Pertenezco a una generación de metaleros mexicanos que compró el Master of Puppets de Metallica en versión nacional de PolyGram con los títulos de las rolas en español. En mi casete, que aún conservo en penumbrosa nostalgia, se lee “Maestro de Títeres”, “La cosa que no debiera ser”, “Mesías leproso”.

 

Por Daniel Salinas Basave

 

También tuve una grandísima colección de la Serie Rocker de la Wea. Ahí pepené el Practica lo que predicas de Testament, el Bienaventurado en Desprecio de Metal Church, Al sur del Paraíso de Slayer y tantos más. A mis 13 o 14 polluelos años, allá por 1987-88, un casete nacional costaba 15 mil viejos pesos en promedio. Ahorraba dinero, compraba mi objeto del deseo y el disco nuevo se convertía en el centro de mi universo durante meses.

Uno de mis tesoros más preciados de la adolescencia fue el Live After Death de Iron Maiden que compré en Denver. No sé cuántos cientos veces lo escuché sin alternarlo con nada más. Aún lo conservo (y firmado por Steve Harris).

En mis frecuentes viajes en camión entre Monterrey y el DF me iba cargado de casetes que escuchaba toda la noche en el walkman hasta que la pila se agotaba. Hoy recordé cuando compré el Painkiller de Judas Priest. En la lista de canciones se lee “Patrulla del Infierno”, “Todas las armas escupen fuego”, “Resplandor de gloria”. Aún lo conservo. El Painkiller fue el canto de cisne de una época, la apoteótica despedida de una generación de grandes discos metaleros. Sin duda está entre mis cinco discos favoritos de todos los tiempos.

Después vino la huevita de los 90 y sus prescindibles bandas de grunge y alternativo y el Metal con mayúscula vivió un largo invierno del que resurgió en el Siglo XXI.

Ahora la nostalgia me ha jalado las patas, pues hace unos días que no paro de escuchar el nuevo disco de Judas Priest, Firepower. Han transcurrido 28 años desde el Painkiller y la horda de Halford, Tipton y compañía han hecho un señorón discazo, uno de los mejores álbumes que he escuchado en lo que va del Siglo XXI junto con el Art of War de Sabaton y el Blood of the Nations de Accept.

Podría sonar a blasfemia decirlo, pero es un disco a la altura de Painkiller y British Steel. ¿Existirá una versión en casete mexicano del Firepower con sus títulos en español donde sea lea El Poder del Fuego? Voy por ella. Le juro que la emoción es la misma.

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