Lo primero que me sucedió esta mañana fue enterarme de que Chris Cornell había muerto. Sucedió al abrir mi Facebook por puro reflejo luego de apagar la alarma de mi teléfono. Naturalmente, lo primero que pensé fue que era una noticia falsa, de esas que abundan en las redes. Cuando confirmé lo contrario, experimenté una extraña sensación de vacío que me desconcertó.

Please, mother of mercy

Take me from this place

And the long, winded curses

I keep here in my head

—Chris Cornell, “Say Hello 2 Heaven”

La única vez que vi a Chris Cornell en carne hueso fue hace cuatro años, a diez o quince metros de mí y en la altura de un escenario. Nunca me miró, nunca me dirigió una palabra ni un gesto. Y heme aquí, desconcertado y escribiendo esto. Vaya superficialidad contemporánea, ¿no? Entristecerse por la muerte de una celebridad. Por eso quiero hacer lo que estoy haciendo aquí: explicar por qué me duele la muerte de un rockstar.

Conocí a Cornell en la adolescencia. Para cuando llegué a él, ya estaba enamorado de todo ese asunto de los pantalones rasgados y las guitarras distorsionadas. Recuerdo que bajé el recopilatorio de sus primeros dos EPs, Screaming Life/Fopp. No me impresionaron. A decir verdad, me aburrí. Más o menos un año después, por alguna razón bajé Badmotorfinger. Recuerdo que estaba en la sala de mi casa, haciendo cualquier cosa en la computadora cuando el salvaje intro de “Jesus Christ Pose” capturó mi atención. En ese momento quedé enganchado y la voz de Cornell se volvió una compañía frecuente que me gritaba al oído desde mis audífonos. Me tomaría años recorrer completa su discografía.

La razón por la que me enamoré de Cornell y de todo el asunto grunge fue la misma que la de muchas otras personas: era un adolescente en la búsqueda de una identidad propia. Crecí en un ambiente en que todo eran trompetas y botas picudas. Pelo enmarañado y camisas de franela a cuadros eran una alternativa perfecta —no me gustaba bañarme y mi padre tenía muchas de esas camisas abandonadas en su perchero—. Era una moda que tenía  —en ese entonces, claro— una década de rezago y cuyas bandas estaban en su mayoría desaparecidas. Mientras todos eran emos, yo había encontrado una forma de autoafirmación gritando a la menor provocación que el grunge no había muerto (y nefasteando a mis amigos en el proceso).

Por lo general, a las personas las recordamos por lo que hacen y no por lo que son. Cualquiera puede darse una vuelta por un cementerio y comprobar que no hay lápidas que dicen “Era un buen tipo”. Recordamos a la gente como amantes, como padres, como soldados, como líderes. Todos estos son títulos que se alcanzan mediante la acción y no por el mero hecho de ser arrojado en esta vida. ¿Qué hizo Cornell? No sé para el resto del mundo, pero a mí me habló y me dijo las cosas que necesitaba escuchar. Me sacó adelante. Me consoló. Me puso en éxtasis. Me acompañó en muchos momentos de mi vida que valoro de forma íntima, incluso antes de que me enterara siquiera quién era el dueño de esa voz aguda.

Cuando era niño, las voces de Cornell y Eddie Vedder en “Hunger Strike” reptaban hasta mi cama desde la habitación de mi hermano mayor y me hacían sentir fuerte y emocionado. “Black Hole Sun” sonó de fondo en muchos de mis estúpidos dramas adolescentes. Escuché completo el álbum de Temple of the Dog la primera noche que viví solo, lejos de la ciudad en que había nacido y pasado toda mi vida.  Canté a todo pulmón y descamisado “Rusty Cage” abrazado a un tipo gordito y también descamisado cuyo nombre nunca supe en un concierto de Soundgarden, la primera banda internacional a la que vi en vivo. Canté “Big Dumb Sex” en una carretera a lado de amigos a los que aprecio de verdad. Hice el amor con “Seasons” de fondo. Suelo escuchar “Rowing” por las mañanas, antes de irme a trabajar a una empresa que cada vez me tiene más insatisfecho.

Lo que quiero decir es que, durante años, Cornell ha estado ahí y me ha dado algo invaluable. Algo que todo ser humano necesita: el no sentirse solo, aunque lo estemos y eso sea irremediable. Nacemos y morimos por nuestra cuenta, y en el intermedio encontramos gente con la que caminamos durante un trecho. Pero siempre es en una línea paralela. Nadie recorre exactamente el mismo camino que uno, y eso hace a la vida aterradora en ocasiones. Una de las cosas invaluables del arte es que es capaz de hacer desaparecer esa sensación al menos por un breve instante. La música de Cornell hizo eso conmigo. Me unió con otras personas y, cuando no había nadie más, me hacía sentir como que había alguien a mi lado que estiraba la mano, la ponía sobre mi hombro y me decía sin palabras “sé cómo es”. Eso me dio Cornell, y por eso me duele la muerte de un rockstar.

Iniciamos y terminamos solos, eso es innegable. El mismo Cornell es un ejemplo de esto (mientras escribo estas líneas acaba de confirmarse que la causa fue un suicidio por ahorcamiento). No voy a enfatizar en cómo ha muerto. Prefiero agradecerle lo que me dio durante tanto tiempo y que me seguirá dando. Porque el hombre ha desaparecido, pero su arte permanece.

Que suene la música. Que suene alto.

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