¡Advertencia! Este es un jodido texto del tipo: “escuché este disco cuando estaba vomitando un pedazo de páncreas y una salchicha mal digerida del Vikingo de un Oxxo”; así tal cual, no más. Si no te gustan los textos vivenciales, no lo leas, vete a gusguear porquería a una tienda de conveniencia, túmbate a ver Netflix o hazte una puñeta, ya te lo digo, cualquiera de las tres opciones que elijas será más producente que leer esta basura.

Texto por: Alfredo Padilla

Es así, esta es una especie de “reseña” ombliguista, una crónica pesimista a manera de rúbrica del cómo llegué a escuchar este disco. Una reseña que habla del “YO”, que habla de mí y de la banda Galaxie 500, extintos ya ambos en un mar espeso llamado pasado. Un texto vérité, como los putos videojuegos del ‘Doom’ o ‘La femme défendue’, aquella película cachonda de Philippe Harel con la mamacita de Isabelle Carré cuando todavía la paraba. Un escrito lisérgico, escatológico, aburrido, pero morboso, como una puta Revista Alarma.
Me la cogía, me la estaba cogiendo fuerte, pero dolía cuando salía. Pasaban días, meses y tormentosos kilometrajes de angustia cuando no estaba dentro de ella. Sin Embargo, mientras estuviera ahí, en la Ciudad de los Culos Gordos Entangados, me la cogería, y me la cogería duro; justo como yo me cogería a mí mismo, así… para que te des una idea.
Nadie me invitó a su fiesta, pero yo caí como un yunque chino en medio de la pista de baile, y dancé como Curtis, dancé como bailaría Lugosi en una fiesta de Vampirella a la que no lo habían concurrido, como un cadáver maquillado, moviendo los huesos y rechinando las corvas, muriéndose de vergüenza, sí. Estaba ahí, en el puto “cumpleaños”, aparentando ser “feliz”, simulando no tener una erección; allí, en medio de la pista. Los freaks sidosos no me interesaban, me concernía ella y por ella estaba ahí, metido hasta el culo de su imaginación, incomodando su mente y mal-viajando su de ya por sí ennegrecido viaje con LSD. Estaba ahí y no había nada qué hacer, no iba a largarme, tenía que mamar de su doble pezón otra vez, pero al final claudiqué, como diría mi padre —un tipo que ha fracasado en todo— renuncié y me salí del ‘Bar Gilles Lipovetsky’ casi al amanecer, rumbo a la cama rancia y retorcida de “Rocksteady”, el personaje aquél de las Tortugas Ninja.
Días después él me pondría la canción en la amarga Plaza Algarabía en Avenida Intendente, la zona más triste del Centro Histórico de Platypus City. Me la reproduciría “Rocksteady”, un rinoceronte mutante al servicio de la Numismática. Originalmente “Rocksteady” era un traficante de arte cutre con vínculos con Juan Sideral, y un coleccionista de objetos raros llamado Emmanuel “Arre” Llano.
Era una mañana gemebunda, yo sorbía tragos calientes de un café erótico, el agua de calzón de Rosa Bravo, la dueña del ‘Café Mook’. “Rocksteady” la reprodujo en su horrible Laptop que más bien parecía una tostadora. Las primeras tonadas y el café moteado, el sabor del coño de “La Bravo” en la taza y una guitarra triste, melancólica —mal ejecutada para acabarla de chingar— después la voz inconsolable, melancólica y pésimamente vocalizada: “I don’t wanna stay at your party / I don’t wanna talk with your friends / I don’t wanna vote for your president / I just wanna be your Tugboat Captain”. Esas letras incendiaron mi tristeza y me pusieron al filo del abismo, las baldosas se levantaron frente a mí y volaron lejos, tan lejos como para ser alcanzadas por las bandadas de cuervos y gaviotas que salían de mi cabeza, me quedé al borde del precipicio, al acecho de los ornitorrincos que me empujarían cuesta abajo.

 

Esas letras, como pronunciadas solamente para mi persona sucia en la cumbre de mi oreja, un mensaje descifrado por mi otredad; era yo cantando treinta años antes esa canción, el fantasma de las melodías pasadas; un cadáver y su mandíbula, su aliento fétido entonando lo que yo había escrito tres décadas en el pasado, a los tres años, cuando el mar se amontonó con la tierra y los primeros cetáceos asomaron sus sagacidades al Sol: “Yo no quiero, no quiero permanecer en tu fiesta / No quiero hablar con tus amigos / No quiero votar por tu presidente / Sólo quiero ser el capitán de tu bote remolcador”.
Ese fucking disco se convirtió en el murmullo del Apocalipsis de todos los tontos, Juanito dieciséis para los imbéciles, los de roto corazón y rota ropa sucia de mezclilla negra, los que llevábamos en un prendedor a una joven Bruja. Un disco llamado ‘Today’ (hoy) y todos los días había que escucharlo, y todos los días había que ser un tonto, pero sin resignación, todos los días había que decirle a la joven Bruja ¡no!, yo no quiero permanecer en tu deprimente fiesta, con tus estúpidos amigos bajo la osadía de tu superior, yo sólo quiero remolcarte, remolcarte mar adentro, “hasta el fin del mundo”. Un disco de sueño pop (o dreampop como le dicen) un subgénero de rock alternativo y de neo-psychedelia que se extendería por los años 80. Un estilo caracterizado por una preocupación aletargante con la atmósfera y la textura de un Armagedón.


¿Pero quién estaba detrás de Galaxie 500? No era un enclenque, sino un tipo hermoso que usaba el Shoegazing para despreciar al mundo, un neozelandés llamado Dean Wareham, Santo Patrono de los hombres tristes y quien también había formado Dean & Britta, un dúo musical en el que alternaba con la mujer más sexy del planeta (su mujer): Britta Phillips, toda una caja de monerías ella, una Pandora o un Aleph. Celadas entre su entrepierna, de ahí, desde su vagina, se escribían y producían canciones, se cantaban, grababan y de vez en cuando también brotaban inolvidables actuaciones como aquella en ‘Frances Ha’ de Noah Baumach como Nadia, o en aquella tragicomedia de Michael Walker llamado ‘Price Check’, al lado de la gran Parker Posey —la Phillips actuando como ella misma— también en ‘House of Satisfaction’ de Jese Hartman interviniendo como Emili, y peculiar (ridículamente) sería la voz de “La Hormiga” en Dora la Exploradora.
Wareham no se quedaría atrás, la voz de Galaxie 500 escribiría la música de ‘Las ventajas de ser invisible’ en donde se puede escuchar “Tugboat”, lo escucharíamos en ‘Tensión sexual no resuelta’, con “Your Baby”, en ‘Kill Me Later’, con “The Old Fashioned Way” o en ‘Entre copas’, con “Sleeping Pill” y “New Haven Comet” y peculiar (ridículamente) en el nuevo y asqueroso ‘90210’ con “It Don’t Rain In Beverly Hills”, además de haber actuado en trece películas más.
Nada tontos, unos artistas completos, que, aunque bajo el ojo hospitalario de la farándula, rasgueaban almas y corazones desteñidos, confirmaban aún sus aires de grandeza e incluso formarían otra alineación: ‘Luna’, una bandita formada en el 91 y a la que la revista Rolling Stone llamó como: “La mejor banda de la que nunca has oído hablar”, ‘Luna’ “combinó “intrincados” trabajos de guitarra con ritmos tradicionales de rock y letras poéticas”… dicen los que quieren decir mamadas. Pero lo mejor que pudo hacer Wareham fue Galaxie 500 con ‘Today’, PUNTO.
En días pasados, Wareham lanzó ‘Black Postcards’, un librito de memorias en el que detalla su larga carrera en la industria de la música. Su voz narrativa es de hecho divertida, como si Wareham estuviera escribiendo un perfil de sí mismo en primera persona para The New Yorker. Esto no quiere decir que no sea atractivo, pues no sólo Wareham ofrece un retrato íntimo de lo que es permanecer en una banda, sino que también descubre las verdades ocultas sobre el negocio de la música y la cultura popular en general. Las memorias de Wareham, que él subtituló como “A Rock and Roll Romance”, son una visión reveladora de los últimos años de una industria discográfica “próspera”, y una excursión ¿honesta? en el mundo de la musiquilla. Pueden ser leídas en calzoncillos, íntimamente, como un diario o un blog. ‘Black Postcards’ es un libro inquebrantable, poco sentimental para mi gusto, y de alguna manera, subestimado.
No nos vayamos por la tangente, ‘Today’ es la trompeta del Apocalipsis, un sonido amargado, pero nada enfadoso, como la misma voz de dios. Es el final, el final de las risas, las borracheras, las fiestas, los coños todos de las mujeres que amamos, sus bocas hediondas de tabaco y verga, la pus supurante de sus pezones, el olor agrio y el sabor dulce de su ano por donde hundimos la lengua y el pito. ‘Today’ es el cuchillo con el que damos final a una vida hedonista y le damos cran a ella, a la joven Bruja. ‘Today’ es la verdadera “Espada de Olvido”, es el cuchillo de Sid, el escalpelo de Manuel Mota, la cuchilla de Elliott Smith y la del hombre que se suicidó en un departamento de cocina en un Ikea, del que se clavó uno en el corazón, del abogado que se suicidó incrustándose otro en la yugular, en el baño de su departamento en la Región 310 de cualquier lugar del mundo, del que se suicidó en una tienda departamental en California —con un cuchillo—, del que se clavó un cortaplumas en el corazón tras discutir con su esposa, del que se insertó un tercero más en el pecho, del otro que lo hizo en el cuello, del que se lo hundió en el vientre. ‘Today’ de Galaxie 500 es la “Espada de Olvido”, sí, aquella cutre de la que habla Espinoza Paz en la voz y música de la Banda MS.
Todos los que compraron ‘Today’ pensando que era un disco alegre debieron sufrir un shock al escuchar “Tugboat”, con su fervor existencialista, exorcismos y contenido incendiario. Se podría argumentar que ‘Today’ habría sonado mejor de haber sido grabado durante la época del Indie, pero eso importa poco. Una canción como “Don’t Let Our Youth Go to Waste” es drástica y dramática como pocas cosas lo son, y en cuanto a discos Pop, ‘Today’ es uno de los mejores. El álbum demuestra que Wareham es el más humano de los compositores, quizás porque llegó tarde a la música. Wareham ha deambulado por todas partes, ha visto mucho, hecho mucho. Conoce y comprende a la gente. En canciones como “King of Spain (Bonus Track)” o “Temperature’s Rising” se nota un respeto subyacente, un cariño genuino hacia los derrotados y los chicos de “aquellos tiempos”, los que eran tan violentos y tan duros, aquellos a los que todo iba bien pero acabaron creciendo para no ser nada. Wareham ha sido infiel con desconocidas, se ha drogado, ha tenido noches feroces, pero sus contingencias más maniáticas están más próximas a las del joven con ganas de zambra que a las de la estrella de rock a la que todo se le sirve en bandeja de plata.

 


Alfredo Padilla (San Luis Potosí, 1983) Narrador. Es colaborador de las revistas Letras Explícitas, Yaconic, Noisey, Vice, Sabotage Magazine, Operación Marte, Clarimonda y los fanzines Punkroutine y El vacío. Autor de los libros Una pastilla más para que pase el dolor, Monólogos de un niño inconforme y Guadalajara Caníbal.


 

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