La expectación ante el debut de Soda Stereo en Estados Unidos nos contagió a muchos. De forma extraña, la fecha de su presentación en The Palace, coincidía con un aniversario luctuoso de Lennon: 8 de diciembre de 1989. Días antes, el teléfono de mi apartamento en Upland, California, timbró inusualmente. Al fondo de la bocina escuché la voz de un colega que llamaba desde Tijuana y que se presentó como Octavio Hernández-Díaz.

Ambos nos reconocimos como colaboradores en México de distintas revistas y diarios, entre ellas la Rockagenda que publicaba anualmente el sello discográfico Opción Sónica, bajo el comando de Edmundo Navas, uno de varios amigos mutuos. Octavio me hizo saber que subiría a Los Ángeles para ver a Soda y me preguntó si podía hospedarlo en mi casa por una noche luego de ello.

En 1989, Soda Stereo realizaba la gira de Doble Vida, ese álbum que incluía, entre otras, aquella balada emblemática de nombre “En la ciudad de la furia”, que era uno de sus momentos climáticos en concierto; en aquél escenario en el que sobre altas columnas se montaba la batería de Charly Alberty, y aparecían algunos de los músicos que les acompañaban: el saxofonista Gonzo de Los Twist y la corista Andrea Álvarez.

Me encontré con Octavio allí por vez primera. Y más tarde, él y su entonces esposa, la fotógrafa brasileña Rosvita Nienow, manejamos los acostumbrados 45 minutos de freeway hasta llegar a Upland, donde seguramente bebimos cerveza y hablamos como tantas otras veces lo haríamos del concierto que recién habíamos visto y de tantas otras cosas. Esa noche surgió una complicidad que se extendería hasta el triste día de la muerte de Octavio; una complicidad que nos hermanaría en distintos proyectos y que nos acompañaría por diversos derroteros.

Muy pronto, Octavio, otros amigos y yo decidimos crear una publicación, modesta pero novedosa por su contenido, con la idea de compartir nuestra pasión por el rock latinoamericano y ofrecer información a los melómanos de habla hispana radicados en Estados Unidos que se interesaban en los grupos y solistas que comenzaba a llegar por primera ocasión a ese país. Maldita Vecindad, Los Fabulosos Cadillacs, Duncan Dhu, entre ellos.

El acordeón, como bautizamos a nuestro fanzine, consistía de tres hojas carta, dobladas por la mitad, que se abrían y cerraban tal cual uno de esos instrumentos tan utilizados en la música norteña mexicana como en el vallenato colombiano y tantos otros estilos. En su primer número, con la imagen de Saúl Hernández en su portada —tomada por la propia Nienow durante el debut de Caifanes en la Unión Americana, en el Teatro Wiltern de Los Ángeles—, aludimos a varios de los acordeonistas que nos significaban algo, dando juego al espíritu lúdico que nos inspiraba la publicación: David Hidalgo de Los Lobos, James Fernleay de The Pogues y el chicano “Flaco” Jiménez, entre otros. Ese número dio inicio a una serie de aventuras, existenciales como profesionales, que compartí con Octavio movidos por la incurable pasión que ambos nos manifestamos hacia el rock, las músicas del mundo y muchos otros sonidos.

Fue él quien me inició en la música brasileña, en figuras que aún hoy en día son poco conocidas en el resto de Latinoamérica como Cazuza, Lobão, Legiáo Urbana y Os Titãs. Dado que estaba casado con Rosvita, Octavio tuvo la oportunidad de visitar Brasil en varias ocasiones y dar rienda suelta a esa curiosidad insaciable que tuvo siempre por la música. En 1989, MTV Brasil entregó un reconocimiento a Titãs por su catártico álbum Õ blésq blom, y los paulistas tuvieron la oportunidad de presentarse en Los Ángeles. El número 2 de El acordeón tuvo en su portada una imagen en la que pueden verse tres de los integrantes del octeto: Arnaldo Antunes, Nando Reis y Sergio Britto, en su presentación en un local de Long Beach al que Octavio y yo no faltamos. Recuerdo con cariño la determinación y persistencia suya para pasar al camerino, cruzar unas palabras con los músicos en turno y celebrar con ellos el triunfo de aquella noche. Empujaba el armazón de sus infaltables anteojos con el dedo índice, un gesto suyo muy recurrente, y luego soltaba: “Vamos al back, ¿no?…”  Incontables eran las peripecias que Octavio ponía en marcha para burlar la mala leche de los tipos de seguridad que resguardaban la entrada a camerinos para filtrarse a estos, o bien los escándalos que armaba ante un empecinado guardia que no lo dejaba pasar argumentando que sus amigos seguramente lo recibirían con gusto. Aquella noche, Octavio y yo terminamos charlando con Charles Gavin, el baterista de Os Titãs,  y estrechando la mano de cada uno de los integrantes de aquel grupo brasileño que nos volvía locos y que, así pensábamos, era un golpe de suerte el poder haber presenciado su impresionante directo a todo calor.

El impacto de El acordeón, pese a su simpleza, fue creciendo como el gusto por el rock latino entre los muchos jóvenes emigrantes que llegaban a California en busca de oportunidades. A Octavio le redituó una invitación al tabloide LA Weekly, que recibió con mucho orgullo, y a mí me llevó a Los Angeles Times. Tanto él como yo fuimos también invitados a colaborar como columnistas en el diario La Opinión, compartiendo páginas que atizaban el fuego de nuestra lujuria por la música y la palabra escrita.

El solidario interés que Octavio y yo compartíamos en aquellos días por dar cuenta de lo que acontecía con el rock latinoamericano en Estados Unidos nos siguió llevando hacia otros lugares. Nueva York se convirtió en uno de nuestros objetivos y allá fuimos a atestiguar cómo era que la SGAE española presentaba anualmente en el New Music Seminar una delegación de músicos de lo mejor que había en aquel país: Camarón de la Isla —en una edición a la que no llegamos—, Os Resentidos, Los Rodríguez, Seguridad Social, entre tantos otros. Así, el número 6 de nuestra publicación se convirtió en una especie de catálogo bilingüe en el que incluimos fichas breves de los nombres más emblemáticos del género, con la idea de que se le reconociera como algo más iberoamericano que por un fenómeno inherente a sus múltiples ciudades. No faltaron en ese número los nombres de Charly García, Divididos, Corcobado, Jaime López, Radio Futura, Os Paralamas do Sucesso.

Entre las anécdotas que rememoro de aquellos viajes iniciáticos y frenéticos a Nueva York, está aquella en la que Octavio y otro par de amigos marcharon hacia el Central Park en busca de algo de yerba para fumar. Eran días de lluvia y habíamos comprado unos paraguas endebles de tres dólares para cubrirnos cuando salíamos a la calle. Yo me mantuve en el cuarto del hotel donde estábamos hospedados. Una vez que estuvieron de regreso con la compra en las manos, la cual mantuvieron oculta para no ser sorprendidos por la policía, tal como el par de hombres de color les advirtieron al vendérselas, cayeron en la cuenta de que habían sido timados con un puño de hojas de pino. Molestos con ello, los cinco o seis que estábamos aquella tarde bebiendo cerveza y celebrando nuestro encuentro en Manhattan, salimos disparados del hotel con aquellos remedos de paraguas en la mano y la supuesta idea de enfrentarnos a los dealers que rondaban el mítico parque, ya con la oscuridad de la noche cayendo sobre nosotros. Como era de esperarse, no encontramos a nadie y no nos quedó otra que regresar de nuevo al hotel a reírnos del episodio absurdo que recién habíamos vivido, impulsados sobre todo por el incontenible sentido del humor que caracterizaban a Octavio.

El arranque de los noventa fue un periodo productivo para Octavio Hernández. Además de tener actividad importante en California, es decir su posterior involucramiento en publicaciones independientes como La Banda Elástica —que en gran medida reemplazó a El acordeón— y Retila, él jugaría un rol determinante en el desarrollo del rock en la frontera de Baja California no sólo como periodista, sino a su vez como promotor, convirtiéndose en icono de su efervescente escena musical. Recuerdo sus reflexiones acerca del concurso que puso en marcha por entonces, aquel “Battle of the Rebels”, en el que destacaron agrupaciones de Tijuana como el No de Tijuana —que a la postre se convertiría en Tijuana No— y Mercado Negro. Su pasión desbordada por la música en general lo impulsó a involucrarse en todo tipo de proyectos, a los que invariablemente se refería con el entusiasmo que jamás le faltó y el optimismo hacia el desarrollo en particular del rock latinoamericano que él manifestaba a través de una de tantas frases que había acuñado para dar muestra de su ingenio y su llama interna: “¡Esto no lo para nadie…!”

Fueron muchas las charlas que emprendimos juntos, los conciertos en los que nos encontramos y los discos que escuchamos. Se me vienen a la memoria, entre otros momentos compartidos, la entrevista con Herbert Vianna que hicimos al alimón durante la mezcla de Nueve lunas, en el estudio Enterprise de Los Ángeles o aquella realizada al interior de un autobús con el argelino Cheb Khaled, minutos después de su primera actuación en Estados Unidos, en el marco del Summerstage, en 1991. El atestiguar juntos aquel desmán que El Tri armó en el Palladium del bulevar Hollywood, luego de que Lora reclamó los malos tratos del cuerpo de seguridad a los asistentes, trifulca que ocasionó que un exagerado despliegue policiaco, helicópteros incluidos, se instalara en la zona. O el derrochar una noche junto al cineasta Julian Temple en el Zacazonapan —la última vez que me encontré con Octavio— mientras hacíamos planes para filmar aquel documental sobre Nortec que finalmente tuvo otro desenlace. Toparse con Octavio era sin duda no sólo refrendar una amistad añeja e intensa, a su vez era buscar la forma de celebrarla o, mejor dicho, de celebrar la vida. La vida que, seguramente como uno mismo, extrañará su chispa, su imaginación, su erudición, su generosidad y su incandescencia.


*Con este texto recordamos a nuestro gran amigo Octavio Hernández, de quien hoy cumplen dos años de su fallecimiento. 

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