La literatura nos regala nuevas formas de entender el mundo. ¿Qué pasa cuando los cronistas de Tijuana están echando la mona y lejos de la narración urgente?

 

 

Leobardo Sarabia es recio cuando admite que los cronistas de Tijuana nos han quedado a deber a los lectores.

De cara a la presentación de su libro “Manual de sobrevivencia en la ciudad T”, que reúne crónicas de lo biográfico a lo sociológico y a lo humorístico, Sarabia dice que en una ciudad como Tijuana, llena de historias y de leyendas, los cronistas no se han ocupado más que de una porción de todas ellas.

Sentado en un sillón de cuero gris y de espalda a la Zona Río de la ciudad, Sarabia explica que los cronistas no han agotado los nuevos fenómenos migratorios de connacionales del sur, ni tampoco los del norte, como la comunidad amish, o menonitas de Playas de Tijuana, ni de los rumanos, que habitan en las faldas del Cerro Colorado, por resumir media decena de ejemplos que dispara en un minuto.

Y si a esto le sumamos, dice Leobardo, la muerte de Rafa Saavedra —crónista y ensayista especializado música y vida noctura—, la muerte de Octavio Hernández, —melómano y reseñista cultural—, pues resulta que la crónica de Tijuana está debilitada, dice, empobrecida, dice.

¿Y sobre la crónica periodística? Sarabia explica que ha sido deficiente y chacotera. No usa más palabras.

Así que, ¿qué le dejamos a los lectores que tienen ganas de conocer su ciudad en voz de otros escritores radicados en Tijuana? Nos queda volvernos cazadores de la buena literatura, rastreadores de escritores que busquen nuevas maneras y nuevos temas de entender Tijuana.

Ese es el intento de Sarabia con este libro. De explorar temas que no han sido comprometidos por otros, y de usar técnicas que van de lo ensayístico, al flujo de conciencia y a la crónica con rigor.

Como parte del programa cultural que ofrece el Festival Tijuana Interzona, Sarabia invita mañana jueves 1ro de octubre, a la presentación del libro.

Si usted, querido lector erizado, quiere saber más del libro, puede ir a su presentación, en el Margaritas Village, en avenida Revolución, a partir de las 7:00 de la noche.

Como muestra de la obra, cuyo registro es tan literario como periodístico, Erizo comparte con ustedes dos capítulos del libro:

ASÍ LLEGÓ LA VIOLENCIA

Creí que eran fuegos fatuos que iluminaban la ciudad, disparos de salva al caer la noche, una forma de divertirse de ser otros, de cambiar la rutina. Excesos infantiles al pie de la cama. Alardes de estadística fría o deriva de la costumbre. Esas son las señales, las cicatrices de la ciudad frontera, me decía. Simple automatismo, inercia. Vi lo que quise ver. Reiteración, música de feria, amenazas falsarias, desfiguros, la circular vuelta de tiovivo. Otra cosa. Después vi gestos agoreros, la música que atruena, sangre en el asfalto. Otro lenguaje en la calle nombró de nuevo cada cosa. No quise alejarme de la danza caníbal en pleno mediodía. Me vi aislado, seguro en mi confianza de frontman, de adelantado. La ciudad muestra sus heridas, la resaca de cauces desbordados, sus irrupciones de odio en las equinas. Entonces te queda claro: no podrás ocultarte, escapar, tener una vida distinta. Aquí te quedas; vas a permanecer debajo del neón, de los altares hechizos de los migrantes, del perímetro hostil que dibujan con fogatas los ejércitos de la noche. Oía la música en taxis itinerantes por las colinas, veía puertas de hierro forjado sobre los cristales de las tiendas, asaltos en restaurantes con la marca escarlata de la afrenta. Era difícil no oír esa música de consonantes arrastradas, era imposible no ve la caligrafía de lector de obituarios, mi inclinación a resumir vidas enteras en líneas simples, tristonas, desesperanzadas. Me guardé en la soledad, en el cuarto más lejano de la casa, hasta ahí escuchaba los disparos, y repetía los gestos del intérprete de signos. Así empezamos a bajar la guardia, a escribir testamentos ológrafos, a idear canciones pequeñas para dilatados funerales. Al despertar veíamos cruces de cal blanca en la puerta de la casa. Con un simulacro de música átona, en la marcha de escuadrones mendicantes, con mujeres que rezan en los parques, y muchachas que se desvanecen en el quicio de la puerta, o salen a la fiesta y ya no vuelven. Con una áspera y familiar voz que deletrea mi nombre. Así llegó la violencia.

UN CIERTO FULANO

Ya se cansará de su prédica, de su mal aliento. Y masca el chicle y no se acaba el balde de cervezas. No le festejes sus modos y ocurrencias, su forma de sacar la fusca, ni su lista de corridos favoritos. No cedas al chantaje de la memoria compartida, ni el recuerdo mentiroso de la infancia. No te ablandes con la imagen del río crecido, de la tarde en que arriaron una recua de vacas del padrino, ni aquella vez del pleito frente a la tienda X, con una estúpida victoria con los puños sangrantes. Ya no comparten nada ni la parentela ida ni la memoria de la tierra lejana, atravesada por muchos ríos. Ahuyenta esos conjuros rurales: nada te une a este tragabalas y su destino. Dejaste de verlo hace años y ahora viene el patán con el pelo engominado, la camisa de colores, el motor de la Ford 250 echando fuego. lo ves con extrañeza. El habla atrabancada, el medallón de oro, el anillo cordial de la Santa Muerte, la pistola fajada en la livais. Adiós amigo, hasta nunca, que te sea leve en fuetazo, el tiro en la nuca, la caída en la zanja bocabajo, el funeral barato, el llanto de tu madre.

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