Inmerso en una alucinación de duermevela o contemplando mil y un  ángeles colgados de los árboles, William Blake consumó las bodas del Cielo y el Infierno en 1793. Más de dos siglos han transcurrido y los frutos profanos de este matrimonio aún siguen fascinándonos.

Heaven and Hell es el nombre de un disco emblemático de Black Sabbath, piedra angular en la historia del metal. Aquella portada de los angelitos fumadores jugando al poker, marcó una encrucijada en la historia del rock y re definió su sonido, convirtiéndose en acto fundacional y fuente de inspiración del movimiento metalero europeo. El heavy power de hoy no sería el mismo sin aquella obra.

El Elfo maldto, el padre de la señal de los cuernos, la voz sagrada del metal es soundtrack en la película de mi existencia. Es Arcoíris en la oscuridad, sangre de dragón blindando mi piel en la batalla de la vida. Contra la ortodoxia y el lugar común de la iglesia sabbathiana, siempre he dicho que en el Cielo y en el Infierno suena la voz de Dio antes que la de Ozzy.

Subamos a la máquina del tiempo y retrocedamos cuatro décadas. Estamos en 1978 y Black Sabbath acaba de grabar un intrascendente Never Say Die, reflejo inocultable de su decadencia. Un Ozzy Osbourne cegado por la nieve, ahoga en vómitos sus eternas noches blancas mientras la carrera de Sabbath se va sin remedio al abismo. Cuando Tony Iommi decide darle una patada en el culo a mister Osbourne, ocurre el milagro que salvó al sábado negro: de la olla al final del arco iris brota un cantante chaparrito con cara de gnomo que había fascinado al mundo dando voz a la guitarra de Ritchie Blackmore en esa mítica banda llamada Rainbow.

Este hombre, llamado Ronnie James Dio, se convierte en el frontman de la banda de Birmingham y le cambia la esencia. Su tersa y educada voz levanta a Black Sabbath de la tumba y crea uno de los mejores discos en la historia del metal: Heaven and Hell, un álbum grabado por una alineación emblemática conformada por Iommi, Dio, Butler y Ward que compuso himnos eternos como “Neon Knights”, “Children of The Sea” (sin duda mi favorita), “Die Young” o la homónima “Heaven and Hell”.

Un año después, ya con Appice en la bataca, la banda graba Mob Rules un buen álbum que sostiene el nivel, pero sin pasar a la historia como un fuera de serie. Un disco en vivo llamado Live Evil termina por ser el legado póstumo de esta agrupación que consuma en 1983 su primera ruptura.

Dio arranca con Holly Diver su carrera como solista mientras que Sabbath inicia un camino errático lleno de inestabilidad donde salvo por ese raro experimento con Ian Guillan llamado Born Again, casi todo fueron intrascendentes álbumes de un solitario Tony Iommi acompañado por ilustres desconocidos. En 1992, la alineación del Heaven and Hell tiene una repentina y fugaz resurrección y graba Dehumanizer, un álbum que es sin duda lo mejor de Sabbath en los 90, si bien el equipo ni siquiera alcanza a terminar la gira reunido.  Es en aquel errático tour del 92 cuando Sabbath visita por vez primera la Ciudad de México.

Hoy, visto a la distancia, queda claro que los angelitos fumadores ganaron una apuesta a la eternidad en su juego de cartas. De la carrera en solitario me quedo con el irrepetible Holy Diver, el Dream Evil, The Last in Line. Más allá de lo emblemático de himnos como “Rainbow in the Dark” o “We Rock”, me concentro en piezas atípicas de una pesadez machacona capaz de cavar en el subconsciente. “Shame on The Night” o la poco difundida “Strange Highways”, piezas absolutamente Doom que el mismísimo Candlemass envidiaría.

Estoy consciente de que ante el santo sínodo de la iglesia del Sábado Negro he cometido una herejía, pues no pocas veces he dicho que mi tótem es Dio y no Ozzy. Sí, ya sé, la esencia y el espíritu de Sabbath yace en los primeros ocho discos (o por lo menos en los primeros cuatro) pero aunque puedo inspirarme hasta el éxtasis con “Sabbath Bloddy Sabbath”, “Sweet Leaf” y “War Pigs”, mi aliado en el camino de la vida ha sido el elfo maldito

Vi a Dio por vez primera en agosto de 2002 en el Coors de Chula Vista, junto con Deep Purple y Scorpions. Como a ese concierto entré en calidad de fotógrafo, me tocó tener a Dio a escasos metros cuando abrió con “Killing the Dragon” ligada con (devórame mar) “Children of The Sea”. Momento sublime. El cierre (a petición de mis incesantes gritos) “Rainbow in The Dark”.

Volví a ver a Dio un año más tarde en el Sports Arena con Maiden y Motorhead (vaya trío de monstruos sagrados) pero la consagración fue en la primavera de 2007. Todo parecía indicar que la historia de Sabbath con Dio quedaría en esporádicas reuniones de festivales veraniegos, hasta que en 2007 las cosas dan un giro inesperado: Sale a la venta el recopilatorio Sabbath- The Dio Years con tres canciones nuevas y ¡oh sorpresa!, se anuncia una gira con Iommi, Butler, Dio y Appice unidos bajo el nombre de su más emblemático álbum: Heaven and Hell. La gira tiene un buen recibimiento en el mundo metalero y muestra cuatro músicos en excelente forma, como pudimos comprobar el 27 de abril de 2007 en el Coors Amphiteatre de Chula Vista.

Poco después brotó Devil you Know, el sorpresivo nuevo disco de Black Sabbath a.k.a. Heaven and Hell con rolas de alta octanaje como “Bible Black” y “Breaking into Heaven”. Me sobaba las manos para una nueva gira en 2010, pero la parca tuvo prisa y afiló su guadaña en primavera.

Paradójicamente la triste mañana mayo en que recibí la noticia de la muerte de Dio amanecí escuchando “Rainbow”. Los dos primeros discos de esa mítica banda de culto representan uno de los más fascinantes y elevados momentos de la historia del rock: Dio y Blackmore. “The Gates of Babylon”, “Kill the King”, “Man of the Silver Mountain”, “Tarot Women”. Esas rolitas sonaban mientras manejaba por la carretera Escénica rumbo a mi trabajo sin saber aún que Dio había dejado de existir. Un par de horas después, mi esposa Carolina me habló para darme la noticia. Aún recuerdo exactamente el lugar en donde me encontraba, cubriendo un evento de campaña política en el bulevar Agua Caliente a la altura de la colonia Marrón. En el verano de 2010 apenas salió el Sol y aquellas oscuras mañanas estuvieron impregnadas por el espíritu del elfo.

Brotó en ese mismo año el disco y canción homenaje del cantante noruego Jorn Lande y quedan los recurrentes tributos ejecutados por Dio Disciples y el trallazo de versión de “We Rock” que grabó esa alineación de astros malditos llamada Metal Allegiance. Sobra decir que esta mañana suena en mis audífonos mientras recupero este texto

Tal parece que los cigarros fumados por los angelitos chacuacos aún no se consumen y la baraja sigue arrojando ases de espadas. Tiempo de compartir con ellos un furtivo tabaquito y sacarles una carta bajo la manga.

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