POR ARTURO J. FLORES

Café Tacvba tiene todo el derecho a dejar de tocar “La Ingrata” si es que lo hacen. O de cambiarle la letra. Por más que algunos artistas –no recuerdo si ellos alguna vez lo hicieron– se acojan en entrevistas al rey de los lugares comunes: “nuestras canciones dejaron de pertenecernos, ya son de la gente”. La realidad es que es suya. Ellos la inventaron. Muy su autocensura, si así lo quieren leer algunos.

Hace poco se hizo popular una nota en la que Rubén Alcafebarrán (aka todos los alias que le conocemos) expresó al diario argentino La Nación que la banda sateluca dejaría de interpretar la melodía debido a que habla de una mujer que recibirá dos balazos como venganza a su traición. En un país con altísimas cifras de feminicidios (y donde las autoridades no parecen muy apuradas en reconocerlos y hacer justicia) ya no se siente a gusto cantándola.

“Éramos bien jóvenes cuando se compuso”, argumentó.

Y cuando joven, uno se lanza a los acantilados sin que le tiemblen las piernas. Sin temor de Dios ni de las redes sociales, que dicho sea de paso no existían cuando se compuso “La ingrata”. Hoy, entre todos nos vigilamos.

Según recuerdo, lo mismo pasó con Molotov y su “Perra arrabalera”. Un tema que el cuarteto compuso en la despreocupación propia de su adolescencia y que una vez convertido en adulto, decidió erradicar de su repertorio. Porque algunos de sus versos son ofensivos hacia las mujeres. “Pues todos sabemos que your pussy/ es más grande que meterse en un jacuzzi”. Algo que Tito, Miky, Paco y Randy escribieron sólo para divertirse, con la llegada de las arrugas (y su papel como esposos y padres de familia) ya no les parece tan simpático. Están en su derecho a ya no tocarla.

Sin embargo, la exigencia del público los ha obligado a traerla de vuelta ocasionalmente.

Ignoro si alguna vez La Lupita pensó dejar de tocar su versión de “Hay que pegarle a la mujer”, original del compositor michoacano Casimiro Valle Avellaneda, por más que a la letra diga: “No sean ingratos no le peguen a patadas, hay que pegarles con la fuerza del amor”.

Curiosamente las tres canciones representan clásicos de las agrupaciones antes mencionadas. De las más coreadas en vivo. Las que más se escuchan en fiestas.

El asesino “intelectual” de Castro

No son las únicas canciones incómodas para sus autores. Si bien los Hombres G, que son percibidos en la actualidad como una agrupación azucarada e inofensiva, en su disco debut, lanzado en 1985, incluyeron un tema titulado “Matar a Castro”. En él, David Summers narraba la historia de una niña pequeña que era adiestrada para asesinar al expresidente cubano. Originalmente leyó un reportaje en una revista que le inspiró a escribió un cortometraje que se transformó en canción. Aunque no es Castrista, tampoco le agradó que por su composición fuera declarado persona non grata en la isla. Sobra decir que hace muchos años que los españoles no la tocan en vivo, e incluso la define como una “locura de juventud”.

Lo mismo que Molotov y Café Tacvba.

Podrá haber quien piense que se trata de una exageración, que los tacvbos  cayeron en el colmo del “chairismo” y que a nadie puede hacer daño que en un concierto se grite “Ingrata, no te olvides que si quiero, pues sí puedo hacerte daño, sólo falta que yo quiera lastimarte y humillarte”.

Pero entiendo perfectamente la incomodidad que pueden experimentar los autores del hit. Robert Smith le tuvo que cambiar de “Killing an arab” por “Kissing an arab” o “Killing another” para que su homenaje a “El extranjero” de Albert Camus no se interpretara como una consigna antimusulmana. Sobre todo en tiempos de la guerra en el Pérsico.

De acuerdo con el libro “Ja: la ciencia del cuándo reímos y por qué”, del psicólogo Scott Weems, se habla de que para que una broma sobre un tema escabroso sea percibida como graciosa, tiene que mediar el tiempo entre la situación de la cual se hace mofa y el chiste mismo. Menciona el caso del comediante neoyorkino Gilbert Gottfried que en 2001 hizo una broma acerca de los atentados del World Trade Center apenas unas semanas después del ataque, en medio del roast del creador de Playboy Hugh Hefner.

“Tendré que retirarme temprano”, dijo el comediante sobre el escenario. “Debo tomar un vuelo a California, pero no encontré un vuelo directo. Me dijeron que primero debería hacer escala en Las Torres Gemelas”.

Obviamente nadie rio. Y no sólo eso. Alguien del público le reclamó: “es demasiado pronto”.

México machista y querido

Lo que pasa con las canciones es, como bien establece Rubén en la nota con La Nación, “que las canciones son la cultura”. Y nuestra cultura actual exige percibir el maltrato a la mujer de una forma distinta a dos décadas en el pasado.

Si a mediados de los 90, de cuando datan “La Ingrata”, “Perra arrabalera” y “Hay que pegarle a la mujer”, nadie se sintió ofendido por su contenido, es porque entonces era “normal” hablar así. Coinciden por lo menos los Tacvbos y los Molotov que aquellas letras fueron “cosas escritas en su juventud”. No es que entonces no existiera la violencia de género, la desigualdad entre mujeres y hombres o los estereotipos morales absurdos (yo tuve una compañera en la prepa que atesoraba su virginidad porque era, palabras textuales suyas, “el sello de calidad”), es que no queríamos verlos aunque los tuviéramos enfrente.

Tuvimos que abrir los ojos a costa de mucha sangre.

Los feminicidios en Ciudad Juárez, de los cuales comenzamos a saber en 1993, año en el que se conoció a la primera víctima, destaparon hacia los dosmiles una realidad que muchos nos rehusábamos a reconocer: México es machista y misógino. Por eso entiendo que a un cantante le puede resultar inconfortable pronunciar unas líneas, por más que sea en sentido figurado.

Conozco a una persona que fue violada. A ella y a su familia les cuesta ver películas donde aparezcan escenas de violencia sexual.

En lo personal hay conductas, expresiones y frases hechas que utilicé cuando más joven y que, a medida que crezco y me informo, he dejado de utilizar. También pienso que en los 90 era yo muy joven y como dice George Bernard Shaw, “la juventud es una enfermedad que se cura con los años”.

¿Por qué no una banda habría de ya no sentirse cómoda con su canción y desecharla de su repertorio o cambiarle un verso?

No soy un fanático de Café Tacvba, pero estoy seguro que tienen muchas canciones más interesantes que “La Ingrata”, que la verdad es de las que más harto me tienen por su omnipresencia en bares, bodas y karaokes.

Por razones distintas, pero a Thom Yorke muchos le perdonaron su antipatía hacia “Creep”, ¿por qué a Rubén no que le aplique la ley del hielo a “La ingrata”?

Tal vez si nuestro país no representara ese infierno para algunas mujeres –si existiera la suficiente distancia entre ficción y realidad –entonces no nos ofendería el malogrado videoclip musical de un cantante de norteño que le prende a su coche con todo y novia (¿se acuerdan?), ni tampoco un rockero vegano se sentiría incómodo con el verso de su canción. No sea que al rato se convierta en #LadyIngrata.

Tal vez nos percatamos que es demasiado pronto para cantarla mientras el feminicidio sea el pan nuestro de todos los días. Parafraseando a Renato Leduc: sabia virtud de conocer el timing.

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