“En tiempos desgarradores no se puede escribir suavemente, sin delicadezas a nuestro alrededor, imposible fabricar textos exquisitos. Escribo para pinchar un poco y obligar a otros a oler la mierda. Así aterrorizo a ls cobardes y jodo a los que gustan amordazar a quienes podemos hablar.”, escribió Pedro Juan Gutiérrez en Trilogía Sucia de la Habana (1998). Precisamente, eso es lo que hace Pablo Und Destruktion con su eufonía desaforada y pestífera.

 

El Dandy, “aquella suerte de cantante visceral, que tan pronto apunta a Nick Cave como a Paco Ibáñez, pero que siempre da en el clavo a base de toneladas de intensidad, personalidad, y de  unas letras que saben buscar lo universal en lo popular, y sacar la belleza de la violencia (y la violencia de la belleza), como bien lo apuntó ya Mondosonoro.

La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla, le gustaba decir a Hesse, pero eso no es cierto: la belleza sólo hace feliz al que la puede romper, violar o agazapar; en eso reside la verdadera algarabía de la felicidad, no obstante, eso únicamente lo sabe este trovador de titanio, amante irresoluble de la verdad, buen amigo y quien dice, se dedica a desatascar pozos negros en la Comarca de Sidra, allá en Asturias (aquí entra de nuevo la cita de P.J. Gutiérrez, ¿recuerdan?: “obligar a todos a oler la mierda”).

Und Destruktion lanzó al aire su Predación (2017) —tipo de interacción biológica en la que un individuo de una especie animal caza a otro para subsistir—. Un disco de nueve temas dolosos, como los misterios en un rosario mariano, en los que el asturiano Pablo G. Díaz se atreve a hablarle — por primera vez— al amor.

Álbum colmado de cultismos y lecturas bíblicas, en el que encontramos guiños a Los Corintios y en especial, a la Epístola de Pablo. Ideologías que avistan el totalitario y fundamental poder del Islam sobre el occidente.

“El amor es el premio de los temerarios”, berrea nuestro Pablo bajo la Destrucción; entre postreros herejes, y el aire de un Western intacto, casi construido —y entonado— a lo Sam Peckinpah, en un disco que le ofrece un subsidio al apego —a un lenguaje del amor—, sí, pero no a lo Hollywood, sino de un modo muy asturiano, y sobre todo, demasiado oscuro, alcoholizado, podrido: de una destrucción elegante.

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