En 2011 aún vivía en Santa Catarina, Nuevo León. Por última vez acudí al Café Iguana ubicado en el Barrio Antiguo de Monterrey, la meca del desmadre regiomontano.

En memoría de Brandon Carlisle (1978 – 2015)

 

Esa noche había un güey muy extraño, de pie y sin moverse en el interior del baño de hombres. Sabía que a ese carnal –por algunos camaradas viciosos– podías comprarle droga, lavarte las manos y seguir cotorreando bajo la música estruendosas que acostumbran poner ahí, hasta que la vejiga otra vez estuviera a punto de reventar.

Meses después de mi última visita, el 22 de mayo se escucharon los balazos que no podíamos asimilar tanto en los noticieros como en los cuatro cuerpos que un cártel del narcotráfico había ejecutado por la madrugada. Pablo Cesar Martínez Flores alias “Pablote”, el peculiar guardia de seguridad del Café Iguana calvo, alto, con barba de candado, tatuajes en ambos brazos y arracadas de pirata en sus orejas era uno de los abatidos. No podía creer que ese icono del Barrio Antiguo estuviera muerto. Pablote, en alguna época de mi juventud parecía ser inmortal. Parecía ser un peligro latente para cualquier malacopa en su jornada de trabajo.

Las detonaciones de grueso calibre permanecen a la entrada del recinto como una especie de autenticidad y símbolo de paz entre los regiomontanos. Sin embargo, después de ese hecho, el Iguana se extinguió y mi juventud se tiró pecho tierra en mi hogar, como el de todos, asemejándose más a una trinchera.

Las detonaciones de grueso calibre permanecen a la entrada del recinto como una especie de autenticidad y símbolo de paz entre los regiomontanos.

Me regresé a la Ciudad de México y mis charlas siempre se vinculaban con el patio o el escenario principal del Iguana donde llegué a ver las presentaciones de bastantes grupos como: The Sounds, MxPx, Holiday, The Dillinger Escape Plan, Between The Buried And Me, She’s a Tease, División Minúscula, Contrakaos, The Locust, Hummersqueal, Austin Tv, Meet Your Feebels, Conspiración Alfa 5, 2 Minutos, Union 13, Niña y más. Pero el pasado 16 de octubre del año 2014 volví a esas tierras por cuestiones diferentes a las que acostumbraba, como La Tradicional Posada Vaquera. Volví a la Sultana del Norte para presentar en la Feria Internacional del Libro Monterrey lo políticamente incorrecto que fue Punkroutine, un fanzine literario-musical que edité por más de cuatro años junto a mi amigo Crudevicious. En esa ocasión nos acompañó Mormi Montag, nuestro colaborador mormón que vive en la colonia Villa de Cortes, en la calle de Romero esquina con Tlalpan; la zona con más prostitutas transexuales en la Ciudad de México. Mormi, esa caliente tarde de sábado habló sobre Mormilandía #1 (coeditado junto a Ediciones Joc Doc), acerca de sus relatos donde habitan brujas, aliens, monstruos, reptilianos y hasta Xavier López “Chabelo”.

Teenage Bottlerocket (Laramie WY, Estados Unidos), la banda de punk rock –a los Ramones– de los hermanos Carlisle, Kody Templeman y Miguel Chen (un chilango que a temprana edad se fue al gabacho) tocaba ese jueves por la noche junto a las agrupaciones regias De Monstarz, Plan 9 y Pura Crema. Mormi y yo, semanas antes coincidimos en que debíamos viajar aquel día por la mañana. El show en Monterrey, a diferencia del que ocurriría el fin de semana en la aún capital de país, sería gratuito. Pero algo nuevo y que nos llevó a realizar el viaje por carretera esa mañana, fue que la Ciudad de las Montañas ya no está, como dicen, “tan caliente”.

Monterrey y sus periferias aparentemente habían vuelto a lo de antes: al tiro sin lima entre un cártel y otro, sin buenos ciudadanos galardonando las portadas de los periódicos. La novedad y el peligro eran los operativos de la policía, las famosas antialcohólicas donde los puercos aprovechan para hacer su agosto, sabiendo que el pánico se mantiene –me atrevería a decir que ya jamás desaparecerá– entre la sociedad.

Y así fue, a mi carnal Barajas, cuando nos dirigíamos a su hogar en Santa Catarina, Nuevo León después del show de Teenage, presencié como le tumbaron 200 bolas en pura morralla. Mientras que al compañero Cheibi, quien venía siguiéndonos y conducía la Mormiwagon, me contaron que los poli-puercos casi lo cachetean por ignorarlos y tardarse en contestar.

El Café Iguana para esas fechas había reabierto sus puertas, llevaba varios conciertos gratuitos y el de estos gringos no era la excepción. Lo poco que sabía respecto a este tipo de eventos era que los realizan en el patio, o como diría Mormi en el HEB de Plaza Real al que pasamos a comprar cervezas: “En el sitio donde los hermanos Blake de División Minúscula triunfaron”.

La presentación de Teenage no se llevó a cabo ahí, a la old school, en el reducido patio que fácilmente se reconoce en el video de “Betty Boop”, track número 5 del disco Extrañando casa de esos matamorenses, el cual también formaba parte de Studio monitor, un mítico VHS del skate en Monterrey.

Teenage y sus ritmos acelerados pasaron a ser vistos bajo esa distancia de por medio que no me gustaba en aquellos años de adolescente, cuando los barros y espinillas dominaban mi rostro, a principios y mediados del nuevo milenio. Ahí se podían observar las cortinas rojas que por un momento ya no recordaba, de las cuales comenzaban a escucharse los instrumentos de esas bandas que vi. Sin embargo, en el fondo de mis recuerdos prefería que el show se llevara a cabo en el patio entre apretones, sudor y mucho stage diving; como en los años punk rock, como en los momentos que imaginábamos ser parte del Warped Tour los que no teníamos Visa ni el dinero para acudir a Texas.

La locura total fueron los balazos que el líder Ray Carlisle soltó al público con su guitarra.

Cuando terminaron de abrirse las cortinas, una repentina calavera rocanrolera, totalmente vestida de negro –obviamente con chamarra de cuero, pantalón entubado y tenis Converse– fue lo primero en dar la cara. Al principio imaginé que sería como el pendejo-bailarín-corista que no sé si siga acompañando a Ska-P en su revolución por el Vive Latino, España y otras partes del mundo. Pero sus apariciones –mostrando un cártel que tenía el logotipo de la banda– fueron las adecuadas, nada excesivas. Tampoco es que en realidad haya sido la Santa Muerte, la Niña Blanca, apareciéndose antes que Teenage para que nos cargara la verga.

Su tema “Headbanger” del disco Freak out inició la presentación más ramonera en los últimos años de Monterrey, pareciera ser que desde las épocas de los Bubble Gummers. Teenage no dejó de tocar hasta el único encore del concierto, en el que Miguel Chen habló en español, diciendo unas palabras emotivas por sentirse en casa. Podría decir que esa noche revivió el Café Iguana. Otras canciones como “Bigger than kiss” –gracias al vídeo animado de esa melodía– hicieron que por momentos el patio quedara en el olvido, y todo su pasado se transportara al escenario principal. “Skate or die”, “She’s not the one”, “Freak out!” o la primera canción que escuché de ellos: “In the basement” –con el característico grito de “ONE, TWO, TRHEE, FOUR” que tanto sonó durante toda su presentación– formaron una especie de déjà vu en mi fiebre como de 38 grados centígrados que tenía esa noche, manteniéndome en la parte trasera del lugar, mientras movía ligeramente mis piernas al ritmo punk rock de Queens, New York (rock and roll + pegamento) que inventó Tommy Ramone a principios de los setenta en la batería.

La locura total fueron los balazos que el líder Ray Carlisle soltó al público con su guitarra. Desconozco si estaba enterado sobre el pasado del lugar, donde una noche sí hubo olor a pólvora y sangre derramada en el piso. También fue muy ameno ingresar al baño y no sentirse intimidado con la muerte vuelta dealer. Contemplar a la guapa mesera, una rubia tatuada de piernas y brazos que acarreaba cubetas de cerveza por todo el recinto. Volver a sentir el Café Iguana lleno. Devorar una pizzaguana de acelgas con tomate. Y por supuesto, presenciar un gran espectáculo por parte de una banda que se divierte mucho en los escenarios tocando con las piernas bien abiertas, como debe de ser esa música atropellada entre coros pegajosos, rasgueo tras rasgueo y remate tras remate.

Esa noche fue como si volviera a bromear con mis viejas amistades de la Preparatoria 2, hablando sobre The Ramones en una de las jardineras del plantel, antes de ir a un concierto por primera vez al Café Iguana.

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