Tarkovsky es sin duda uno de los cineastas rusos más importantes en la historia del cine. Ganador del León de Oro del Festival de Venecia en 1962, Andrei Tarkovsky quería escribir un libro que hablara “de todo” en cuanto estuviera relacionado con el cine, y lo logró  poco antes de su muerte.

 

Texto por J. A.  Benson / *A los 4 Vientos / Erizo

 

Esculpir el tiempo es un libro que nos comparte la gran batalla de Tarkovsky como cineasta, los obstáculos que tuvo que superar como realizador y el sacrificio que tuvo que hacer para poder continuar haciendo cine —incluyendo abandonar su propia tierra, lo cual produciría en él una enorme nostalgia.

El autor menciona que sus pensamientos y concepción del universo cinematográfico sólo son una interpretación basada a partir de su experiencia. Andrei coloca uno de los rostros de la quimera y para nada intenta alzarse sobre otras teorías existentes.

De hecho, el título original (“Yuxtaposiciones”) deja claro que las intenciones del director eran ofrecer un panorama del cine como arte y su naturaleza, sin proclamar que su teoría del arte fuese la respuesta acertada o legítima; en su lugar es una reflexión de los alcances del cine como arte.

Tarkovsky tacha el uso del término “vanguardia” en el arte, pues lo considera un concepto equivocado, pues se da el concepto de tecnología de vanguardia en el arte pero no de arte de Vanguardia. ¿Quién podría decir que Thomas Mann es mejor que Shakespeare?

Algo en lo que el autor pone énfasis es la diferencia entre el cine de autor y el cine comercial. Más allá de lo evidente entre las fronteras que separan uno del otro tipo de cine, Tarkovsky nos propone analizar el problema del cine comercial dirigido por la política de un pueblo y por sus grandes empresas: ambos controlan la cultura del país a su antojo y conveniencia.

El cine comercial busca entretener, no existe un compromiso con la realidad del autor, es vacío y sólo cumple la función de ofrecer una reproducción de temas sensacionalistas, morbosos, o que sean fácilmente digeribles para las personas. Esto está carcomiendo a nuestra sociedad, pues estamos sufriendo un vacío espiritual muy grande y consumimos películas como si fueran coca-colas.

El cine de autor guarda un profundo compromiso del realizador con su obra, y esto en consecuencia es un compromiso hacia el público. No busca satisfacer a las masas, invita al diálogo, a la reflexión y a descubrir la verdad propia que le otorga quien la ve; es, pues, una pieza de arte.

Con estas afirmaciones sobre el pragmatismo de nuestra sociedad materialista, es que Tarkovsky se reconocía a sí mismo: no como un director de cine, sino como un poeta, pues sus intenciones eran de completa honestidad, animadas por su interés en los grandes conflictos del género humano. Todo eso capturado en la vida misma, es por ello que él habla de este proceso como “esculpir el tiempo”.

Según Tarkovski, la responsabilidad del autor debe ser hacía con su obra, pues la realización fílmica de una realidad sólo puede ser verdadera si proviene del lugar donde se desarrolla, en el momento preciso, sin adornos, para poder ser legítima y verdadera, como la vida.

La premisa que rige este tipo de cine es que las grandes obras son perennes al paso del tiempo porque manejan total sinceridad e inmortalizan facetas de la condición humana. La identificación que nos ofrece el arte es el camino hacia el autoconocimiento.

El papel del realizador es también parecido al de un Demiurgo que crea la realidad interna de su ser capturando el momento. El público también toma parte en el proceso, pues es el destino final del producto cinematográfico, es quien termina otorgando una cualidad e interpretación diferente. Más importante, el estado anímico que producirá en la persona será único e irrepetible, podrá haber conclusiones similares, pero la intensidad y el valor que le otorgará cada persona será irreplicable.

Es obvio que las obras de Tarkovsky para nada obedecían las pautas del cine comercial, es por ello que toda su vida sufrió la censura que recibieron sus producciones, las cuales no podía distribuir y ni siquiera llegaban a taquilla.

Todas estas etapas de la vida del director ruso son contadas por él en “Esculpir el tiempo”, incluyendo datos sobre la huelga de hambre a la que recurrió, su exilio a Italia (no le quedaba otra opción), además de incluir anécdotas, poemas de su padre, cartas de su público. Y, por supuesto, también nos habla sobre la realización de los seis filmes que realizó de manera profesional durante su vida.

Es una obra autobiográfica, disciplinaria y testamentaria que terminó de elaborar ya en sus últimos años de vida. Es por ello que es un libro indispensable para todo aquel amante del cine ruso o del cine de autor.

 


*Trabajo publicado con la autorización de 4 Vientos.

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