Dentro de la banda argentina Mujercitas Terror, desenterramos notas, cadáveres de un Punk graso, de ultratumba o garage, y un rockabilly cadencioso, como para bailar con Satanás a la luz de la luna —parafraseando al dialogó del Joker (Jack Nicholson) en el ‘Batman’ (1989) de Tim Burton—. Pero también hallamos actitud y mucha profundidad.

 

Por Alfredo Padilla

 

En esa tumba se encuentra el sonido de ‘The Cramps’ o la lírica de Peter Murphy, pero también la literatura de H.P. Lovecraft, Richard Matheson, Clive Barker, Ramsey Campbell y Thomas Ligotti. Una poética oscura que Marcelo escribe para Daniela Zahra (bajo y voz) y Federico Losa (batería) —los demás integrantes de la banda—, y para aquellos espectros grises que escuchan las modulaciones de la música sombría tres metros bajo tierra: niños, mujeres y mayores infortunados, expirados todos, asesinados por la locura de una naturaleza sanguinaria.

Marcelo es un ente errabundo, una aparición que vaga tras la oscuridad de Ronnie Self y su alcoholismo, de los comportamientos erráticos y los incidentes violentos en el escenario; un vidente a priori de los episodios de ‘The Twilight Zone’, y un escucha mórbido de la enfermedad lírica de Hasil Adkins —el cortador sonoro de cabezas huecas—; un fantasma al que las películas románticas de vampiros y los cultos umbríos lo han llevado a fundar de igual forma a ‘Envidia’, proyecto que comprende un canto corrosivo de un folk melancólico, triste, como para hacer llorar a la desdentada en los brazos de la Piedad.

Parte de esta oscuridad semiótica son sus poemas, de los cuales me ha confiado tres, que serán integrados en su primer libro —atentas, editoriales—. El poemario consta de las letras más oscuras y descompuestas de Marcelo, que sin riffs, cuentan las historias más tétricas del amor, la locura y la muerte.

 

Sátiro demente

Un sátiro demente diferente de la gente

Enano y jorobado anduvo todas las noches

Que tú no andarás

Él no tuvo miedo de blasfemar uno a uno

Sin pensar en la inocencia del errante

Llenó sus silencios de interrogación del intelecto

Mientras lo golpeaban un poco se pensaban la vulgaridad

Por no entender del enemigo de su mente

Usaba colores de bandera

Y en una cajita el dedo de su abuela

Que al llevarla suspiraba

Ya del hombre se vio todo

Nada nuevo se verá

Decían pero sabían

Que no decían la verdad

Te abandono en la carrera en la calle y en la brea

Pega el sol de la prisión

Fantasmas de malvados ven la escena

Estoy solo y pienso y golpea el corazón

Qué crees que no soy yo

Que no puedo adolecer

Porque no estoy muerto,

con la fauna a sus espaldas,

el pie de cabra se aleja

al viento sus pelos pegados

No tener nada asfixia, cuando pasa muchas veces

Otro pueblo encontrará para resucitar

Otros banquetes de pequeñas copas

Si nada era importante

Llenos de odio los que esperaban algo

 

En soledad muere el deseo.

 

 

La silla servida

Las moscas se posan en ti

porque las moscas se posan en mí,

porque estamos rodeados

por los aires de la vida detenida

Tu sangre descolorida

en la silla servida

espera por mí.

Cubre tu boca

una mano del pantano

Tu vida a 100 metros del lago

no habita en el mal del cuarto

La silla servida se aleja,

alfileres en el cuerpo

que se clavan sin piedad

tienes ganas de gritar y olvidar.

En el pesado verano,

insectos circulan por atadas manos

Así yo estoy,

 

hundido, aislado, perdido,

sin piedras  para arrojarte.

-¿Él no va a ningún lado hoy?

Ella dice  no,

del hijo que murió.

Así yo voy,

flotando, aislado, perdido…

Bolsas en la puerta

rompen el nylon estirado,

enterrado en el cuarto

—Hijo ve a verla

Así yo cruzo en  la arena;

aislado, perdido,

sin piedras para arrojarte,

mientras mi cuchillo cae

yo voy a visitarte

Hundido, aislado, perdido…

 

sin piedras para arrojarte.

 

 

La última canción

Olor a pegamento donde hubo una familia

A rosas secas, tu amor prohibido

A materiales, las ruinas del fondo

A cera y lámparas, cerca del piano

A comidas caras, en la estatua de la flauta

A goma y plástico, en navidad

A bicho y barro, en el pocito

A grasa seca, en el carbón

La última canción

debe ser un recuerdo,

una historia sin victoria,

un altar en el tiempo destruido,

el reflejo del cristal maldito

Tu adopción mental termina,

un reflejo en el cristal sucio

Muertos en la foto del piano.

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