Sergio González Rodríguez fue fundador, al lado de sus hermanos, de la mítica banda de rock Enigma, que tocaba en los años 70 un blues furioso y graso, pero limpio en ejecución. Enigma llegaría a grabar cuatro álbumes de estudio entre 1972 y 2001, pero González Rodríguez sólo colaboraría en dos desde su fundación hasta 1981, grabó los legendarios Enigma‘ y El Morado, este último considerado por la revista Rolling Stone como uno de los 25 álbumes de rock en español más importantes de los años setenta.

 

Texto por Alfredo Padilla.

 

Me lo presentarían los Sexto Piso Boys en enero de 2016 en el bar Club 27 de Zacatecas, dentro del marco del Tercer Encuentro de Narrativa Centro-Occidente, en donde él daría la conferencia magistral a manera de clausura, misma en la que expresó, con referente a la narrativa nacional, que “tenemos que esmerarnos más, para ser generosos con nosotros mismos”.

Yo bebía en una mesa con Lydia Cacho, Chema Arreola y Alfonso André cuando él ingresó al bar, —es el maestro, —me indicó Diego Rabasa—, acercándose para presentarme al autor de Campo de guerra (2014), ganador del Premio Anagrama de Ensayo; yo no lo conocía en persona, pasaba de la media noche y el establecimiento se encontraba casi a oscuras, me levanté de mi asiento y lo saludé: —Qué onda, güey, —le dije—, él echó la cabeza para atrás y me miró con sus pequeños ojos incisivos en señal de desaprobación, pero al final me tendió la mano para después ignorarme por el resto de la noche; yo haría lo propio, me marcharía a la Zona Roja con Chema Arreola.

Lo recordé por la mañana, en una de esas resacas infernales en la que no encuentras un solo lugar para sumergir la cabeza, recordaba el gesto de Sergio González Rodríguez y mi saludo irrespetuoso, quería disculparme pero tenía que salir pronto de la ciudad, así que no lo volvería a ver, ese sería mi único encuentro con el verdadero acuario de la literatura mexicana.

Para qué les voy a mentir, yo no me jacto de ser su amigo, no había absolutamente nada que nos conectara, más que un saludo parco en un bar de rock en el Centronorte de México. Nunca mantuve una charla con él, y ni pensar en una adhesión hacia el personaje, no era lo que yo estaba buscando; de lo que sí me confieso abiertamente es de haberlo leído de la A a la Z.

Con frecuencia repaso sus Huesos en el Desierto (2002), en el género de la crónica, La Pandilla Cósmica (2005) en la novela y De Sangre y Sol (2006) en el ensayo, sin olvidar El Sendero de los Gatos (1994), libro infantil que suelo leerle a mi hijo por las noches antes de dormir, aquella historia sobre Esteban Ordaz, un joven al que le fueron proporcionados poderes mágicos durante el sueño por parte de un chamán.

Desde hace tiempo que la muerte es un pensamiento recurrente en mi persona, comenzó con el fallecimiento de Ignacio Padilla en agosto del 2016, para continuar con la muerte de Guillermo Samperio en diciembre del mismo año, continuaría con la ausencia de Eusebio Ruvalcaba el 7 de febrero de 2017.

Pero la partida de Sergio González Rodríguez el 3 de abril fue el acabose, en lo primero que pensé ese día fue en aquella frase de Carlos Fuentes: “Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos”.

Yo no aprendí a querer a la persona a través de su cercanía, sino desde la misantropía, de lejos, leyendo sus novelas y ensayos, estudiando sus pautas periodísticas, a través de su obra; no encuentro mejor manera de acercarse a un hombre que leyéndolo. Siempre he sido una persona en duelo, afectado por la muerte ajena incluso antes de que se produzca; una amiga me explicó que para ella todos los músicos que escuchaba estaban muertos, y yo no encuentro mejor manera de ir de la mano de la muerte, de quitarle ese tabú, de expropiarla y vivir la propia en completo anonimato, eso fue exactamente lo que me pasó tras la muerte de Sergio González Rodríguez, algo agonizó ese día.

Sergio González Rodríguez fue fundador, al lado de sus hermanos, de la mítica banda de rock Enigma, que tocaba en los años 70 un blues furioso y graso, pero limpio en ejecución. Enigma llegaría a grabar cuatro álbumes de estudio entre 1972 y 2001, pero González Rodríguez sólo colaboraría en dos desde su fundación hasta 1981, grabó los legendarios Enigma‘ y El Morado, este último considerado por la revista Rolling Stone como uno de los 25 álbumes de rock en español más importantes de los años setenta.

Con este mismo disco irrumpiría en los hoyos funkis de la Ciudad de México, en “pisos de edificios vacíos, naves industriales en desuso, cines abandonados, antiguos salones de baile que cobraban vida los domingos por la tarde para atraer una turba multicolor que aceptaba los entrecruzamientos sociales”, como él mismo los definió en su ensayo/crónica Los Hoyos Fonquis, lugares como el Salón Chicago de Peralvillo, el Salón Maya, el Salón Revolución, el Deportivo Nader, y el Avenida 8, fue precisamente en uno de esos lugares en donde la detonación de una bocina hizo que Sergio perdiera parcialmente su capacidad auditiva; alguna vez le leí que este hecho lo había convertido en un intelectual consumado, yo hubiera preferido al músico.

La época gonzalezca de Enigma siempre estuvo dotada de un compromiso latente con la música, una banda que ensayaba entre seis y ocho horas al día, que actuaba en plena lucidez arriba del escenario, y que en un concurso de rock en el Salón Avenida, estuvo muy por encima del Three Souls In My Mind, pese al soborno de Alex Lora (pero eso no debiera sorprendernos). Una banda que se mantuvo clásica y contundente, limpia y honesta, con una enérgica obligación frente a la música rock, hasta que Sergio González Rodríguez decidiera dedicarse de lleno a las letras y Enigma quedara al fútil acecho de los hermanos Landa.

González Rodríguez siempre estuvo del lado de los jóvenes, de la banda, compartía tragos en cantinas y lugares inhóspitos en cada ciudad a donde iba, le gustaban los artistas anónimos y los nuevos escritores, para los que escribía hermosos prólogos, aún así, no creo que Sergio me hubiera dado del todo su aprobación, estoy seguro de que mi libro hubiera sido reseñado como el peor del año en su lista anual del Diario Reforma, y yo seguiría estando orgulloso por eso.

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