Muchos años después me di cuenta que lo mío era una enoclofobia elevada a la tercera potencia. Es decir, un exacerbado pavor a las multitudes. Durante mucho tiempo he evitado las concentraciones multitudinarias. Desde centros comerciales, ferias de pueblo, mítines y, sobre todo, sin que me diera cuenta de ello, los festivales musicales, donde toda la fauna musical del país suele concentrarse.

La simple idea o pensamiento de verme situado en medio de tantas y tantas personas me produce una especie de pavor, un espasmo inhóspito desesperatorio. Pero, ¿a qué se debe todo ello, de dónde viene toda esta situación que me acongoja?

Algunas de las razones, según los estudiosos, por las que se puede experimentar esta fobia tienen que ver con el hecho de “ser una persona tímida por naturaleza, no poder desentenderse de las emociones de los demás alrededor de uno o no sentirse seguro cerca de tanta gente desconocida”. La primera y tercera razones si están muy ligadas a mi persona, sobre todo la última, pero en realidad la culpa de todo ello la tiene Gloria Trevi, sí, la de los zapatos viejos y la papa sin cátsup. Ella fue la que de manera casi directa influyó para que se regocijara en mí una de las tantas fobias que permean en el ser humano.

Cuando estaba morrito, solía seguir casi frenéticamente la carrera artística de Gloria Trevi. Me fascinaban sus canciones, su mood, su estrafalario comportamiento dentro y fuera del escenario, su voz aguardentosa, sus garras, sus medias, su pelo enmarañado, hasta sus películas Pelo suelto, Zapatos viejos y Una papa sin cátsup, con las cuales se dice llegó a tener ganancias que suman más de 36 millones de dólares.

En sí, toda ella me parecía una femme fatal contemporánea que me incitaba a la incorrección y el desmadre; el baile frenético y desmedido.

Todos los domingos –o cuando se presentaba- solía verla, acompañado de mis hermanas, en el programa Siempre en domingo que conducía Raúl Velasco, el amo y señor de la programación musical en Televisa. Solía también dejar de hacer casi cualquier cosa, como jugar con los amigos, por verla afanosamente en cualquier otro programa y horario en que solía tener lapsos de aparición e, incluso, cuando visitaba a mis primos en la ciudad y me quedaba en sus casas, aprovechaba para buscar algún show que estuvieran programando en algún otro canal del Telecable.

Era una euforia total la que esta hermosa mujer despertaba entre mis hermanos, primos y amigos de la cuadra. Nos sabíamos completamente cada una de sus rolas y las bailábamos y cantábamos a la menor provocación. Pero como todo en la vida, el vínculo directo se desvaneció de manera casi rotunda (aunque realmente nunca se perdió) y no fue precisamente cuando se incrementaron las sospechas y se le acusó, junto a su manager Sergio Andrade, de abuso sexual a menores y que le llevó a la cárcel durante varios años.

Todo tuvo que ver con una ocasión, cuya fecha no recuerdo plenamente (principios de los noventa), que Gloría Trevi visitó Morelia (Michoacán), mi ciudad natal, para ofrecer un show en la Expo Feria. No sé exactamente si esa vez le pedimos a mi padre que nos llevara a verla, pero estuvimos ahí para contarlo. El show se llevaría a cabo, de manera gratuita en el Teatro del Pueblo, en las antiguas instalaciones de la salida a Salamanca. Junto con la familia de un buen amigo, nos dirigimos al recinto para disfrutar, como cada año, de la Feria. Recorrimos la parte comercial, la ganadería, los juegos (a los que nunca me subía y ni me sigo subiendo por otra de mis fobias) y después nos fuimos al Teatro del Pueblo.

Estuvimos con mucho tiempo de anticipación sentados a la espera de la artista estelar. Faltaba aproximadamente media hora para que saliera y diera su show, pero inexplicablemente el lugar se encontraba vacío, así que teníamos buen lugar hasta adelante. Los morrillos estábamos contentos y felices porque veríamos en vivo a la mismísima Gloria. Entonces desde el sonido local se escuchó: “¡Con ustedes, Gloriaaaaaa Treeeeeviiiii!”. Nos emocionamos, la vimos salir con sus garras de siempre, sus pelos alborotados de siempre y su voz tal cual como en la televisión.

Casi inmediatamente al anuncio de su presencia, se dejó venir una estampida de frenéticos y jubilosos fans, quienes de manera desaforada y burda buscaban el lugar que los posicionara más cerca de su ídolo. Nosotros éramos muy pequeños y la horda era demasiado grande. De pronto me vi encerrado entre gritos, empujones y alaridos de los miles y miles que se congregaron de un momento a otro. La desesperación fue evidente en mis padres y los de mi amigo. El oxígeno se consumía rápidamente “ahí abajo” y sentía que me ahogaba. Mi hermano Erick, aún más pequeño, comenzó a llorar desconsoladamente y mi padre lo montó entre sus brazos para que pudiera tener un respiro fuera de la gente. Mis hermanas y yo nos tomamos de los brazos tratando de salir entre las personas. Yo sentía desfallecer entre tanto frenético, y justo cuando pensé que jamás lograría salir vivo de ahí, un fuerte jalón me sacó de la multitud y así pude respirar aire puro tranquilamente.

Después de ese día todo fue diferente. De alguna manera relacionamos la figura de Gloria Trevi con aquella repugnante experiencia en la que casi perecemos de asfixia, y todo por una horda de desenfrenados fans que no midieron las consecuencias de sus actos. Tras esa experiencia, mis padres jamás nos volvieron a llevar a una concentración masiva de ninguna índole y yo nunca volví a ver una manifestación de tal envergadura como lo provocó aquella noche la irreverencia y desfachatez de “La Trevi”, la chica consentida del difunto Carlos Monsiváis.

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