Charcos de nieve que se derretían / Moby
En Nueva York, febrero y marzo son como unos matones gemelos. Uno te tira al lodo, y el otro te pega patadas en el estómago cuando caes al suelo. De vez en cuando, te dicen que el invierno no durará para siempre; pero luego agarran tu atisbo de esperanza y la entierran bajo montones de nieve sucia.

 

Texto por Moby.

 

Estábamos a finales de febrero de 1999, y yo tenía cruda. De hecho, había desarrollado un extraño amor por las crudas. Eran como una cuerda nauseabunda que me unía a mis borrachos héroes literarios. Cuando caminaba por Houston bajo la helada lluvia, me preguntaba si Dylan Thomas habría sufrido alguna cruda en esa misma calle, y paseando también bajo la lluvia. Si genios como Thomas, Faulkner y Bukowski habían llevado una vida de embriaguez, yo hacía bien al seguir sus disipados pasos.

La noche anterior había empezado a las diez, en un viejo bar de la mafia de la calle Mulberry. Luego, nos fuimos a una fiesta de la calle Crosby y, luego, a un bar de Broome. Terminé en mi casa a las cinco de la madrugada, tomando cervezas y vodka con Marcus, Jillian y una amiga suya, Dahlia.

Ahora eran las dos de la tarde, y yo estaba crudo en el banco de un parque, al sur de la calle Houston, entre Chrystie y Forsyth. Mi abogado me había enviado un fax por la mañana para informarme de que acababa de recibir el acuerdo de finalización de contrato: Elektra Records me había dejado oficialmente libre. Yo esperaba que mi contrato con Elektra sobreviviera al fracaso de Animal Rights, pero no había sido así. De hecho, llevaba un año esperando a que Elektra firmara el acuerdo; exactamente, desde que Barry, mi representante, habló por teléfono con el presidente de la discográfica.

–¿Cómo van las cosas con Moby? –le preguntó Barry.

–Bueno, estamos teniendo problemas con nuestros grupos británicos.

–Hmmm… ¿Sabes que Moby no es un grupo, y que tampoco es británico?

A decir verdad, no me sorprendía que se hubieran librado de mí. Yo seguía con mi sello europeo, Mute Records, porque nunca dejaban caer a nadie. Y me alegraba de tener un sello europeo, pero no podía sentirme muy especial por seguir en una discográfica que nunca echaba a nadie.

Al banco donde me había sentado le faltaban varios listones. Yo llevaba un abrigo del Ejército de Salvación, y estaba escuchando algunas de mis nuevas canciones en el MiniDisc. Había una, «Porcelain», que no me gustaba demasiado; le había dedicado un mes entero, pero no conseguía terminarla. Me gustaban algunos de sus elementos, pero me parecía blanda y carecía de un verdadero estribillo. Era más apropiada para una cara b que para un álbum; en el caso –por supuesto– de que alguien me permitiera sacar otro álbum.

Los de Mute no me habían echado, pero eso no significaba que mi música les gustara tanto como para sacar otro disco mío. Mis representantes sabían que Elektra prescindiría de mí en algún momento, de modo que durante los últimos meses se habían reunido con varias discográficas de los Estados Unidos, intentando conseguirme un contrato. Chris Blackwell, el fundador de Island Records, había expresado un vago interés; pero, exceptuando a Chris, todas las discográficas que habían oído mi música me habían rechazado o no se habían pronunciado.

Libro “Porcelain. Mis memorias” de Moby, editado por Sexto Piso (2017).

Algunos de los contactos con las discográficas habían sido amables y habían devuelto las llamadas de mis representantes para hacerles saber que no me consideraban suficientemente bueno para ellos; otros se habían mostrado hostiles y sólo los habían llamado para decirles que yo les disgustaba como persona, como músico o como las dos cosas a la vez, y también había quien ni siquiera se había dignado a contestar.

Apagué el MiniDisc, aunque me dejé los audífonos puestos para que no se me enfriaran los oídos. Había grandes posibilidades de que mi carrera musical hubiera llegado a su fin. Mi último disco había fracasado, y las canciones en las que estaba trabajando eran deficientes y estaban mal mezcladas. Por triste que fuera, sabía que, si sacaba el álbum que tenía entre manos, desaparecería en la oscuridad. Quizá estaba en el estadio final del duelo, según Elisabeth Kübler-Ross: la aceptación. Había aceptado que mis diez años de músico profesional habían terminado. Había aceptado la muerte de mi madre.

Desde el banco, vi a un sintecho que hacía cola ante el comedor de beneficencia de Forsyth. En un jardín infantil, un niño de cuatro años y sus padres intentaban jugar a algo civilizado en el lodo. Los conductores de los autobuses y los taxis atrapados en el tráfico tocaban inútilmente el claxon.

Me sobresalté cuando de los baños públicos salieron dos ratas que desaparecieron entre los arbustos; pero fue un sobresalto alegre, porque las ratas me encantaban. Cuando mis padres vivían en Harlem, tenían una colección de fieras consistente en dos gatos, tres ratas de laboratorio y un perro. Los seis están en mi foto más antigua, mirando al niño que está en la tina. Yo tenía dos años, y mis padres discutían todo el tiempo. No recuerdo casi nada de mis dos primeros años de vida; pero, teniendo en cuenta que después no dejaron de discutir, doy por sentado que los únicos seres tranquilos y tranquilizadores de aquel sótano del Harlem eran el perro, los gatos y las ratas. Por eso, siempre que veía ratas en la calle, mi sistema límbico se despertaba para decirme que eran amigas mías.

Consideré la posibilidad de volver a escuchar «Porcelain» para ver si podía arreglarla; pero ya la había escuchado cien veces y no mejoraba, así que quizá había llegado el momento de buscarme otro trabajo. Había estudiado Filosofía y, teóricamente, podía dar clases en alguna facultad de Nueva Inglaterra. Me encantaba la arquitectura y, desde luego, podía volver a la universidad y convertirme en arquitecto.

Vi más ratas que salían de los baños públicos, y pensé que tal vez estuviera equivocado. Era posible que «Porcelain» y el resto de las canciones nuevas no fueran tan mediocres, de modo que encendí el MiniDisc y escuché otra vez la primera. Pero no: era tan mediocre y estaba tan mal mezclada como me había parecido. Y, al mismo tiempo, supe que habría sonado bien si hubiera estado en manos de un técnico mejor que yo, de un mezclador mejor que yo o de un compositor mejor que yo.

Mi amiga Ysabel era diseñadora gráfica y, en un acceso de optimismo, me había ayudado a bosquejar varios diseños por si Mute me dejaba sacar otro álbum. Incluso tenía un título que me gustaba, Play. Una mañana, me había levantado con cruda y había visto un play enorme en una de las paredes de la cancha de baloncesto que estaba en la esquina de Mullberry y Spring. Me pareció un buen título para el álbum, y tal vez un recordatorio de que no debía ser tan pesimista.

Sin embargo, ahora estaba convencido de que las canciones, el título y los diseños de Ysabel acabarían en un estante y se llenarían de polvo. Diez años más tarde, cuando hubiera regresado a Connecticut y viviera en un estudio pegado a un 7-Eleven, los miraría con añoranza. Con suerte, sería arquitecto o profesor de Filosofía y podría componer en mi tiempo libre. Y hasta tendría que sentirme agradecido.

Me acordé de que, diez años antes, yo sólo quería vivir en Nueva York, trabajar de dj y, quizá, sacar un par de sencillos de música de baile. Y había conseguido eso y mucho más. Y estaba realmente agradecido. Había viajado por el mundo, había grabado discos y había actuado delante de miles de personas. Por lo demás, todas las carreras llegaban a su fin. Era ley de vida. Si la mía había terminado, no tenía más remedio que asumirlo. A fin de cuentas, había vivido una aventura tan extraordinaria como inesperada.

Tomé el MiniDisc, me levanté del banco frío y roto y volví a casa entre los charcos de nieve que se derretían.


*Esta crónica forma parte del libro Porcelain. Mis memorias, agradecemos a la editorial Sexto Piso por las facilidades para su publicación.

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