La bala que le quitó la vida al mismo tiempo segó el sueño de una generación. Nos recordó que la juventud, como escribió George Bernard Shaw, es una enfermedad que se cura con el tiempo. O con el suicidio, apuntaría como pie de página Kurt Cobain.

 

Texto por Arturo J. Flores.

 

Inevitablemente, cada 5 de abril nos vemos en la obligación de recordarlo. Porque sin lugar a dudas no fue el mejor guitarrista de la historia, ni mucho menos un cantante virtuoso, pero sí deberíamos referirnos al nacido el 20 de febrero de 1967 en Aberdeen como el último de los congruentes.

En la película de 1995 Things to do in Denver when you’re dead, el personaje de Christipher Lloyd le dice al de Andy García, ambos delincuentes condenados a muerte por un implacable jefe de la mafia interpretado por Christopher Walken: “lo hicimos todo en la vida, estoy listo para morir”.

Así Cobain. Una de las razones que seguramente lo empujaron a volarse la cabeza debió ser que como estrella de rock ya no podía llegar más alto. Había puesto de moda el punk y las camisas de franela. Escrito decenas de canciones memorables con estribillos pegajosos pero provistos de una distorsión corrosiva. Se había transformado contra su voluntad en un icono pop del tamaño de la foto del Che tomada por Korda o la Marilyn Monroe a la que se le levanta la falda.

Más arriba sólo quedaba el cielo y ahí no se podía llegar sin alas.

Eso sumado a una existencia en medio del dolor físico y emocional, porque a Cobain le aguijoneaban unos dolores de estómago críticos y una dependencia brutal a las drogas. Ni siquiera el profundo amor que sentía por su hija Frances Bean le dio fuerza para quedarse en este mundo. Porque una pasión mucho más antigua y profunda, la de hacer música, se le había evaporado de las manos. No existe mejor manera de curarse de un anhelo que alcanzarlo.

Cuando Nirvana grababa discos por 600 dólares como lo fue el ahora legendario Bleach, a sus integrantes los movía la duda. La posibilidad de triunfar. De ser reconocidos. Pero una vez que así sucedió. Cuando un segundo álbum producido por Butch Vig colocaría a Nevermind como la primera respuesta que Google arroja cuando uno busca la palabra, entonces no había nada más que desear. Ya lo tenía todo.

Cuando te conviertes en un coloso cultural mucho más popular que tus propias influencias, en el caso de Kurt, los Melvins o los Meat Puppets, te cae como un balde de aceite hirviendo la realidad. El mundo del espectáculo carece de sentimientos. Encima, una mujer tan fría y egoísta como Courtney Love, tampoco te lo hacen más sencillo.

Todos los 5 de abril recordamos que murió el héroe. Y con él, la posibilidad de cambiar el mundo a guitarrazos. Porque hoy los que estamos cercanos a cumplir 40 –y quienes los rebasan– nos convertimos en lo mismo que odiábamos. Hoy somos autoridades, obesos mórbidos, calvos, profesores, policías, Césares Duartes, Gargameles que odian profundamente a los pitufos millennials porque derrochan a raudales la juventud que nosotros buscamos infructuosamente debajo de las piedras.

Con esa bala también se murió una parte de nosotros. Con ese proyectil que –presuntamente, porque la posibilidad de asesinato que el cineasta Nick Broomfield puso sobre la mesa con su película Kurt and Courtney en 1998, aún no ha conseguido desterrarse de la mente de los fanáticos– se disparó el 5 de abril de 1994 también se desangró nuestra ingenua rebeldía. Ya no somos los Gronch. Esos que lloraron el fin de Nirvana porque sabíamos que derramábamos una lágrima por el representante de lo que no podía ser.


Arturo J. Flores (Ciudad de México) es periodista, editor de la revista Playboy México, además de columnista en la revista Marvin. Ha colaborado en infinidad de revistas como Gótica, Clarimonda, Diez4, entre otras. Tiene varios libros publicados, entre ellos Te lo juro por Saló y Fuck me, Nancy.

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