Alguna ocasión, en un grupo de Periodismo Rock en Facebook, mi buen amigo Arturo J. Flores (Editor de la revista Playboy México), lanzó la pregunta sobre cuál ha sido nuestro “coco” para entrevistar dentro de nuestra labor como periodistas. Sin atreverme a contestar públicamente, recordé entre risas aquel primer encuentro que tuve con el mismísimo “Pato”, guitarrista de La Maldita Vecindad.

 

Por Manuel Ayala

 

Esa ocasión que lo conocí en persona, me encontraba preparando una edición de la revista Clarimonda, la cual llevaría el tema de “Cultura Popular” como eje central. Así que me pareció chingón entrevistarlo, todo dentro del entendido que este, ahora buen amigo, es un referente de la música popular y el rock nacional.

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Al “Pato” lo empecé a cotorrear un par de meses antes porque me tocó ser parte del comité de organización del Encuentro de Arte Urbano de Morelia en el 2012. En esa ocasión lo propuse para que fuera uno de los ponentes en las mesas de diálogo y discusión en torno al tema. Comenzamos a entrar en contacto vía Facebook y poco a poco fuimos agarrando cura en cuanto a detalles con su participación: fechas, actividad concreta y hasta un after party musical que quedó ahí en el tintero. Varias veces, incluso, hubo la oportunidad de encontrarnos tanto en Morelia como en la Ciudad de México, pero nunca se dio el tiempo ni la ocasión precisa para hacerlo.

Después de tanta charla que veníamos frecuentando debido a ese trabajo, me comentó que estaría unos días de paso y nos citamos una noche cualquiera frente a la Catedral de Morelia. Estúpidamente creí que solamente echaríamos unos tragos por el encuentro en persona y no me preparé para aprovechar el momento y realizar la entrevista. Se me fue el pedo y me lancé así, sin armas. No traía ni libreta, ni pluma, ni mucho menos grabadora de voz o algo que sirviera para llevar a buen puerto la charla. Ah, pero yo iba bien puesto para el desmadre.

Cuando le pregunté que a dónde quería ir me dijo que a donde fuera, un lugar chido para hacer la entrevista. Cuando escuché eso el pinche nervio corrió por mis venas y los pelos se me erizaron. No supe qué decir, solamente se me ocurrió llevarlo a un café en la zona de Las Rosas y de ahí ver qué chingados podía pasar. Pedimos una cerveza, le dimos unos tragos, medio empezamos a platicar del evento que teníamos en puerta y yo no me quitaba la pena de decirle que no traía nada preparado para la entrevista.

Después de unos minutos así, por obra de la causalidad y el santo niñito, vi que a la mesa de al lado se había sentado Mariana, también integrante del comité de organización de aquel encuentro. Me paré para saludarla y discretamente le pregunté si no traía algo para grabar la entrevista. Al ver que me encontraba con el “Pato” se entusiasmó y se dirigió con sus amigos. Regresó con un celular en mano y creí que todo estaba solucionado, así que le pedí me acompañara para que me hiciera paro con la entrevista.

Lancé la primera pregunta. El “Pato” comenzó a explayarse y nosotros nos manteníamos a la expectativa de cada una de las cosas que nos iba contando. Empezamos por la historia de La Maldita y los referentes de la cultura popular, como Tin Tan, que tanto les han influenciado. El “Pato” seguía explayándose y yo al tiro con la jugada. Pero después de varios minutos Mariana soltó una risilla nerviosa y el “Pato” cortó de tajo su charla con un temible: “¿No está grabando?”. “No”, contestó Mariana, y el pinche nervio salió nuevamente a flote.

Checamos el celular y entonces sí le pusimos grabar. El “Pato” ni se inmutó por la situación y al contrario, resumió nuevamente lo que ya nos había comentado extensamente. Seguimos con la entrevista y parecía que todo iba bien, pero de nuevo se presentó un problema. El celular era de esos que solamente graban cinco minutos y se corta. Así que mucho de lo que nos comentaba este carnal se iba quedando solamente en nuestros oídos y no en la grabación.

Durante la larga charla que sostuvimos en medio del barullo de las personas que se encontraban a nuestro alrededor, aunado al ruido de coches, interrupciones de los vendedores de a pie, los morritos que piden dinero ‘para un taco’ y un sinfín de cosas más, por momentos la charla se precipitaba y la incomodidad se mantenía al acecho. Pero otras ocasiones continuábamos fluido y no había quién nos parara. Al final la conversación había sido muy nutrida y con altas expectativas de que sería un trabajo chingón que engalanaría la edición.

Ya entrados en copas y con el “Pato” dispuesto a seguir de juerga, nos lanzamos al bar Cactux donde seguimos platicando sobre distintos asuntos. Ahí se nos acercaron otros amigos músicos como el Irepan y Franco Lugo, además del “Primo” y el Gil (dueño del bar). Ahí planteamos entonces la idea de hacer un afterparty en el que ofreceríamos un show gratuito para toda la banda que se diera cita al Encuentro de Arte Urbano y los que se quisieran unir al palomazo. Comimos tacos árabes, le di a probar la cerveza moreliana artesanal La Brü y charlamos hasta que nos cayó la noche y yo ebrio me lancé de regreso a casa.

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Siete años cumplidos tenía yo cuando una navidad mi primo Fidel, el que vivía en la ciudad, llegó al pueblo con un casete que marcaría mi infancia para siempre. Entusiasmado mi primo lo puso en el reproductor y algunos de los tíos comenzaron a tirar carrilla al escuchar aquellas canciones que hablaban de pachucos, patas de perro, kumbalas, pocas sangres y solines. Se trataba de aquella excelsa producción musical titulada El circo, la que sin duda alguna catapultó al estrellato a la hoy mítica banda La Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio.

Cuando terminé de escuchar la última rola de aquel casete sentí un pinche desparpajo chingón en mi cuerpo. Me di cuenta que Cri Cri, Xuxa, Yordi y hasta Michael Jackson –lo más in que escuchaba en esos tiempos- se irían prontamente a la mierda y que La Maldita pasaría a tomar su lugar. Así que a la mañana siguiente, contrario a ir jugar con lo que había recibido en el intercambio navideño, como lo hicieron mis primos, corrí a buscar a mi padre para pedirle insistentemente que me comprara aquel casete que me había deslumbrado. Mi padre, como solía hacerlo, me dio un sí sin pensarlo mucho y a los tres días ya lo tenía en casa. El “Pato”, Roco, Aldo y Sax se convirtieron entonces en mis ídolos de la infancia y juventud.

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A la mañana siguiente, cuando me puse a transcribir la entrevista me di cuenta que todo intento por grabarla había sido un pinche fiasco. El ruido externo, el cortón que había entre una grabación y otra y las constantes interrupciones habían provocado que el audio estuviera jodidamente inentendible. Quería gritar, quería madrear la computadora. Recordaba vivamente aquella charla que sostuvimos pero no me atreví a poner palabras que quizá ni siquiera el “Pato” había mencionado y mucho menos se me ocurrió escribir a manera de anécdota todo lo que nos había contado. Por lo tanto no salió publicada esa entrevista en aquella edición en la que pretendía se incluyera.

Durante varios meses guardé silencio y frustración por esa malograda entrevista. No quería comentarle nada al “Pato” porque no quería yo que me fuera a juzgar o romper el contacto que teníamos. Fue tiempo después cuando por fin tuve las agallas y me atreví a contarle un poco sobre lo que había sucedido. Le pedí disculpas por el hecho. Creí que me mandaría a la mierda y sentí pena por haberla cagado tan feo con alguien que admiraba desde la pubertad. Pero no fue del todo así, aún a pesar de eso había algo que todavía teníamos pendiente y sabía bien que con eso podía sacarme la espina. Contacté nuevamente al “Pato” para hacerle la propuesta de que fuera él nuestro invitado especial en el festejo del noveno aniversario de Clarimonda y aceptó sin bronca. Armamos un pachangón en septiembre del 2013 y solo así fue que pude resarcir mis penas.


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