Metallica / Iggy Pop. 3 de Marzo 2017. Palacio de los Deportes.

El día de la preventa de la segunda fecha del concierto de Metálica me aventuré a ver si de puritita casualidad podría hacer mi compra. Y logré entrar tres veces a ticketmaster.com, mismas tres que veces me apartaron los boletos, pero por alguna cuestión con mi tarjeta, tres veces se cayó la venta. A la cuarta ocasión que entré era ya una cosa de orgullo. Metí los datos de la tarjeta de mi esposa 39 minutos después de las 11 am. Inocente, ¿qué mierdas voy a conseguir ya? Si la gente en México no tiene dinero pero ¡ah que pinche gastadera en conciertos que nos dejan caer a precio de oro!… “¡total que ni quería ir!, pinshis metálicas son putos y tiraron el Napster”, pensaba cuando le sistema me mandó el mensaje que mi compra estaba realizada.

 

Texto por Juan Mendoza.

 

A nivel personal estaba más entusiasmado por ver a Iggy Pop. No fui cuando tocó en aquel festival desdichado en 2007 porque ya me había llevado previamente un gran chasco en la organización de ése masivo un año antes. A la Mismísima le pasaba algo similar, hace ya unos ayeres cuando Metalica tocó toda una semana no fui capaz de conseguir un par de boletos en gallinero para cualquier día. Se la debía desde entonces. Y aun cuando yo había prometido nunca verlos en vivo (ya sabes, los odié a muerte por aquello de la demanda de Napster y bla bla bla) para mí el costo del boleto era por una hora de Iggy Pop y un plus de dos horas de Metálica. Para la Mismísima era una deuda porque hacía muchos años fue de las que se salió cuando terminó de tocar Pantera en el lejano y mítico concierto de 1999.

El mero día del evento, un par de cosas importantes se presentaron como complot que a la postre iban a hacer que no llegara a mirar el show de Iggy Pop.

1.- El trafical de viernes con plus de la lluvia vespertina que apendeja a los conductores chilangos por igual.

2.- Que a nuestra hija Brisa, a sus cinco meses de edad, en realidad le vale madre ver en vivo a Metallica o a Iggy Pop.

Desde que compramos los boletos consideré ser como el típico padre fodongo que deja encargada a su hija con quien se deje (amigos, familiares, etc) cada que tiene ganas de irse a echar desmadre, pero la mismísima me lanzó un largo rollo argumentando que Brisa tiene que estar en nuestras actividades, porque ella llegó para integrarse a una familia y no anularnos como personas ni como pareja y bla bla bla y así terminó por convencerme de llevarla al toquín.

Quedamos en que la Mismísima y Brisa pasarían por mí a la chamba a las 6pm para llegar más o menos temprano y no encontrar pormenores para estacionar el auto o si a Brisa le ganaba y habría que cambiarle el pañal o así. Durante el día me enteré que Iggy Pop estaba programado para salir 7.30pm. Calculé que una hora y media era suficiente para llegar rayando al escenario empezando Lust For Life. Cuando andaba apagando la compu para lanzarme corriendo ansioso a la avenida donde me iban a recoger, la Mismísima me comentó que Brisa había estado muy inquieta todo el día y literalmente la tenía secuestrada, es decir, no dejaba de comer pegadittita a ella y nomás se separaba tantito pegaba tamaños berridos que de oírlos daba miedo (los conozco). Me pidió que en lugar de pasar por mí mejor yo regresara a casa, en el Estado de México a 30 kilómetros del Foro Sol en tráfico de hora pico. Suspiré resignado. En ese momento la única esperanza para ver a Iggy Pop se basaba en la impuntualidad de los organizadores.

Hice el viacrucis, preparamos a Brisa para su primer concierto (pañalera, biberones, muchas cobijas, carreola, tapones de oídos, diadema de algodón, gorros, leche, leche, leche, juguetes, más cobijas) salimos a las 6.40pm. Para cuando descubrimos el tráfico detenido en Circuito Interior a las 7.30pm y en el radio anunciaban que, efectivamente, había arrancado con Lust For Life se me fueron todas las esperanzas de alcanzar siquiera el final del show.

Recordé que el escritor posnorteño (whatever that means) Carlos Velázquez había comentado que abandonaría el recinto una vez terminara de tocar Iggy Pop. Decidí relajarme y dejarme guiar por el Waze, para ir ingresando al Foro al mismo tiempo que el Carlos Velázquez lo abandonaría. Envidia de la mala, le dicen. Todavía tenía otras preocupaciones por delante, por ejemplo, que era la primera vez que entraba al Foro sol con un bebé y no tenía puta idea de cómo se iban a portar los trogloditas de la revisión. De hecho, aquí comencé a ser consciente que en ningún sitio encontré informes de los do and do nots para ingresar bebés.  Es decir, encontré un chingo de páginas donde toda la gente da su opinión de mierda acerca de por qué no debes llevar a un bebé a un concierto y otros tantos que cuentan sus experiencias. Pero ni OCESA ni el Foro Sol tiene información alguna en ninguna de sus páginas.

Dejamos el auto a unas cuadras del Foro. P$80 pesos nos cobró la gandalla viene viene. Por fortuna había dejado de llover. Decidimos no llevar la carriola, por lo que ignoro si nos la hubieran dejado ingresar o no. Brisa era feliz porque le encanta salir de su entorno y ver al resto del mundo. La revisión fue más bien fresa porque la obvié. Cargando a la bebé me planté frente a al primer puerco que me encontré y le solté a rajatabla: ¿usted me revisa la pañalera?, balbuceando señaló una mesa, donde otro puerco me solicitó que sacara todas las cosas de la pañalera de Brisa, comencé tranquilamente a sacar una manta, luego otra, luego un juguete, luego un pañal (limpio),  “es suficiente –dijo el cerdo–  sólo hay cosas de bebés”. Y así debería de ser, aunque supongo que no son pocos los pater familias que intentan meter botellas de licor junto a los pañales y cambiadores. A mí se me ocurrió, y no acomodé mi anforita de whisky entre los pañales solo porque la olvidé, ya sabes por las prisas.

Teníamos acceso General B de pie. Nos instalamos en un punto alejado del escenario y las bocinas donde el sonido no fuera tan estridente, alejados un poco de la multitud para evitar golpes de slams, aventones o lluvia de vasitos con agua o miados, un lugar donde estuviera a la mano un baño y que la salida no fuera dificultosa en caso de tener que irnos tirando leches. Busqué todas esas cosas que, en realidad, nunca me habían importado. Brisa llevaba orejeras, audífonos, tapones para oídos y estaba tapada hasta la nariz cual si vistiera una burka. No tardó en quedarse dormida. Así se la pasó todo el concierto.

Metallica no escatimó en éxitos. También tocó algunas rolas nuevas. No nos perdimos mucho de lo que pasaba en el escenario gracias a las enormes pantallas. Sólo compré un par de cervezas que nos tomamos entre los dos, incluso los vasos conmemorativos se habían terminado. Para Seek and Destroy, última rola, ya nos habíamos instalado entre un puesto de donas y otro de tacos del Kalifa porque ahí estaba calientito y ya nos habíamos turnado unas tres veces cada quien en cargar a Brisa, que no había despertado ni con los gritos desgañitados del James Heathfield.

Noté, al menos, otros cuatro bebés durante el concierto. Comenzando Nothing Else Matters, segunda del encore nos fuimos acercando a la salida. Enter Sadman con todo juegos artificiales, ya los escuchamos nomás de lejitos. Varias familias con hijos de 6 a 10 años caminaban con nosotros. Los chavitos iban más emocionados porque Barcel mandó a regalar Takis Cobra a diestra y siniestra.

No fue errado elegir éste concierto como el primero que va Brisa. Y como el primero al que asisto como mayor de edad: sin beber como si la cerveza no costara más cara que en el Aeropuerto, sin meterme al slam, sin clavarme hasta adelante a empujones, sin meter alcohol de contrabando, sin compartir churros con personas ajenas, sin importarme lo estridente de las notas. Leí que Metallica no son músicos. Sino cuatro empresarios. Leí que Lars Ulrich ya no aguanta los redobles. Vi un video del primer concierto donde se burlan porque unos cuarentones intentan armar un slam y sólo se acarician unos a otros. Y seguro para mucha gente todo eso resulte decepcionante.

Yo lo agradecí. De ser un show con más pormenores que comodidades, quizá Brisa no se la hubiera pasado chido y hubiéramos tenido que abandonar el recinto a la mitad, o antes, para cuidar la integridad de Brisa. Pero, al parecer, o al menos desde donde yo estaba, fue también un concierto para mayores de edad, donde la mayorías de los asistentes fueron esos que no se embrutecen como bestias como si la chela no estuviera tan pinche cara, que no se drogan tanto, que no meten alcohol de contrabando y bla bla bla… Insisto, quizá lo vi así desde donde nos atrincheramos, y probablemente hasta adelante el ambiente era totalmente diferente. Quién sabe.

Luego me enteraría que, por un retraso en el vuelo,  Carlos Velázquez tampoco llegó a ver a Iggy Pop. Sólo que mientras él se fue a beber a alguna cantina del Centro (yo hubiera hecho lo mismo si me hubiera pasado algo similar en Torreón) yo, al contrario, llegué a mi casa directamente a dormir. A los 10 minutos, Brisa comenzó a llorar a gritos para avisarnos que ya tenía hambre. Porque en realidad no le importa que no haya visto a Iggy Pop, ni que estuviera chafa el sonido de Metálica, ni que Carlos Velázquez estuviera embriagándose en el Centro, ni bla bla bla. Nos levantamos sabiendo que íbamos a despertar más adoloridos que si nos hubiéramos metido al más rabioso slam del más rabioso concierto del más rabioso Metallica, ese que fue hace unos 30 años o más.


Foto tomada de la fan page de Facebook de Metallica.


Juan Mendoza (Naucalpan, Estado de México) es escritor. Ha colaborado en revistas como Generación, Clarimonda, Moho, Tabique, Carretera Perdida, Punkroutine. Es autor de los libros Anoche Camine con un zombi, Ya puedes olvidarlo, El show del corazon sangrante y Mi reflejo en una montaña cubierta de nieve, recientemente publicado por la editorial Nitro/Press

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