas un montón de enseñanzas–, si les sirve los errores y aciertos que he tenido –que son menos que los errores ciertamente–, pues lo hago.

Es una pregunta cuya respuesta dependerá de cuándo la hagas. Me quedo con las palabras de Alaíde Foppa. Ahorita no escribo porque esta herida que tengo no obedece a esta cura, a esta catarsis que es la escritura. Estoy más en el periodo de escuchar que en el de decir y me siento muy a gusto, es parte del proceso de la escritura.

No puedes hablar sin haber escuchado; no puedes escribir si no has leído; no puedes explicar si no has entendido. Estoy tratando de entender, escuchar, leer y conocer, sobre todo quiero que, si vuelvo a escribir –sigo con la duda de volver a escribir–, sea algo que no se parezca a lo que he escrito hasta ahora.

 

¡Puta madre!, se me escapa la maldición cuando la cerveza se riega sobre la mesa. No sé cuál fue el movimiento, pero me apresuro a poner servilletas para evitar que siga esparciéndose el líquido ámbar. Pedimos botana y nos han traído un platito con chicharrines y salsa valentina.

Aldo está recargado sobre la esquina del lugar más apartado de la cantina turística. La penumbra nos acoge bastante bien porque somos los únicos y estamos de acuerdo en que es un espacio nostálgico, con fotografías en blanco y negro y escudos tallados en madera de equipos de fútbol que ya no existen. Es, no obstante, el lugar adecuado.

¿Cuántas veces se ha visto acorralado por el espacio? ¿Cuántas veces ha sido arrinconado? Desde el ring y como en la vida cotidiana, la escritura de Aldo me es significativa por lo periférica. Él ya la tiene dominada, por eso se acomoda con confianza. Puede ser que, dada la coincidencia, preferí preguntas más orientadas a lo que piensa. O también, como aquel poema de Ruvalcaba, puede que la cerveza rompa la brecha de lo meramente literario para ahondar en lo personal.

Se sorprende de todas maneras de escuchar que vivo a 45 minutos del Centro. Comienza a preocuparse por cómo llegaré a casa.

 

LJLC. ¿Y qué herida es la que no te deja escribir ahora o la que estás tratando de entender?

ARV. No es una herida, más bien estoy en un proceso de cicatrización. Llega un momento en que dices: a lo mejor yo no soy la historia del triunfo, como las películas que siempre siguen al personaje que le va muy mal y de repente le va muy bien, estas películas que quieren casi adoctrinar.

He coqueteado con la idea de decir: a lo mejor mi vida es la historia que está siendo contada pero el camarógrafo se equivocó, el que triunfa está junto a mí y no era yo. Pero ni siquiera en una onda de azote, de “¡ay, qué mal me va!”. La verdad me siento muy contento, estoy muy bien en el taller de creación literaria del FARO Indios Verdes. Cuando tengo momentos de felicidad trato de sacarles todo el provecho, trato de entenderme a mí, en qué cosa es lo más importante.

Le decía a una amiga: si yo regreso a escribir, quiero escribir algo como Magnolia, la película de Paul Thomas Anderson. Si no vuelvo con algo que sea como mi Magnolia, no vuelvo. Para estar diciendo lo mismo, de las mismas formas, mejor no lo hago. Entonces no creo que sea una herida; es estar cicatrizando esa herida que siempre me quise responder sobre el tiempo, quiero ver si puedo decir algo más que no sea el tiempo o que no sea como he narrado el tiempo hasta ahora.

 

LJLC. Recuerdo Linde faz: me parece que la crónica es un género con el que Aldo ha se ha puesto a la contra. ¿Cómo libraste esta pelea?

ARV. Cuando empecé a entrenar deportes de contacto lo primero que entrené fue ninjutsu, un arte marcial japonés que combina el manejo de armas, principalmente pelea de pie y pelea de piso. Siempre me sentí mucho más cómodo en la pelea de piso, tenía cierta facilidad o menos torpeza que en la pelea de pie. A últimas fechas he entrenado mucho más pelea de pie y mejoré mucho mis movimientos de manos y pies, para mí eso fue un logro.

Lo otro se me está olvidando porque no tengo con quién practicarlo. Es un cambio muy interesante que lo que antes no me salía ahora me sale a base de esfuerzo y de reconocer una estética en esa expresión.

Con la crónica es algo similar, sabía que si me adentraba más en ella, iba a volver un día al cuento pero con otras herramientas. Mi base es el cuento y siempre me gusta volver a él, entonces si voy a la crónica regresaré distinto al cuento; si voy a la poesía, regresaré con otras herramientas; si voy al ensayo, al guion cinematográfico, la dramaturgia, autobiografía, artículo… El pleito con la crónica fue eso, yo no la racionalicé hasta que gané el premio[2] y me pidieron dar un taller. Para poder explicarlo me lo tenía que explicar a mí. Lo que hice fue teorizar un proceso que en ese momento ya tenía muy intuido.

Hay un ritmo en Linde faz, sobre todo en los últimos cuatro textos –los restantes quitando el de la Chona– son prácticamente retratos, entrevistas, muy en la onda de Oriana Fallaci o de Truman Capote. No creo que sean tanto crónicas, creo que la crónica es la primera de ese libro. Este género fue un gran cambio cuando me di cuenta dónde estaba la diferencia entre crónica y cuento. Lo descubrí al escribir Sombra-reflejo porque hice un cuento-crónica, una crónica falsa sobre un caso real del box –el cuento se llama Carrera–, es una falsa crónica. Si se hace crónica sin labor periodística, entonces es un cuento, un trabajo de narrativa, de ficción. Cuando lo escribí pude identificar perfectamente cuándo estaba haciendo crónica y cuándo estaba haciendo cuento.

Dibujé las características de la crónica a través de dibujar las características del cuento y contrapuntearlas, me clavé más en el cuento para entender qué era un cuento y marcar la diferencia con la crónica.

 

LJLC. ¿La crónica literaria existe o es exclusivamente periodística?

ARV. Hay quienes hacen la diferencia. Hay quienes dicen que toda crónica es literaria. Yo creo que sí existe, aunque es una línea muy delgada. Me gusta recalcar lo que decía Rubén Darío, “la crónica es el laboratorio del estilo”. No hay otro terreno más fértil para ver el estilo que trae alguien que soltarlo a hacer crónica, porque es decirle “allí está el hecho, dame tu percepción del mismo.” En el cuento, hasta cierto punto, tú inventas un mundo y ese nadie más lo va a inventar pero en la crónica ya tienes un mundo allá afuera y cualquiera te lo puede ganar. Él que va a apropiarse de ese mundo por un momento va a ser el que tenga la mejor técnica, el que logre hacerlo con mucha mayor estética.

La crónica es un terreno muy noble porque permite que coincidan, interactúen o jueguen en la misma cancha los periodistas, poetas y los que hacen narrativa de ficción. Es interesante porque es decir “yo vengo de otras bases pero puedo competir en esta lid contigo.”

Hablando con Hugo Roja que es cronista –él es periodista, yo no–, veo que tiene muchas herramientas en sus crónicas que yo no manejo, pero también descubro que hay muchas herramientas que a mí me dio la narrativa de ficción que él no tiene. No sé si haya una diferencia brutal pero sí ciertos matices que separan la crónica periodística de la crónica literaria.

LJLC. ¿Cómo se consolida este pensamiento en Tren suburbano? ¿Cómo te sientes con el resultado?

ARV. Yo siempre lo he dicho: me siento muy afortunado de que se haya publicado Tren suburbano. Insisto que veas el logo en la parte de atrás de tu libro. Que ese mismo logo esté en un libro de Miguel Guardia, en un libro de Alaíde Foppa, que esté en libros maravillosos. Me pregunto muchas veces si de verdad está pasando.

Siendo muy honesto, Tren suburbano no es el libro más técnico que pudiera tener pero también creo que cada libro es como una pelea distinta y los estilos hacen las peleas. Por la temática, por cómo iba empezando –porque yo no escribía crónica–, la única opción que tenía era salir y dar todo. Eso fue lo que hice. La poca técnica que tenía para la crónica la sustituí con corazón y honestidad, sobre todo.

No puedo decir que el resultado de Tren suburbano me tenga al cien por ciento satisfecho desde lo técnico, pero desde lo estilístico sí, me parece un libro desbordado en muchos sentidos. Le podrías quitar mucho –como a Revueltas, de quien muchas cosas son casi anacrónicas–, pero entendiéndolo en su espacio y en su tiempo son maravillosas.

No estoy diciendo que todo en Tren suburbano sea una maravilla, pero entendiéndolo en su espacio y en su tiempo me parece que es un libro necesario para mí, para nadie más, que me enseñó muchas cosas con el cual estoy muy agradecido. Que se me haya dado la oportunidad en Malpaís, mucho más.

 

LJLC. Regresando a los géneros literarios, ¿la vida es igual? ¿Hay que ir cambiando de géneros para regresar a uno en el que nos sentimos cómodos?

ARV. Yo creo que sí. Hay un dicho en las artes marciales y en el box que reza “yo tengo que hacer que él pelee mi pelea, yo no voy a pelear la suya porque voy a perder.” Con la vida es hasta cierto punto eso: no jugar al ritmo de la vida porque te traga. ¿A qué me refiero? No guiarte por lo que hacen los demás o por lo que obtienen. Eso yo lo he hecho y es muy frustrante, acabas deshecho. Inevitablemente comparas lo que has logrado a cierta edad con lo que ha logrado otro. Si bien sirve como combustible, también es un combustible muy inestable que al menos a mí me sirvió para exigirme más pero también me dejó muchos sinsabores.

Sí hay que estar cambiando de estrategia o cambiando de técnica, de guardia, para que la vida no te despedace tan rápido. Sombra-reflejo abre con una frase que a mí me parece vital, “la vida es un combate perdido de antemano.” No vas a ganar. Cuando entro a combatir con alguien que tiene mucha más técnica, peso o experiencia, siempre pienso: “por lo menos limpio no se va a ir, algo le voy a hacer. No va ser igual cuando entré a esta pelea y cuando salga.”

Me gusta pensar que la vida me va a ganar, me va arrollar el tiempo, pero no se irá igual este mundo. De cierta forma quiero cambiar algo y esto se logra a través de no permanecer estático; así como peleas con un rival que es mucho más fuerte que tú, así debes pelear con la vida. Lo que decía Muhammad Ali, “vuela como mariposa y pica como abeja.” Un golpe y sales, moverte o si no te traga la costumbre, la autocomplacencia, añoranza, inmovilidad, el sedentarismo en todo sentido.

Hay que moverse porque la vida es esta cosa que no se acaba de comprender, esta cosa que no acabas de entender pero tienes que hacer. De repente te avientan al ruedo y allí tienes que estar. Agarrar round por round o no salir tan madreado en cada uno de esos rounds porque si no te aplastan.

 

LJLC. Y en lo literario, ¿cómo has consolidado esta idea?

ARV. Hay cierta necedad en quien escribe. Para qué escribes si ya existe Noticias del Imperio, la Ilíada, todas estas obras maravillosas. Es una idea hasta parricida. En cierto punto pensé que una gran muestra de admiración a Revueltas sería ser mejor que él. Eso lo decía cuando empezaba, ahora sé que no hay mejor o peor autor, no son carnes frías que tengan cosas en común tan mesurables. Hay que ser un poco necio y egocéntrico para hacer un libro si ya hay tantos y mejores allá afuera.

En esa necedad yace la resistencia, un posible cambio. Debes creer que puedes hacerlo, partiendo de la idea de que lo que digas, por pobre que sea, no lo va a decir nadie más. Hay cosas que merecen ser oídas.

La noche ya era dueña del barroco. Salimos de La Terminal –nombre muy ad hoc con la temática de su libro– y subimos sobre la 7 Poniente. Aldo se hospedaba en un hotel antiguo que era el Convento de la Limpia Concepción. Antes de retirarse a dormir me preguntó qué libro me faltaba. Tiempo Arrasado. Me invita a pasar y me regala un ejemplar. Una especie de intercambio: yo le di mi tarjeta de metrobús. “¿Museo del Barroco o Estadio Cuauhtémoc?” Se lleva el chiquihuite esperando ver un gol, dice. “Te tienes que bajar en la terminal, recorres el túnel y te saca a la Central”. Rechazó tomar taxi.

 

LJLC. ¿Qué es el amor?

ARV. El amor es esta cosa inefable que mantiene al mundo andando, como decía no me acuerdo qué teórico y poeta: “yo no sabría decir qué es la poesía pero sí puedo reconocer los buenos poemas.”[3] También con el amor, yo no sabría decir qué es el amor pero creo que sí puedo reconocerlo cuando lo veo.

Me parece que el amor es esta cosa que hasta cierto punto es como un virus que fuera de un organismo vivo no sobrevive mucho tiempo, necesita estar en alguien para ser palpable, para sobrevivir. El amor es esta bacteria, este virus que está en nosotros y que nos mantiene andando porque de otra forma yo no sé qué haría e insisto no podría definirlo así, encerrar ese término en palabras.

Estoy tratando de aprender a ver el amor en las personas, ejercerlo y de recibirlo porque también el amor es una cosa tan especial que te tienes que preparar hasta para recibirlo. Me remito a Revueltas, en esta frase con la que inicia Tren suburbano: “¿Quiere decir que se puede amar, matar y sufrir por cosas que no son la guerra? ¿O quiere decir todo lo contrario?”

El amor es esa cosa sin definir y que hasta cierto punto más o menos, como el silencio, cuando lo defines ya no es. Es una sustancia medio proteica cuando crees que la tienes no la tienes, cambia, muta, no hay forma de atraparla en palabras, no hay palabras que logren agarrar. Si acaso es como un poema de Coral Bracho que dice “no vio las aves pero vio las huellas.” Eso que nunca alcanzas a ver, es el ave que vuela antes de que llegues pero ves las huellas y sabes que estuvo.

Recojo nuestros pasos sobre la 7 Poniente hasta llegar al Bulevar 5 de Mayo. Ahí tomaré la Línea 3 del RUTA y transbordaré en las estaciones China Poblana, a la Línea 1. Lo que para él es el Tren Suburbano, transporte esencial para toda aquella persona moviéndose del Estado a la Ciudad, para mí es el metrobús: la eterna metáfora de la división esencial de la existencia en estaciones.

Curiosamente, las terminales no significan el fin total. Después de ellas hay más camino por andar. Posteriormente me contará cómo ayudó a pasar a otra persona al metrobús con la tarjeta que le di. Tiene razón, no hay que dejarse derrotar, hasta el más mínimo acto es darle batalla a un rival mayor.

——

[1] Busqué en vano la frase de Borges. No sé si a Aldo le gusten los libros de Fermín Goñí, pero éste fue mi primer resultado en el buscador. Y una docena más de personas que dijeron lo mismo. Ninguna Borges.

[2] Se refiere al Premio Nacional de Crónica Joven “Ricardo Garibay”, llevado a cabo por el Programa Cultural Tierra Adentro y la Secretaría de Cultura del Estado de Hidalgo. Aldo Rosales recibió el premio en 2018.

[3] Esta fue la más difícil, yo tampoco di con el teórico y poeta.

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