El pasado 3 de julio se cumplieron 46 años de la muerte del poeta de The Doors, James Douglas Morrison, autor de los libros de versos: Los señores y Las nuevas criaturas (los dos publicados en 1969); Morrison remasterizado es un homenaje a una generación, un diario de ruta inaugurado por el fuego de Jack Kerouac.

 

Por Rael Salvador

 

Poética la muerte, afecta sólo a las cosas inmortales”. Chateaubriand.

 

I

Kata ton daimona eaytoy

Similar a Séneca, con la sonrisa hastiada como máscara satisfecha; semejante a Marat, apuñalado a traición en su bañera… Como Jesucristo, caído en la piedad de María bajo la tormenta del Gólgota, de igual manera todos olvidamos que Morrison era un ser humano, tan vulnerable como cualquiera de nosotros, cuando a los 27 lo crucificamos en el duro altar de la admiración…

¿Tuvo ese mar de fanáticos que acogió el funeral de Brian Jones? ¿Fue el tumultuoso concierto luctuoso de Jimi Hendrix? ¿La concurrencia desenfrenada de la diosa blanca del blues, Janis Joplin?

Morrison fue asistido por la misma fortuna que acogió los cadáveres de Mozart y Paganini…

 

James Douglas Morrison

1943-1971Kata ton daimona eaytoy, que del griego se dicta al viento en su inscripción acertada: “Recuerdo del héroe llevado por su demonio”, mientras Pamela Courson de Morrison y siete allegados rodean el sepulcro abierto de la noche final, entre los que se advierte a Víctor Hugo, Nerval, Allan Kardec y Chopin, afincados desde hace décadas en las raíces mortuarias del Père-Lachaise.

 

II

Umbral

Aún tienes edad para estas cosas, lo sabes.

El ácido en el cerebro de lagarto y, en cajas arrumbadas, el acetato circunscrito de algunos Long Play.

Así te enteras de la muerte del dandy meloso, Ray Manzarek (1939-2013), tecladista infame de The Doors, y dejas ir la memoria al vuelo, igual a un flujo sugestivo de flores musicales, como cuando celebrabas con un vodka, a las 9:27 am., en una playa lejana, con una hermosa chica sobre el cofre de tu viejo Mustang, sin gasolina, sin “extra” y con putas placas del estado de California.

En los años 80 estuve en Venice Beach con mi amigo Héctor García Mejía, fotógrafo como ninguno (quien venía de la presentación editorial de Rider in the Storm, libro biográfico de John Densmore) y recorrimos las huellas poéticas de Jim dejadas a la luz de la Luna, y así llegamos al mítico Whisky a Go Go.

Eran otros tiempos, de motivaciones radicales. ¿Entonces? La última fascinación en Re mayor: “En la tentación/ de lo imposible a lo posible,/ el peligro de/ Re vivir…”

III

Sueños de California

¿Recuerdas a las bandas? ¿Y la música, en 8 tracks o sintonizadas en emisoras FM de San Diego o Los Ángeles que, en aquel tiempo, dial indócil, se dejaban escuchar?

¿Pink Floyd, Led Zeppelin, Simon & Garfunkel; Light My Fire, Smoke on the Water, Against the Wind, Susie Q…?

Diablos, yo me inclinaba por Los sonidos del silencio: “Hola, oscuridad, mi vieja amiga./ Aquí estoy para hablar de nuevo contigo/ porque una visión, que se deslizó lentamente/ mientras yo dormía, me dejó su semilla/ y esa visión que germinó en mi cerebro/ permanece en el sonido del silencio”, pero tú sabes que sería un mentiroso si no te dijera que, al final, siempre te pedía subir el volumen más alto: “Vamos, amor, enciende mi fuego…/ Vamos, nena, trata de incendiar la noche”.

Las olas, la arena, el Sol, los dulces besos de Ella… ¡Singular, como el estallido de una estrella en el corazón del mar!

No menosprecies tu buena soledad, ésa donde la reflexión se abalanza como una bestia excitada y desgarra los sellos del pasado, refugio de hierro viejo, donde la música salta desde el edificio de la juventud y te obsequia frescos latidos electroquímicos a tu seco racimo de venas.

Sólo el sonido que no te brinda felicidad te hace identificar la música equivocada. “Si no te gustó –diría Manzarek– , entonces vamos por buen camino”.

Sí, lo sé. Nadie sale vivo de aquí…

Creo que debería abrir una botella de vino y poner un disco de The DoorsEssential rarities– y avalar su mágica escaramuza escénica como un festival de realidades y certezas.

 

IV

The End

Al tomar, en su graduación, las obras completas del budista alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche, no acaricio la posibilidad reivindicar la exquisitez de la elegía, explorar la rebelión de las masas en el control de la música, ni siquiera la reminiscente visión de cineasta o la catarsis implícita del actor en el lucido y libre ejercicio de la crueldad.

¿Escritor, o sociólogo? Eso pensaba.

Nunca antes de aburrirse en el estrado… hizo algo cantando.

Ahora, después de 46 años, el vinil ronda de nuevo la consola e, hipnótica, como saliva médica, refulge la música en la vivacidad del diamante.

La estridencia es confeti que sofoca el verso.

Cuando las puertas restantes no obstaculizan, entonces surge la convicción de un poeta sólido: aullido seguido de palabras comprensibles, luz que no envejece, como cuando la espuma penetra la noche y la sangre es loca como la savia de un alucinógeno.

León de invierno: rebelde, nunca revolucionario.

No permanece, como el Che Guevara; su imagen no posee la supremacía que enquista el compromiso en el profundo misterio que habita la sórdida herida de este convulso mundo de sobrevivientes.

Sí, uno puede morir deseando parecerse a él, como cuando Cortázar dibuja, en el Capítulo 2 de Rayuela, la agonía existencial de la Maga, “viéndola peinarse después de haber pasado la tarde frente al retrato de Leonor de Aquitania y estar muerta de ganas de parecerse a ella”, mas ninguno es la imposición genética de la especie: está Sartre, también Boris Karloff o, más clásico todavía, el Sócrates de Nietzsche… La extensión de la cadena y la sólida estaca de la conformación absurda.

Traducidos en percepción, hay un fuerte despliegue artesanal en las herramientas del hechicero: barro, hierbas, hebillas, abalorios, presagios, nortes a seguir…

Pirotecnia y sutura onírica; en su caso, el escenario se teje con los hilos magnéticos de la guitarra, la nata lunar del órga(s)no y la batería como copa vacía.

Sólo Jim Morrison es encarnación luminiscente, la revelación de un avatar cósmico: canto, danza, grito, contorsión, salto, fluidez, muerte…

La emulsión misma del origen de las estrellas es la salvaje belleza de su libertad.

¡El showmen estepario, naciente del ser Star!

¿Del rock, el espectáculo o sólo del cosmos?

De todas y cada una de ellas, porque después de la vehemencia del estallido primigenio sobreviene la suave trayectoria de la amplitud…

Oscilar fluctuante, derrame technicolor (remasterizado), en su “sendero a través del universo”, como en el linaje de la psicodelia lo asentara la suave armonía compositiva de John Lennon.

Así el disco ronda en el consuelo…

Caricia de la aguja que magnetiza el terciopelo del gran ciervo nocturno; aleteo de chamán, hielo de fuegos: incontinente asteroide donde el cielo oscuro es el precipicio de todo germen.

De ahí que el Rey Salamandra, parpadeo en el ojo de la mente, entona la detallada alegría de embriagarse en el fuego multicolor de sus propios versos, herencia astronáutica del joven sueño de Rimbaud:

“A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu” (A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul), ácido iris del placer lacerante al escucharse sin distancias en el vacío del tiempo.

When the music´s over,/ tur out the lights… (Cuando la música acabe,/
apaga las luces…)

Salida de emergencia equivale a Doors Exit.

Nadie sale vivo de aquí, porque ninguno entra por la puerta de la muerte bailando sobre su estatuto final…

 

V

Corazón de las tinieblas

We are the hollow men We are the stuffed men Leaning together Headpiece filled with straw…”

Sí, es el Coronel Walter E. Kurtz, al final de la película Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) vociferando el emocional impacto hipnótico de unos oscuros versos magistrales de T. S. Eliot (The Hollow Men), que retratan en el tortuoso rostro de Marlon Brando el desencanto inútil de todas las guerras humanas. Eliot había dedicado el poema “Los hombres huecos” para el Kurtz de la novela de Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas), que sostenidos en el espejo del cine, con la atmósfera deslumbrada por la música de The Doors, dicen lo siguiente: “Somos los hombres huecos./ Somos los hombres rellenos./ Apoyados uno contra otro./ El cráneo lleno de paja./ ¡Ay! Nuestras voces secas, cuando/ susurramos juntos/ son suaves y sin sentido./ Como el viento sobre el pasto seco/ o como pies de ratas sobre vidrio quebrado./ En nuestra bodega seca,/ modelo sin forma, sombra sin color,/ fuerza quieta, gesto sin movimiento”.

Luego, Brando aventará uno de sus dos libros (La rama dorada, de  James G. Frazer o Del ritual al romance, de Jessie Weston) a la cabeza del fotógrafo necio que, impertinente, chilla: “¡Así es como este puto mundo se termina!”.

VI

El lado oscuro del hombre

Era verdad, Morrison había muerto (ahora Manzarek, contorsiones de niebla, se desvanecía en el umbral Carmima Burana).

Y Ella, como todos los de nuestra especie, estaba triste, desnuda, pasada…

–No, nunca es necesaria la noche –dijo, fijando sus irritados ojos en los míos–. Cuando una elige el interior de la existencia y el ángulo sombrío de las cosas… ¡te-lo-juro. No-es-necesaria!

Yo sólo pensé lo que no me hubiera gustado decirle. Tomé un trago y guardé silencio. Ella exhaló el humo y con lasitud musicalizada profetizó:

–Cuando los románticos Beatles tocaban sus cursis rolitas de amor, James-Douglas-Morrison nos mostró el lado oscuro del hombre… siete años antes que Pink Floyd.

Volví a tomar otro trago. Y vi la bala venir, porque esto era como dispararle al espejo y nada más.

Era el tiempo (mucho antes de los conciertos aztecas) en que Jim Morrison, Ray Manzarek, John Densmore y Robby Krieger venían a Ensenada con Blanquita y los Láser, y recorrían la ciudad con un Luis Pavía salido de la Era de Aquarius, quien nos ofreció clases en versos, flores y hierbas en la Escuela Normal de los años 70.

“Ensenada, the dead seal
The dog crucifix
Ghosts of the dead car sun…”

Ingresar a este paraíso audio-visual, a través de la química musical de la mente –en el mejor estilo de la iluminada noche morrisiana– es descubrirnos en un estado de mística compartida, de vocalizado silencio gozoso: mutables y cinéticos, como en un tren ebrio hacia El Dorado de las estrellas, muy lejos del nudo neurótico de una sexualidad estreñida, enfermiza, social, drogada, vil y autocomplaciente.

 

VII

Clara Clarke Morrison

Con la familiar dupla: “Padre./ ¿Sí, hijo?/ Quiero matarte…/ Madre,/ quiero… cogerte”, Jim Morrison arrojó a su suerte a un Freud íntimo del diván y el desgarrado grito musical, que abre las puertas de la catarsis cósmica –similar a un Big Bang erótico–, se volvió más cálido que acurrucarse entre las vísceras ensangrentadas de un caballo abierto.

Bacanal homérico, los versos del vocalista de The Doors asoman a la majestuosidad de la noche trágica y, de una forma por demás dramática, como la apertura que realiza Francis Ford Coppola –a partir de The End, en el siseo de la serpiente fílmica Apocalypse Now–, obsequia con olas de musicalización hipnótica, llamaradas ciegas y asesinas, a Edipo, Rey de Tebas, pieza maestra de Sófocles.

El dramaturgo ateniense, al igual que el Morrison californiano, recrea lo que todo humano guarda en el puño de un amor irrealizable: el doloroso pulso de una interferencia –la del padre– y el tabú mayor de continuar con los amoríos de bebé a la propia madre. Impedido, el aullido de la oscura voluptuosidad morrisiana sustituye parricidio de la tragedia griega, de tal forma que desarma al asesino antes del alba, obligando al prospecto a psicópata a auscultar los anales de la historia y recorrer el mito con las botas puestas.

Alarido de la especie que no sucumbe a la entropía, me pregunto ¿para quién es este canto concluyente?: “Es el fin, hermosa amiga./ Es el fin, mi única amiga./ Me duele dejarte libre,/ pero sé que nunca me seguirás./ Es el fin de las risas y las mentiras dulces./ Es el fin, hermosa amiga”.

La madre de Jim, Clara Clarke Morrison, navega en la pieza emulando a una valquiria irrefutable –sólo Lacan se impone denostar el complejo–, y es así como se le da crédito a una de los himnos sugestivos más universales del rock salido del malestar de la literatura y los bares perniciosos.

 

Coda

Apocalipsis ahora

“Últimas palabras, últimas palabras dichas”, anotó el final en el diario de París. Mas lo anterior no cambia en nada el revés de un destino cantado.

Sólo por un maldito instante, en las tinieblas del presente, seamos Morrison-Kurtz, y observando el alto infinito abierto –en la transparencia roja de los parpados–, arrebatémonos la garaganta con un largo trago de nuestro licor predilecto y, suave, pausadamente, despacio, sabor de sílabas y tiempo detenido, recitemos estos versos: “Soñé que tenía 27 años/ y como Jim Morrison/ prefería morir/ dejando mi cuerpo/ como un poema./ Y era suave/ como el peligro/ de vivir de nuevo la vida”.

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