Cualquiera que guste de tirarse al trago, CUALQUIERA: desde ésos oficinistas que inventaron el horrible “juevebes” y se gastan gran parte de la quincena durante los fines de semana, hasta el alcohólico recalcitrante que para beber cualquier día es igual sólo cambia de nombre, todos ellos saben que entre una parranda épica, una borrachera a lo pendejo, o una noche que termine en fatalidad, la diferencia la hace la música que acompañe los cocteles. Porque la elección de la música al momento de ponerse en puntos burros es primordial y la más de veces decide si te la pasarás a todas emes o si ahuyentarás hasta los más necios.

Texto por Juan Mendoza

He tenido la oportunidad de platicar con un par de Djs profesionales quienes dicen llevar preparados dos o tres set list alternativos, ya que dependiendo de la reacción de la gente es como cambian de música. Y no es para menos, algunas de las cosas que llegaremos a considerar importantes en nuestra vida suceden en las trasnochadas, y la canción que suene de fondo será la que te hará sentir una añoranza por algún buen momento cuando la escuches muchos años después.

Y aunque debería resultar lo contrario, la mayoría de las veces el soundtrack de la peda está fuera de nuestro control, y es alguién más quien decide por accidente que esa será la banda sonora de tu vida. En una de las novelas que escribí cuando era muy joven (una de tantas que nunca será publicada) describí el encuentro del personaje principal con la que se convertiría en su musa y su razón de sufrir durante el resto de la historia. Éste sucede en una fiesta de bachillerato en la casa de una comparsa ubicada en un municipio del Estado de México dónde el metro más cercano está a 40 minútos en camion. El personaje entra a la fiesta con los estertores de haberse tomado tres caguamas callejeras y la ve al fondo del patio. Nos describe la escena: “Sentada ahí, junto a los tanques de gas, ríendo a carcajadas me topé con un par de piernas larguísimas cuya dueña me inspiró a declamar en voz baja mientras le miraba la cara a lo lejos: no es un angel que golpeó el suelo de una película de Wenders, ni un demonio salido de las páginas de una novela de Slama Rushdie, pero se acerca a lo que yo simplemente soñé”. Se acerca lenta y torpemente golpeando a sus compañeros de salón y se planta frente a la chica, la mira a los ojos y le dice: “Tú eres ella. Y eres como te imaginé” mientras tanto, las bocinas escupían una canción de Pixies, Where is My Mind …. ¡Y aquí descubrimos la mentira, el bluff y la pretención! Si es una fiesta de prepa a mediados de los noventa ¡nadie se iba a atrever a poner a Pixies a mitad del jolgorio! Lo más seguro es que la canción de fondo fuera Amor de mis amores de la Sonora de Margarita.

A eso me refiero.

A menos que asistas a un evento específico como una tocada de punk, un concierto tributo o que te adueñes de las cuestiones musicales agandallando la grabadara, el estéreo o el bluetooth, las rolas que acompañen la party (y la resaca after party) son un misterio agradable por descubrir.  Recuerdo mucho cuando el Bull Penn era el único antro en la Ciudad de México que tenía el primer disco de las Ultrasónicas en la rocokola. También tenía el soundtrack de “Y tu mamá también”, así que no era raro ver a Willy Fadanelli y comitiva de escritores pubertos cantando Vente en mi Boca y posterioremente sonara Watermelon in Easter Hay de Frank Zappa. Los fines de semana, si aguantabas más allá de la medianoche, llegaba el conjunto alcholizado como una cuba a interpretar María Teresa y Danilo, Llorarás y El Gran Varón. Supongo que sólo sabían esas tres canciones, pues las repetían dos veces más. Por eso, cada que escucho a Oscar D`Leon diciendo que tú no quieres que yo a ti te quiera recuerdo las épocas en que comenzaba a ser impuro y no quería abandonar nunca ese bendito lugar.

Cuando fui por vez primera al Dada X aún estaba ubicado en el Centro de la Ciudad de México, en un tercer piso de la calle de Bolivar. Llegué con un amigo que en ese entonces era el único que tenía auto y sus primos y primas fresas y mamones que insistrían en salir de Ciudad Satélite para llegarle a un antro del centro. Propuse ahí porque en lo recomendaban en la revista Complot. Supe que sería mi segunda casa cuando entramos y por las bocinas sonaba Edwyn Collins interpretando A Girl Like You. Despues escuchamos She Bangs the Drums de los Stone Roses, Devil`s Roof de Throwing Muses y los primos, que eran mayoría, se asustaron por el ambiente Darks y prefirieron ir a otro lugar donde la cerveza costará cuatro veces más cara. Aún recuerdo ir caminando por Bolivar y escuchar Here Comes Your Man de los Pixies mientras caminábamos al coche.

En un viaje a Cuernavaca con mis bróders La Banshee y el Ratón, pasamos gran parte de la noche buscando un antro donde nos dejaran entrar o donde estuviéramos cómodos. En un par de ellos decidimos salirnos debido a la música (segurmaente guaracha) y la mayor parte del tiempo la pasamos en el auto escuchando Black Eye y This Picture de Placebo una y otra vez. Y hablando de eso: es peligroso que un boracho necio se adueñe de la música. En una borrachera en casa del Ray obligué a mis cuatro bróders a ecuchar Creep de Radiohead al menos 64 veces. El karma me la cobró años después cuando en una peda godín en casa de un bróder oriundo de Sinaloa, éste colocó un cd quemado donde había grabado 129 veces Las Nieves de Enero de Chalino Sánchez.

En cantinas y garnacherías las rockolas juegan un papel imporante para empezar a entonarse. Una vez con mi amigo el Ray entramos a una marisquería de Tultitlán un domingo a las 10 de la mañana para curarnos la cruda derivada de la noche anterior. Gracias a que nos pasamos alimentando la rockola con canciones de Los Tigres del Norte, Cardenales de Nuevo León, Ramón Ayala e Invasores de Nuevo León, conectamos nuevamente la borrachera y salimos hasta las 8 de la noche bien entonados buscando pelea. O con mi amigo El Bronquitas, aquel día en que un sábado saliendo de la chamba fuimos a las Palomas a tomarnos lo que juramos serían “sólo un par de chelas” y terminamos bebiendónos un cartón cada quien gracias a que en la rockola la Wera, gerente y administradora de Las Palomas, había colocado el tributo rockero a José José. Terminaron echandonos de ahí hartos de oír las versiones del Gran Silencio y El Cártel de Santa (Lo que no fue no será y Amnesia, respectivamente) y decidimos seguirla en el Bull Penn. Así nos motivaban las rolas.

También hay canciones que se ponen de moda y las ponen hasta el hartazgo en todos lados. Recuerdo Don de Miranda, Ive got a Felling de Black Eyes Peas o Like Stone de Audioslave, que inevitablemente quedan ligadas a la aventura dipsómana. Ahora en la era del -Youtube, Spotify y conexiones USB, es más fácil congraciar a la mayoría de los comensales resultando un cóctel ecléctico donde lo mismo suena Paulina Rubio que los Rolling Stones.

Para acabar la borrachera, ya entrada la madrugada, el lugar común es poner a Juan Gabriel y a José José. Palabra del señor que hay alguna información en el ADN de todos los mexicanos que hace que nos sepamos todas las chingadas rolas de ésos weyes. He visto rockeros a ultranza, metaleros que beben como cosacos, punks desvencijados, pseudofresas ya maltrechos y morras bien buenas que a las 4 am se hermanan con un abrazo popular cantando a gritos el coro en el que Jose José pide un aplauso para el amor que a él ha llegado. Sin embargo, las canciones de fin de fiesta suelen también ser variantes y sorpresivas. Con el compa Carlos Camaleón terminamos un after cantando Indiana, Nassau, Vuelve a mí y Devuélveme a mi Chica de los Hombres G a todo dar a las 5 am.

Con la Mismísima (my wife) teníamos un truco para librar el alcohólimetro feroz cuando salíamos de parranda: regresarnos a casa dadas las 7 am. Esa desición comunmente la tomábamos en la misma madrugada, por lo que nos buscábamos un lugar donde podríamos beber con singular alegría hasta que despuntara el alba. Comunmente íbamos al Jacalito, donde con el bodegón lleno y ya casi por amanecer ponían rock en español, o cuando estaba clausurado, al Burburock, donde el Dj se especializaba en rock alternativo y ponía The Cure, Strokes, Dandy Warholes. Desde postpunk hasta Grounge.

La última vez que salimos de ahí a las 6 am y llegamos directamente a la barbacoa de Cuautitlán, fue el mismo día que después de una plática intensa y nueve años de matrimonio decidimos tranquilizar el ritmo madreador que llevábamos y que quizá convendría utilizar las pocas neuronas que nos quedaban para críar un hijo. La canción que soanaba en el radio en ese preciso momento, cuando ya amanecía, cuando terminaba la peda, cuando tomamos la desición que (neta) nos cambiaría la vida, casual y atinadamente era Norte de Little Jesus.

En mis numerosos viajes fuera del defectuso por toda la República siempre me daba salir por la noche, buscar un taxi y solicitarle al chofer me llevara al lugar donde tocaran rock. Ya en otra ocasión contaré a dónde me llevaban y qué música terminaba siendo el soundtrack de esas noches.


Juan Mendoza (Naucalpan, Estado de México) es escritor. Ha colaborado en revistas como Generación, Clarimonda, Moho, Tabique, Carretera Perdida, Punkroutine. Es autor de los libros Anoche Camine con un zombi, Ya puedes olvidarlo, El show del corazon sangrante y Mi reflejo en una montaña cubierta de nieve, recientemente publicado por la editorial Nitro/Press

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