Camilo Séptimo y su advertencia sobre los riesgos de confiar en la persona equivocada se proyectan en la pantalla del escenario de El Pato. La música construye en el imaginario colectivo la escena vintage de un carro clásico en el que una pareja se corteja a través de la cámara que cultiva sensualidad: en este juego los besos son armas de fuego.

 

Por Iván Gutiérrez / Publicado originalmente en A los 4 Vientos

Fotos: Iván Gutiérrez y Humberto Rosales / Video: Humberto Rosales 

 

La playlist del resto de la noche girará en torno a esta atmósfera: Zoé, Techicolor Fabrics y Vetusta Morla cobran vida por las bocinas para un público que seguramente también gusta de escuchar Devendra Banhart, Monocordio, Jardín, Tame Impala, Entre DesiertosAdán Jodorowsky y Arcade Fire.

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La bodega que hoy alberga a la subcultura siddarthiana se distingue por sus paredes de ladrillo, su techo de madera y sus luces de focos vintage. Frente al escenario la multitud que hoy ha llegado temprano se mueve mientras inicia desde ya a combeber y preparar el cuerpo para la conexión estelar.

Tras conversar con Marisela Sánchez —integrante deMedMusic, plataforma a cargo de la organización del concierto de esta noche—, me quedo con la impresión de que este espacio se puede convertir en el lugar idóneo para las bandas independientes nacionales del género. Esta idea se refuerza al recordar que Costera se presentó aquí a principios de año, y me convenzo más al descubrir que Odisseo vendrá el próximo 8 de junio a llenar el Pato de música alternativa.

“La idea es proyectar la escena, disfrutar de un concierto como se vivían antes, estando parados y cerca del músico, prestándole atención a música nueva.Revivir esta parte de la escena sería el objetivo, comenta con mucho entusiasmo Marsiela.

Con celular y/o chela en mano algunos de los jóvenes asistentes se toman las obligadas seflies mientras sobre el escenario se crean figuras de humo technicolor. Dan las 10 de la noche y Siddhartha atraviesa la puerta de El Pato mientras la juventud grita con la emoción acumulada por la serie de momentos/recuerdos que se avecinan.

Comienza 8 tracks en Stereo y la vibra del romance de la adultez temprana se esparce por el aire. El estilo Rockabily-Beatle fusionada con la balada mexicana rebota por las miradas, acaricia las mejillas y agita la marea de caderas, facilitando que fluya la sensación de una sonrisa melancólica, de aquel amor que se apagó pero cuya huella permanece intacta en un rincón del pecho, aflorando cuando la música correcta abre las ventanas del recuerdo: “Aún puedo hacerte sonreír”, dice la rola.

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Tras calentar los motores de la audiencia 8 tracks termina su parte. Es interesante descubrir que este grupo en su momento compartió escenario con las bandas más representativas de la ola independiente mexicana; ya está en el horno una entrevista para que sepan más de esta propuesta. Desde las bocinas Pucho nos recuerda que “ser valiente no es sólo cuestión de suerte”. Seguramente así, tocando en un bar como éste, fue que iniciaron bandas como Vetusta Morla.

Little Yisus atraviesa el aire y la magia de la música aparece: decenas de desconocidos se mueven al mismo ritmo y comienzan a cantar juntos “di-me qué, va a ser, de ti… cuando seas grande, será muy tarde…”.

Las luces se atenúan, la gente se aproxima al escenario, ¡aparecen los gritos!, la música de fondo desciende mientras la euforia transita por las venas de los cientos de jóvenes reunidos para disfrutar el show de unos de los íconos más representativos del Indie-rock en México.

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Siddhartha, con camisa de caminos abstractos y cabellera igual de libre que su alma ha entrada a escena. Inicia la función estelar y bastan un par de segundos para reconocer que el show será impresionante no sólo por la música, sino por el gran espectáculo de artes visuales que acompaña a la agrupación. Las pupilas reciben el impacto de una balacera de colores, destellos, ¡fuego!

La vibra de los sintetizadores ponen la escalera perfecta para comenzar el viaje: “El aire… casi me parte en dos… casi me vuelvo yo… casi me voy…”, canta el Náufrago. Una espiral psicodélica lleva a los visitantes de El Pato por el destino que indica la canción: el adiós del hoy que ya es un recuerdo nostálgico.

Nacido en Guadalajara, Jalisco —estado reconocido por ser hogar de bandas como Porter, Descartes a Kant y Technicolor Fabrics—, Jorge Siddhartha González Ibarra empezó su prolífera trayectoria de solista con el lanzamiento de su primer disco Why you? (2008), al que le siguieren Náufrago (2011), El Vuelo del Pez (2014) y por último, Únicos (2016). Siendo un ícono de la música independiente en México por impulsar el sueño de que cualquiera puede triunfar en la música si se sabe transformar la pasión y voluntad en actuar, el jalisciense ha ganado reconocimientos en los premios Indie-o Music Awards (categoría de Mejor Álbum de Rock Solista) y ha sido nominado al Latin Grammy (categoría “Mejor álbum de rock vocal”), junto a Andrés Calamaro y Chetes.

Comienza la rola siguiente y el coro de almas canta con pasión. Guitarra acústica en mano, círculos que se atraviesan y replican, la desnudez rojiza proyectada en (por) el artista, celulares en mano que quieren registrar cada detalle de la experiencia irrepetible de la vida misma.

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“Buenas noches Ensenada, este es el primer show de tres que vamos a estar realizando por acá en Baja California, muchas gracias por ayudarnos a empezar con toda su energía”, comenta Siddhartha, tejiendo desde ya la estrechez con el público. “Este tema trata un poco de esa energía”.

Detrás del músico un triángulo blanco. En el centro un iris escarlata que proyecta el interior del estar-enamorado. Viene el relevo con una mirada femenina color cafeína que se traslada al corazón. ¿Cómo no desbaratar ladrillo a ladrillo el rompeolas tras caer presa de esa luz?

“Esta rola que viene es de un disco que se llama Náufrago”, comenta el joven de 27 años a sus fans. La juventud responde con la emoción atesorada tras escuchar incontables veces estas rolitas en Spotify y ver decenas de sus videos en YouTube. Alrededor las parejas se abrazan, se sumergen y nadan en el estanque que emana de la voz aterciopelada acompañada por guitarras limpias y el sonido ensoñador de los sintetizadores.

Los aplausos de los fans son relámpagos que llenan de combustible los instrumentos de los músicos. El recuerdo de aquella persona que ahora es un extraño más sale a relucir esta velada: “Vamos alejando el recuerdo, que nos deja cada momento…”. Una esfera púrpura gira en el centro de la contemplación mientras las miradas cantan con la misma vibra con la que las luces del lugar tejen prismas en los cuerpos.

“Esta noche venimos a complacerlos, a tocar lo que ustedes quieran”, revela Siddhartha, y la réplica del público es inmediata. Un túnel donde habita la brisa aparece; en su interior rebotan las letras sobre el nacimiento y muerte de un romance que se hizo infinito. El sueño se ha apoderado de las miradas cerradas, almas hipnotizadas que se trasladan a historias que Siddhartha refleja tras desnudar las ilusiones de los asistentes. “Y fue una forma de saber… que estábamos vivos…”.

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“¡Control!”, “¡Colecciono planetas!”, “¡Volver a ver!” claman los jóvenes a la espera de escuchar sus rolas favoritas interpretadas por el compositor. El artista responde con un arrullo: “Te vas a morir… si vuelves a hacer poemas…”. El aura de la melancolía invade la estancia creando formas que juegan a unirse y separarse como si con cada nueva soledad no quedara una herida profunda. La rola cierra con un coro acústico de ojos cerrados mecidos por la marea, para rematar con un potente homenaje beatliano: “¡Dont Let Me Down!”.

“Qué chingón está Ensenada, que rico vivir al lado del mar…”, enuncia el músico, para iniciar con Ecos de Miel; las supernovas generadas por la colisión de dos fuerzas opuestas dejan un soplo en el corazón, en donde la energía se transforma en sentido, en canción.

Inicia la persecución, suena una de las canciones más icónicas del músico, que lanza preguntas como flechas: “¿y qué va a ser de mí, cuando te vayas?”… ¡Estalla la pregunta fundamental del coro!: “¿Qué más hay?”. El final de una historia como un nuevo comienzo,que al igual que todo parto implica dolor, sufrimiento, un arrojo al mundo lleno de incertidumbre: el comienzo de la falta de control.

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El público, embriagado por la música, exige más, quiere que la vibra siddharthiana no pare de fluir, y el artista responde: “Baaaacalar…”. El auditorio se ahoga en un océano romántico donde los ecos del viento abren paso a una juventud entusiasmada que desde hace tiempo se merece este concierto.

“Pidan lo que quieran, a todo le vamos a dar gusto”, comenta con lenguaje seductor el joven músico. “¿A todo?”, pregunta con mirada coqueta una fan. “Si quieren bailar con nosotros, adelante”, invita el artista con pandero en mano, para de inmediato darle vida a Fuma y empezar una danza que se contagia como la libertad.

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Fuera luces. Cambio de instrumento, una guitarra acústica inicia con el arpegio representativo del Náufrago. Siddhartha ha logrado lo que pocos músicos en Ensenada consiguen: ganarse a uno de los públicos más difíciles de ¿la región? ¿El país?

“Ya no hay vuelta atrás…”, dice la letra escrita en los párpados de cada uno de los más de 300 asistentes del lugar, quienes desbordan sudor, alegría y éxtasis. Lo que más refleja el sentir de este concierto es la presencia de un público significativo que no está siendo atendido por la ciudad; musicalmente, la demanda local de más música indie y alternativa de calidad existe, y cada palabra cantada por los jóvenes de esta noches es prueba de ello: “Y aaal mirarte a la distancia…”, se corea por los asistentes con cien mil veces la potencia con la que cantan el himno nacional. Los gritos que surgen después de cada rola exhiben la euforia que flota en el aire.

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Cuando parece que la emoción no puede alcanzar mayor frecuencia, el público reacciona al iniciar “Loco”, rolita compuesta en colaboración con el sonorense Caloncho (de quien el músico también es productor, al igual que de Technicolor Fabrics). Siddhartha conoce el secreto para un concierto real: sabe que escuchar e integrar en el concierto a los fans es el objetivo final.

Llega el momento de presentar a los integrantes del grupo, todos ellos recibidos con una ovación de estadio de futbol: Cheubaka en el bajo, Orlando en la batería, Rul Volta en la guitarra y Erick Rangel (primo de Siddhartha) en el teclado.

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“Esta es la primera de muchas veces que estaremos tocando por aquí próximamente, porquecreemos que es importante levantar la escena independiente y contracultural, ydemostrar que hay música que puede transformarnos para bien”, rafaguea por el micrófono el artista.

Un polígono hexagonal se forma al conectar todos los nodos separados que esta noche forman este mosaico cósmico. “Y otra vez… porque ahora somos Únicos, los únicos…”, inicia uno de los últimos hits siddharthianos. El artista baila con espíritu aventurero; en el corazón amanece y no hay cadenas.

La voz de Siddhartha es uno de los elementos que más caracterizan su música: en ella cobran vida los relatos, las experiencias, las formas de entender y sentir el amor (y su tragedia), sensación compartida por muchos de esta generación. Esta noche las melodías de González Ibarra son el núcleo que integra un círculo adentro de otro. Siddhartha ha demostrado que es un artista alejado de la categoría de “Rockstar”, a diferencia de otros grupos del mismo género que muchas veces no consiguen conectar con su público.

Inicia “Cámara” y el final del concierto se aproxima. Una bruma arropa los rostros alegres, enamorados, ilusionados, cansados, atormentados: comprendidos. Los sintetizadores elevan el ánimo, en cada momento se respira el sol.

El último acto de entrega del músico es una representación perfecta de lo que se ha creado esta noche: fraternidad, empatía, comunidad. Siddhartha baja del escenario con guitarra en mano. Toca, abraza y se convierte en parte del público. La vibra es tal que ya no hay separación, la unidad es absoluta, la complacencia estética ha desbordado toda expectativa. Esta noche Siddhartha es nosotros, y nosotros somos Siddhartha.

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