Dicen que si pasas más de seiscientas sesenta y seis fotos sin rebloguear un post en Tumblr, te encuentras con una canción que no suena nada mal: In the room where you sleep, posteada por alguna metalera satánica de dieciséis años que ni siquiera conoces pero followeas. Algo así como decir un nombre tres veces frente al espejo o no mirar atrás en el bosque –a pesar de las hojas que crujen con las pisadas de Slenderman. Después de buscarte el álbum completo: Dead Man’s Bones (2009), te das cuenta de que es de la “banda” de un actor de Hollywood: Ryan Gosling.

Texto por Francisco López Ibarra

La neta nada más lo ubico de The notebook (2004). ¿A quién no se le antoja ver ese tipo de películas un día de lluvia, calientito y empiernado? Aunque no abundaré mucho en eso, sólo falta mencionar que el bato, ganador de un Globo de oro, tiene un proyecto musical junto con su compa Zach Shields, que te hace preguntarte cómo un actor hollywoodense puede hacer algo tan oscuro y tan cool.

El álbum rescata muchas ideas del romanticismo, cuyo eco aun resuena a poco más de dos siglos de sus inicios con el Sturm und drang alemán, pasando por su refinamiento francés de principios del diecinueve, su injerto tan chafa en España y América –salvo contados casos-, su profundidad con el Simbolismo y su evolución que desembocó en Realismo, Naturalismo y Modernismo. No hay duda de que seguimos siendo románticos, regidos por polaridades como el bien y el mal, los positivo y lo negativo, el amor y la muerte, que es a donde quería llegar, pues todo el álbum es una tensión entre los dos grandes temas del arte: el Thánatos y el Eros, en palabras de Freud: la pulsión de muerte y la pulsión de vida. Esta tensión entre ambos impulsos –¿o debería decir que son Uno solo o una multiplicidad fragmentaria?-, es el protagonista principal de este proyecto.

El profe nos dio una clase acerca del tópico literario del “amor más allá de la muerte” o “amor post mortem”: pasamos de los mitos órficos –donde Orfeo baja al inframundo para rescatar a su amada de la muerte a través de los cantos-, por el Poeta Garcilaso de la Vega con su famosa Égloga Tercera: “más con la lengua muerta y fría en la boca/ pienso mover la voz a ti debida”, de donde sacó el título de su libro Pedro Salinas. Así que en breve pensé en eso cuando leí este verso de Miguel Hernández: “Pero no moriremos. Fue tan cálidamente/ consumada la vida como el sol, su mirada./ No es posible perdernos. Somos plena simiente. / Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada”. Y para continuar con el mood creepypasta: dicen que, desde Orfeo, los poetas encontraron una manera de trascender la muerte gracias al amor, y como dice Quevedo en Amor constante más allá de la muerte: “Polvo serán, más polvo enamorado”.

 

Hablo de todo esto porque el álbum comienza con un Intro que parece una nota de suicidio: la voz de una mujer que busca alcanzar a su amante “en las mágicas tierras después de la muerte”. Este “amor más allá de la muerte” está presente en rolas como Dead Hearts –el lamento de un fantasma que nunca abandonará su casa embrujada-; Werewolf heart –rola a dos voces, las de los amantes que persiguen el amanecer, pues son “carne y huesos cuando están solos, pero juntos, vivirán por siempre-; Flowers Grow Out of My Grave; y en una de mis favoritas: My Body’s a Zombie For You, donde encontramos la transgresión entre la vida y la muerte: un no-muerto, cuyo voodoo a control remoto es el amor. Es más, cuando escuché esa rola y pensé en los poetas petrarquistas y neoplatónicos que escribían sobre el amor post mortem, se me ocurrió que yo también podía –en juego, como toda literatura-, hacer sonetos, deliciosa herencia musical que no llegó de Petrarca, Boscán y Garcilaso, por la que pasaron grandes nombres como los del Siglo de Oro: Quevedo, Lope y Góngora, entre otros; los simbolistas -¿quién no disfruta los sonetos de Baudelaire del mal y el poeta que le gusta tanto a mi novia, Corbière?-; hasta los de la Generación del 27 y algunos posmos de hoy en día. Y con esta canción: “puedo hacer sonar las cuerdas de tu muerte”, las de mi lira órfica, para jugar a hacerte un soneto, porque mi cuerpo es un zombie por ti:

My body’s a zombie for you

Quiero saborearte, sentirte hervir,

Pero mis pasos se han vuelto tan lentos.

Y también son torpes mis movimientos,

Porque mi cuerpo es un zombie por ti.

Amor caníbal, después de morir

Quiero que me comas lento, all night long,

Porque a mí no me re-anima ni shen-long,

Ya que mi cuerpo es un zombie por ti.

Voodoo a control remoto, vida eterna

Prometes con brujería postmoderna,

Amor, infección prolongada en mí,

Versos post-mortem, son sangre que bebes.

Rompe el hechizo bajo el que me tienes

porque mi cuerpo es un zombie por ti.

 

Otra referencia eco del romanticismo es la finitud del hombre frente al infinito, lo inconmensurable, representado por la mar o el cielo, por eso las heroínas románticas tenían ojos azules, como la musa del octavo track del álbum Dead Man’s Bones, Paper Ships, cuyas lyrics dicen: “Sailed on a ship of paper/ And I sank in the deep of your eyes” (Embarcado en un barco de papel/ Y Naufragué en la profundidad de tus ojos”; “I’ll be a ghost ship on the blue” (Seré un barco fantasma en el azul).

    

 

También hace falta comentar la economía y precisión de algunas de sus letras, que no necesitan más de unas cuantas palabras para crear una imagen creepy, en canciones como In The Room Where You Sleep: “I saw something sitting on your bed/ I saw something touching your head” (Vi algo sentándose en tu cama/ Vi algo tocándote la cabeza); Pa Pa Power; Young and Tragic: “I wish that we were magic/ So we wouldn’t be so Young and tragic” (Desearía que fuésemos mágicos/ Así no seríamos tan jóvenes y trágicos); y Lose Your Soul, otra de mis favoritas. Por último, el décimo track, Dead Man’s Bones, nos pone de frente a la contemplación de la muerte, nadie vivirá por siempre y sin importar donde voltees, seis pies debajo hay huesos de gente que una vez estuvo viva, como tú, por eso nos vamos a coger a la muerte como en Muerte Nupcial de Hernández.

Dead Man’s Bones (2009) mantiene una estética terrorífica en cuanto a sus letras y su música, algo muy parecido a lo que hace Timber Timbre –banda de la que nos ocuparemos después-. Es un disco para escuchar mientras ves fotos perturbadoras (algo como esto: http://creepypasta.wikia.com/wiki/Creepypasta_Wiki:Creepy_Images). Esta estética creepy es extraña porque la fotografía es un marco de cotidianidad que se ve interrumpido por un elemento que parece ajeno, “raro”: un objeto extraño en el organismo de la foto: la transgresión que se da a la inversa de series como American Horror Story, donde la cotidianidad es la que irrumpe en la fantasía: fantasmas con problemas de infidelidad, brujas cuya magia no les alcanza para vencer al paso del tiempo y la naturaleza de la muerte.

Este álbum nos recuerda el fondo trágico de la vida, como los viejos cuentos de terror, acompañado de un corifeo de niños, el Coro de Niños del Conservatorio de Silverlake, y lanzado a través de Anti-Records. Nos pone de frente a lo que Heidegger concebía con la única posibilidad irremediable, la mayor certidumbre que podemos tener: la muerte; porque el Dasein –es decir, nosotros- es un “ser para la muerte”, y de la superación del miedo a morir, viene las ganas de vivir: vienen el impulso de hacerle el amor y que quede la muerte con nosotros fecundada.

 


Francisco López Ibarra (Mazatlán, Sinaloa 1992). Director de la Revista Himen e Hybris. Colaborador en varias revistas como Letrina, Luvina y Kraft de la Editorial Montea. Autor del libro Este no es un Mustang.


 

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