Mi vida estaba llena de muertos, y empezaba a comprender que la muerte formaba parte de estar vivo. Mis abuelos habían muerto, mi padre había muerto, mi abuela materna había muerto, tres de mis amigos del instituto habían muerto, y ya había perdido la cuenta de mis conocidos de Nueva York que habían muerto de sida o a balazos.

 

Por Moby

 

Eran las tres de la madrugada en Suiza, y no podía dormir. Había volado a Zúrich para tocar «Feeling So Real» y otras viejas canciones en un concierto de la radio, y a la mañana siguiente volvía a Nueva York. La mayoría de las ciudades europeas estaban tan vacías como un teatro a las tres de la madrugada, y a mí me desconcertaba el concepto de que una ciudad pudiera dormir.

Nueva York estaba despierta incluso a las cinco, llena de borrachos que se tambaleaban, camiones de la basura y locos que gritaban en las bocas de incendios.

Mi concierto había terminado a las nueve de la noche, tras quince minutos de interpretar canciones viejas. Yo volví al hotel y subí a mi habitación; era pequeña, y tenía dos camas individuales con sábanas tiesas, un sillón de despacho de color rojo y una mesa negra pegada a una ventana desde la que se veía un edificio de oficinas medio iluminado. Me senté en la cama y me comí un cuenco de muesli y leche de soya, intentando ver Bonanza en alemán.

A medianoche, apagué la televisión, me puse mi chamarra militar, metí un cd de Joy Division en el discman y salí del hotel para dar un paseo por la desierta y tranquila Zúrich. El aire que bajaba de las montañas y cruzaba el lago era frío, y no había más negocios abiertos que una tienda de comestibles árabe y un burdel llamado Sex usa. Yo había estado en tiendas árabes; pero, a pesar de salir con trabajadoras del sexo, nunca había estado en un burdel.

La ciudad estaba tan vacía que habría sido capaz de pagar cien dólares para estar con una puta con tal de saber que había más gente viva y despierta. Y estuve un minuto ante la puerta del prostíbulo, escuchando «Insight» en los audífonos: el tiempo necesario para asumir que entrar en un burdel me daba miedo.

Al final, compré una botella de agua con gas en la tienda árabe y me fui a la estación de ferrocarril, en cuyas aceras dormían un grupo de yonquis envueltos en mantas y chamarras de cuero. Tras asegurarme de que respiraban, regresé al hotel. Ya eran las dos de la madrugada.

Me puse a leer un libro de bolsillo de Nelson DeMille que había comprado en el aeropuerto; pero lo dejé al cabo de unos minutos y me quedé sentado en el sillón rojo con quemaduras de cigarro, mirando el edificio de oficinas. Habían pasado dos meses desde la muerte de mi madre, y aún no la había llorado de un modo convencional, es decir, como yo suponía que un hijo lloraba a su madre. Cuando murió, me metí en el baño del hospital y lloré cinco minutos. Pero, al margen de unos cuantos sollozos de borracho, no había vuelto a llorar desde entonces.

Mi vida estaba llena de muertos, y empezaba a comprender que la muerte formaba parte de estar vivo. Mis abuelos habían muerto, mi padre había muerto, mi abuela materna había muerto, tres de mis amigos del instituto habían muerto, y ya había perdido la cuenta de mis conocidos de Nueva York que habían muerto de sida o a balazos. Y ahora, mi madre se sumaba a la lista.

Se suponía que la tenía que llorar. Pero el duelo era la consecuencia de extrañar a alguien, un lamento por el abrupto fin de su vida; y, aunque echaba de menos sus conversaciones y el simple hecho de ir a verla, no se podía decir que su vida hubiera terminado de forma abrupta. Mi madre llevaba tres años sin fumar cuando murió, pero yo no podía alzar mi puño hacia Dios y maldecirlo por la crueldad y la injusticia de llevarse a una exfumadora de casi sesenta años que había muerto de cáncer de pulmón tras una enfermedad de muchos meses.

Me costaba asumir la partida de la mujer que había estado conmigo desde que yo era un cigoto bicelular. A veces, tomaba el teléfono para llamarla y me daba cuenta de que no podía hablar con ella, de que se había ido. Tampoco la lloraba entonces, pero la extrañaba y pensaba en el vacío que dejaba la gente cuando moría, como si simplemente los hubieran borrado de la faz de la Tierra. Su ropa seguía en el armario. Su champú seguía en el estante de la regadera. Las huellas de su paso por el mundo seguían estando allí, pero la persona se había ido.

Agarré una hoja del hotel y me puse a escribir sobre mi ausencia de duelo y sobre lo mucho que me confundía. Sostuve la pluma contra el papel y pensé en la vida de mi madre, en sus ambiciones, sus decepciones, su tristeza. Me acordé de aquellos días de mi infancia cuando ella salía al porche en plena noche y se ponía a fumar y a llorar.

Al recordarla así, bajo un foco de veinticinco vatios, llorando por la vida que no había tenido, dejé la pluma y lloré. Me tumbé en la cama, hundí la cara en la almohada de gomaespuma y lloré. Pero no lloraba por mi pérdida, sino por la suya.

Tan lista, tan creativa y tan graciosa como era y había terminado con una vida que no le gustaba. Tenía familia y amigos que la querían, pero yo sabía que, en el fondo de su corazón, se sentía decepcionada consigo misma. Quería vivir en una ciudad y pintar, componer y estar rodeada de artistas. Quería exponer sus cuadros y colgarlos en galerías de arte, pero su timidez había impedido que enseñara su notable obra a la gente. Y terminó en el extrarradio donde se había criado, un lugar donde se sentía a salvo, pero también un lugar que odiaba.

Cuanto más pensaba en su tristeza y su decepción, más lloraba. Eso era lo injusto; no que hubiera muerto relativamente joven por culpa de un cáncer de pulmón, sino porque se odiaba a sí misma por no haber conseguido la vida que anhelaba. Ésa era la tragedia: que había permitido que su miedo y su prudencia le hubieran negado la vida que quería. Los cigarros y la comida basura habían ayudado al cáncer; pero, en el fondo, yo sabía que se había muerto de tristeza y frustración.

Lloré una hora sobre la tiesa almohada, no por su muerte, sino por su vida de concesiones. Lloré porque echaba de menos sus opiniones, su inteligencia y su sentido del humor. Pero, sobre todo, lloré por la vida que había querido y no había tenido.

 


*Esta crónica forma parte del libro Porcelain. Mis memorias del mismo autoragradecemos a la editorial Sexto Piso por las facilidades para su publicación.

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